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Alzheimer. 1906-2006, cien años de historia.

Alzheimer. 1906-2006, cien años de historia.


Según
los datos de la Sociedad Española de Medicina General (SEMG), el
Alzheimer afecta en nuestro país a alrededor de 800.000 personas
-aunque se estima que sólo 600.000 de los casos están diagnosticados-, 
representa entre el 60 y el 80 por ciento de las demencias y es la
décima causa de fallecimiento. Se sabe que el desencadenante  inmediato
es la degeneración de las neuronas cerebrales, la cual puede estar a su
vez producida por factores genéticos, vasculares, traumatismos,
reacciones autoinmunes, tóxicos, infecciones o incluso por el hecho de
padecer otras patologías como la diabetes.

¿Cada vez más jóvenes?

El
Alzheimer se puede definir como una enfermedad de mayores, ya que lo
habitual es que los síntomas empiecen a manifestarse a partir de los
60-65 años- Además,  su incidencia neurológica aumenta con la edad,
duplicándose cada cinco años a partir de los 65, llegando a afectar al
40 por ciento de los mayores de 85 años. Sin embargo, se han
registrados casos de aparición precoz (entre un 1 y un 2 por ciento) y 
en este sentido, hay algunas investigaciones que sugieren que en
futuro, la prevalencia  de estos casos precoces podría incrementarse,
debido fundamentalmente a los hábitos de ciertos sectores de la
juventud actual, que abusan de drogas, pastillas y otras sustancias
cuyo efecto a nivel cerebral supone una aceleración de la destrucción
neuronal.  Es cierto que el consumo de drogas y sustancias estimulantes
impiden el desarrollo del cerebro hasta sus máximas capacidades, por lo
que si los que las consumen en la juventud desarrollan Alzheimer de
mayores, los síntomas de esta enfermedad se manifestarán a una edad más
temprana, explica la doctora Nuria Durany, Vicerrectora de
Investigación de la Universidad Internacional de Cataluña.En cuanto a
su incidencia genérica, no hay diferencias significativas: los datos de
la OMS apuntan a que afecta al 5 por ciento de los hombres y al 6 por
ciento de las mujeres mayores de 60 años.

La clave, mantener el cerebro activo

Tal
y como explica la doctora Durany, el mejor modo de prevenir la
enfermedad de Alzheimer o, mejor dicho, de retrasar su sintomatología
(que, en definitiva, es lo importante) es estimular las conexiones
neuronales. Es decir, si cuando se es joven se desarrollan las
capacidades intelectuales al máximo, la comunicación entre las neuronas
estará al máximo de sus posibilidades, por lo que cuando éstas empiecen
a fallar debido al proceso de envejecimiento o a causa de una
enfermedad (como es el caso del Alzheimer), todavía habrán suficientes
para seguir funcionando con normalidad, con lo que la pérdida de
facultades cognitivas como la memoria, la capacidad de relación, etc,
no se manifestará hasta más adelante.

Cuando se trata de
hacer gimnasia cerebral todo vale: jugar a las cartas, aprender un
nuevo idioma, leer, hacer pasatiempos y, sobre todo, buscar actividades
que potencien la creatividad (algo especialmente importante en aquellas
personas que desempeñan trabajos muy repetitivos o mecanizados). El
objetivo es evitar que nuestras neuronas se atrofien.

Síntomas que no hay que perder de vista

La
Guía de la Clínica Mayo sobre Alzheimer estable diez grandes signos de
advertencia que pueden permitir detectar la enfermedad en sus estadios
más tempranos:

1- Pérdida de memoria

2-Dificultad para realizar tareas familiares

3- Problemas con el lenguaje

4- Desorientación respecto a tiempo y lugar

5- Ningún o poco juicio

6- Problemas con el pensamiento abstracto

7- Extravío de las cosas

8- Cambios en el ánimo o en la conducta

9- Cambios en la personalidad.

10- Pérdida de iniciativa.

Los
síntomas aparecen y evolucionan de forma progresiva. En la primera fase
se produce la pérdida de memoria y la desorientación témporoespacial.
Posteriormente, el enfermo pierde fluidez en el lenguaje y necesita
ayuda para llevar a cabo sus actividades cotidianas, siendo frecuente
la aparición de otros síntomas como depresión, agresividad o ansiedad.
En las fases más avanzadas, la persona es incapaz de valerse por sí
misma ni de reconocerse. Además, su personalidad experimenta
alteraciones que son irreversibles: sufre incontinencia urinaria y
fecal, no reconoce a sus allegados, deja de hablar, aumenta su rigidez
muscular y la movilidad llega a ser prácticamente nula.

¿Qué se puede hacer para reducir el riesgo?

