Bernardino de laredo.

Javier Puerto

Nacido en Sevilla en 1482, de niño sirvió como paje a Don Álvaro de Portugal, noble portugués refugiado en la corte de los Reyes Católicos. En 1510 entró como hermano lego en el convento de San Francisco del Monte de Villaverde, cercano a su ciudad natal. Allí fue nombrado enfermero y encargado de la botica. Murió en 1540 en olor de santidad. Entre sus obras destacan la Josephina (1535) un breve escrito en loor de San José. Subida al monte Sión (1535) una de las obras cumbres de la mística española. Metaphora medicina (1522) y el Modus faciendi cum ordine medicandi, publicado en Sevilla el año 1527. Este último libro, escrito en castellano pese a su título latino, se considera el primero de farmacia redactado en lengua romance por un farmacéutico español.

  • Pero?, vamos a ver -se preguntarán ustedes- ¿fray Bernardino era un místico, un médico o un boticario?
  • Todas las cosas a la vez.

Durante la Edad Media, y más aún a partir de la publicación de la Regla de San Benito, los clérigos ejercieron la medicina y prepararon medicamentos. Los hospitales medievales eran centros en donde se atendía el alma, se ayudaba a bien morir y, si era posible, se curaba el cuerpo. A partir del siglo XII, el Vaticano prohibió ejercer la medicina a los religiosos para evitarles tentaciones pecuniarias o carnales. Desde 1240 la separación entre medicina y farmacia se extendió, desde el Reino de las Dos Sicilias, por toda Europa, con la excepción de las islas Británicas. Los monjes dejaron de ser médicos, pero continuaron con la preparación de los medicamentos y se convirtieron en los más expertos boticarios bajo medievales y renacentistas.

Fray Bernardino fue un seguidor de la ciencia escolástica medieval, aunque le cupo el honor de ser el primer autor que escribió de los fármacos en castellano. Para él, la naturaleza está compuesta por la materia (el cuerpo) y la forma (el alma). El hombre tendría un realidad fisiológica sana (res naturalis), pero pecó y llegó la enfermedad (res contranaturalis). La venida de Cristo a la Tierra inauguraría una nueva época terapéutica (status naturae reparatae). Por eso, el sanador habría de actuar sobre el cuerpo y sobre el alma. De esta bella manera, aún a costa de una cierta regresión conceptual, mística, medicina y farmacia, se hermanan por encima de las leyes humanas. Así, el lego del convento sevillano alcanzó la popularidad y el respeto a causa de su buena mano para preparar medicamentos, su magnífica práctica clínica y su santidad.

En su subida al Monte Sión, en el capítulo VIII escribe:

y que para entrar en ese amor no ay tal entrada como por la puerta, que la cruz de Jesucristo dulcísimo, la cual conviene que ande en el ánima y el cuerpo ande puesto en ella? Y el ánima que desea entrar derechamente por esta puerta ha de procurar de perderse de su cuerpo cuanto a su sensualidad?

Párrafo en donde, con algo menos de belleza formal, resuenan las palabras de San Juan de la Cruz en sus dichos de luz y amor:

niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón; ¿qué sabes tú si tu apetito es según Dios?

¡Oh dulcísimo amor de Dios, mal conocido! El que halló sus venas descansó.

Ambos libros, los de Fray Bernardino y los de San Juan, son fácilmente accesibles en todas las bibliotecas y librerías. Pero ahora nos interesa el Modus faciendi.

Durante el Renacimiento aparece una nueva profesión: la de los boticarios. Empiezan a publicarse libros para su uso exclusivo y, al tiempo, aparecen los primeros textos escritos por ellos mismos. El primero redactado por un farmacéutico español lo escribió Pere Benet y Matheu, un catalán procedente de una larga saga de especieros. Lo hizo en latín. El primero en castellano nuestro lego sevillano. Su texto se divide en tres partes: el prólogo, el antidotario y un discurso sobre notables anatómicos. La segunda es la de mayor interés para la farmacia. Cita a numerosos autores clásicos, principalmente Galeno, árabes y salernitanos. Sólo a dos españoles: Arnaldo de Villanova y el sevillano Nicolás Monardes. Indica los materiales empleados y da normas precisas para preparar los medicamentos.

Veamos qué recomienda para las fiebres compuestas y crónicas, es decir largas y no bien determinadas: el Diasinicón de Mesué, un medicamento compuesto con escamonea (un purgante enérgico) dátiles, almendras descortezadas y mezcladas con miel, turbith (otro fuerte purgante) y todo aderezado con miel. En resumen. Si ahora tenemos fiebre, lo consideramos un síntoma, no una enfermedad y tomamos un antipirético. Hasta la llegada de la quina no existía medicamento alguno contra la fiebre y se tomaba por una enfermedad muy grave, pues si no se corta puede llevar a la muerte. Debido a la idea que tenían sobre la composición humoral del cuerpo humano, trataban de expulsar el humor causante del daño y lo hacían o bien mediante eméticos, mediante purgas o sangrías. Así continuaron las cosas casi hasta el siglo XIX. Las purgas, además, resultaban terriblemente molestas, en ocasiones peligrosas y no digamos nada de las sangrías. Fray Bernardino, al menos, preparaba sus purgas con dátiles, almendras y miel, un exquisito bocado propio de una excelente pastelería con claras reminiscencias gastronómicas árabes, para tomar un segundo antes de encaminarse al excusado y retorcerse durante horas mientras uno se encontraba abrumado por el estado febril. De ahí que algunos consideren raíces comunes entre la farmacia y la cocina, la farmacia y la alquimia o la farmacia y la botánica.

En fin? Si les interesa consultar esta joya del arte de la boticaría española, ha sido publicada, con un estudio introductorio de las doctoras Milagro Laín y Doris Ruíz Otin, por la editorial Doce Calles y la Fundación de Ciencias de la Salud.



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