ESTÁS LEYENDO...

Alianza y laberinto de civilizaciones.

Alianza y laberinto de civilizaciones.

                                                      Por José Vélez
García-Nieto, de la Asociación Española  

                                                     
de Farmacéuticos de Letras y Artes

En
las farmacias de barrio también se experimenta, de primera mano, con las nuevas
formas sociales. Es de suponer que en las zonas costeras o en el centro
turístico de las grandes ciudades, los boticarios están muy acostumbrados a
conocer e interpretar otros idiomas y costumbres sin mayores dificultades.

En
las zonas periféricas, en el extrarradio y algunos distritos antiguos de
viviendas con menos posibilidades, la cosa es diferente. No vienen veraneantes
con mareos, insolaciones o un problema digestivo que se resuelve con facilidad.
Los que se acercan a la farmacia son los nuevos vecinos; los que han venido a
nuestro país para quedarse con nosotros porque aquí les ofrecemos algo que no
pueden encontrar en su tierra.

En
general, la voluntad es buena y poco a poco se llegan a conocer las
preocupaciones y las enfermedades que suelen afectar a los nuevos inquilinos.
Si se trata de gentes que han cruzado el pequeño charco atlántico, el lenguaje
común relaja fronteras y establece buenas conexiones. Algunos incluso nos hacen
confidencias y en ciertas historias familiares se llega a comprobar que García
Márquez no hizo otra cosa que copiar la realidad en sus Cien años de soledad
cuando nos resumió las vicisitudes de los Buendía, allá en Macondo.

Las
barreras lingüísticas ofrecen curiosas interpretaciones a la hora de entablar
conversaciones con los inmigrantes árabes o eslavos. Con paciencia, se van
resolviendo peticiones que, en principio, no esperamos porque hoy día nos
pueden resultar un tanto pintorescas, pero que eran muy frecuentes en la España
de los sesenta. De todas formas, el ser humano tiene una demostrada capacidad
de adaptación y nuestros vecinos del sur o los más alejados de la Europa del
Este saben cómo hacerse entender.

Más
conflictos podrían tener los chinos que nos llegan por oleadas, como las ropas
que se fabrican en su país y que se encuentran retenidas ahora en casi todas
las aduanas del Viejo Continente. Lo malo no es que sean muchos, sino que sus
medicamentos no se parecen en nada a los nuestros, sus hábitos se alejan de las
pautas europeas y sus modelos sociales parecen muy cerrados y poco dispuestos a
aceptar influencias externas.

En
definitiva, las farmacias hispanas también disfrutan o padecen, según se mire,
este nuevo laberinto. Si se trata de alcanzar la pregonada alianza de
civilizaciones, la búsqueda, entre todos, de la panacea universal o el elixir
de la juventud puede ser un buen comienzo. No se garantiza el éxito, pero
seguro que, en eso, estamos casi todos de acuerdo.



COMPARTIR Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this page