Hay
evidencias científicas de que si se introducen determinadas
modificaciones en el estilo de vida sí que se posible mantener la
enfermedad a raya durante más tiempo. La clave está en adoptar estos
hábitos cuanto antes, ya que cada vez son más las investigaciones
científicas que demuestran que el Alzheimer puede empezar a
desarrollarse incluso muchas décadas antes de que los síntomas sean
evidentes. Estas son las pautas que han resultado más efectivas:

1- Vigilar el colesterol.
Lo que es bueno para el corazón también beneficia al cerebro,
especialmente cuando se trata del colesterol, ya que el proceso por el
que se obstruyen las arterias cardiacas es el mismo por el que se
bloquean los vasos cerebrales, y una de las causas que se han
relacionado con la aparición del Alzheimer son precisamente los
factores de riesgo vascular.

2- Aumentar la ingesta de ácido fólico.
Alimentos ricos en este nutriente como las verduras de hoja verde, los
cereales enriquecidos, las legumbres, los cítricos o los cacahuetes
pueden tener un potente efecto preventivo, tal y como han demostrado
los resultados de investigaciones recientes, que han vinculado los
importantes efectos que el ácido fólico tienen sobre la salud cardiaca
con la repercusión que pueden tener a nivel cerebral, reduciendo el
riesgo de desarrollar Alzheimer.

3- Dar protagonismo al pescado.
Consumir al menos dos veces por semana pescados ricos en ácidos grasas
omega 3 (atún, salmón, sardinas o anchoas) reduce el riesgo de
arterioesclerosis  y disminuye los niveles elevados de tensión
arterial. Pero, además, y según los resultados de un nuevo estudio de 
la Universidad de California, uno de estos ácidos grasos (más
concretamente el docosahexaenoico) puede incluso reducir la progresión
de aquellos casos de Alzheimer relacionados con el daño cerebral.

4- Aficionarse a las vitaminas C y E.
Un estudio realizado en la Universidad Johns Hopkins demostró que en
aquellos hombres mayores de 65 años que habían invrementado las dosis
de ambas vitaminas en su dieta se había percibido una ligera reducción
del riesgo de desarrollar Alzheimer. Sin embargo, la clave de este
efecto preventivo radica en consumir estas vitaminas de forma conjunta,
para potenciar su acción antioxidante.

5- Erradicar las grasas malas y el cobre.
Según expertos del  Centro Médico Universitario Rush, en Chicago, el
exceso de cobre en la dieta (está presente sobre todo en las vísceras y
el marisco) favorece la acumulación de un tipo de placas (las
amiloides) y produce alteraciones cerebrales propias del Alzheimer. Los
expertos recomiendan no superar las dosis diarias recomendadas (0,9
miligramos) y, en la misma línea, también han alertado sobre el consumo
excesivo de las grasas saturadas y trans (frecuentes en los productos
comerciales horneados, los alimentos procesados, los fritos y las
margarinas), ya que su exceso está directamente relacionado con el
Alzheimer y otras demencias.

6- Movimiento y motivación.
Desarrollar nuevas inquietudes y fomentar actividades distintas a las
realizadas hasta ahora es un seguro de longevidad para las neuronas. Y
lo mismo ocurre con el ejercicio físico: está demostrado
científicamente que aquellas personas que se mantienen activas segregan
una serie de sustancias cerebrales que son beneficiosas para el
correcto funcionamiento neuronal. Los expertos insisten en que no se
trata de machacarse en el gimnasio, sino de ir incorporando actividades
como andar en la rutina habitual.

Tratamiento actual, perspectivas futuras

Hoy
por hoy no existe una cura efectiva para esta enfermedad, y todos los
esfuerzos están encaminados frenar la progresión de los síntomas. Con
este fin, en nuestro país se comercializan cuatro fármacos: donepezilo,
rivastigmina, galantamina y memantina, con los que se consigue, además,
mejorar la calidad de vida de los pacientes. Su acción se complementa
con terapias no farmacológicas como la rehabilitación cognitiva. El
gran reto de cara al futuro es conseguir una prueba diagnóstica que
detecte la enfermedad antes de que los síntomas sean manifiestos. 
Hasta que estas investigaciones den sus frutos, el objetivo, tanto del
paciente como de su cuidador, es ralentizar en la medida de lo posible
el deterioro. Una vez que una neurona ha muerto, no puede revivir, por
lo que difícilmente los síntomas podrán desaparecer. Lo que sí se puede
hacer es conseguir que el proceso se retrase y que el ritmo de
deterioro sea más lento, a base de estimular cognitivamente al
paciente, ayudándole a llevar una vida sana y regular, dice la dra. 



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