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Bullying. hay que actuar al primer síntoma.

Bullying. hay que actuar al primer síntoma.

Aunque según muchos ha existido desde siempre, el bullying o acoso por parte de los compañeros de colegio se ha convertido en un tema candente en la sociedad actual, debido fundamentalmente al alarmante incremento de los niveles de violencia. Conocer y detectar las señales (algo no siempre fácil, dada la actitud ocultista que suele adoptar el acosado) es la clave para frenar este problema antes de que vaya a más.

Se trata de un término que, pese a su reciente aparición, se ha convertido en una de las palabras más temidas por los padres. El bullying, o violencia en los centros de estudio, ya se ha cobrado las primeras víctimas, cuyos casos, desgraciadamente protagonistas de los medios de comunicación, han puesto este fenómeno de plena actualidad.

El bullying, término inglés que deriva de bully (matón, bravucón) fue estudiado por primera vez en Noruega por el especialista Dan Olweus, según el cual, un alumno se convierte en víctima de este tipo de violencia cuando está expuesto de forma repetida y durante un tiempo a acciones negativas por parte de uno o varios compañeros. La victimización entre iguales es una conducta de persecución física y/o psicológica que realiza el alumno o alumna contra otro al que elige como víctima de ataques repetidos. Esta acción negativa e intencionada sitúa a las víctimas en posiciones de las que difícilmente puede salir por sus medios, explica Olweus.

¿Cosas de niños… o algo más?

Básicamente, para que se pueda hablar de bullying deben darse tres premisas: intencionalidad por parte del agresor, conducta violenta reiterada, e indefensión de la víctima; pero este fenómeno presenta otras características que lo definen.

Así, por ejemplo, se ha constatado que existe una mayor propensión a manifestar actitudes violentas e intolerantes por parte de los chicos. Según los expertos, esto podría explicarse por la asociación que se tienen hacer entre actitudes agresivas, amenazantes e intimidatorias y algunos de los valores asociados al machismo (la fuerza, el poder). De ahí que los jóvenes suelan estar más implicados en los casos de acoso con agresión física: golpes, presencia de armas blancas, palizas e incluso violencia de tipo sexual; con el añadido de que, además, suelen jactarse de este tipo de actitudes. A las chicas, sin embargo, se les atribuyen más casos de maltrato psicológico, ya que emplean actitudes  más sutiles como la descalificación y el aislamiento, ocultando este comportamiento y negándolo cuando se sienten acusadas.

En cuanto a la edad, tal y como queda patente en el estudio Prevención de la violencia y lucha contra la exclusión en la adolescencia, dirigido por María José Díaz Aguado, catedrática de Psicología de la Educación en la Universidad Complutense, de Madrid, es en la adolescencia temprana cuando existe un mayor peligro de adoptar actitudes violentas, detectándose como cursos y edades de riesgo más elevado los que coinciden con esta etapa: segundo y tercero de E.S.O. (entre los 13 y los 15 años). Es en esta etapa, según los expertos, cuando suelen iniciarse las conductas de riesgo: actitudes autodestructivas, violencia, integración en grupos con identidad negativa…

Otra de las características del bullying es que se trata de un fenómeno oculto, es decir, el acosador o grupo de acosadores estudian la situación para que ésta pase desapercibida a los ojos de los profesores y, también, para maximizar la vulnerabilidad de la víctima.

Las formas de actuación más empleadas por el acosador son gastar bromas de dudoso gusto, poner motes o apodos, insultar y ridiculizar a la víctima, involucrarla en discusiones y peleas en las que se encuentra indefensa, quitarle los libros o el dinero, romperle la ropa, y producirle heridas, arañazos y cortes.

El perfil del acosador

El prototipo del maltratador o acosador suele estar bastante bien definido. Por regla general, se trata de jóvenes que en su infancia recibieron una educación o excesivamente autoritaria o muy negligente por parte de sus padres. Tal y como demuestra un estudio realizado por expertos de la Universidad de Washington  en Seattle, (Estados Unidos), los niños que reciben apoyo emocional y estimulación cognitiva por parte de sus padres son menos propensos a convertirse en acosadores en la escuela primaria. Según los autores de esta investigación, el apoyo emocional parental ayuda a los niños a desarrollar la empatía, el autocontrol y las habilidades sociales, lo que podría actuar como prevención para desarrollar actitudes violentas en el futuro. Además, la investigación apunta a que el bullying podría proceder de deficiencias cognitivas tempranas, que conducen a una disminución de la capacidad de relacionarse con los compañeros.

Asimismo, se ha comprobado que muchos de los acosadores fueron víctimas a su vez de maltrato infantil.

Otro de los rasgos de identidad de estos individuos es una baja autoestima, lo que les lleva a utilizar la violencia para conseguir así un protagonismo y una autoafirmación que de otro modo no obtienen por parte de sus compañeros. El hecho de percibir a otra persona igual o más débil que él le hace crecerse.

Hay algunos estudios que definen a los acosadores como líderes; sin embargo, se trata de un liderazgo más o menos ficticio, ya que está basado fundamentalmente en el temor que produce en el resto de sus compañeros.

Además, en la mayoría de los casos suele tratarse de personalidades impulsivas, lo que les lleva a emplear la violencia inmediata como forma de reaccionar.

Un problema creciente

Víctimas y verdugos siempre ha habido en los ambientes estudiantiles, pero el problema adquiere en la sociedad actual tintes distintos por varias razones. Por un lado, por la labor de los medios de comunicación, que sacan a la luz casos que antaño carecían de trascendencia mediática: y, por otro, los crecientes parámetros violentos que están alcanzando las sociedades actuales. Y es que las cifras cantan: la OMS habla ya de la violencia como la pandemia social y el principal problema del siglo XXI. En esta misma línea, un estudio realizado por el Instituto de la Juventud (INJUVE) demostró que  en los últimos años, los casos de violencia juvenil en España se incrementaron en un 8,8 por ciento. Otro dato más: un 30 por ciento de los adolescentes estudiados mostró dificultades para pensar en soluciones no violentas a los conflictos.

Especialmente relevante es el papel que parece jugar la violencia televisiva. En el estudio de la Universidad de Washington se demostró que la magnitud del riesgo asociado con la televisión es clínicamente significativo, y que un aumento de una desviación estándar de 3,9 horas en las horas de televisión vistas a los cuatro años se asoció con un incremento de alrededor del 25 por ciento en la probabilidad de ser un acosador entre los 6 y los 11 años.

Por su parte, en el estudio dirigido por la catedrática Díaz Aguado se afirma que el germen de la mayor parte de las actitudes violentas está en la exclusión en el ambiente escolar, lo que a su vez justifica el hecho de que los casos de bullying sean notablemente más elevados en los centros estudiantiles que en los lugares de ocio.

También se ha constatado que cuanto mayor es el centro escolar más riesgo de bullying se produce, porque hay menos control físico por parte de los responsables, independientemente de que el centro sea público o privado. Un dato a tener en cuenta es que los baños suelen ser los escenarios más habituales de los abusos, coincidiendo con los recreos.

Además de la falta de apoyo emocional o afectivo por parte de los padres, también se ha relacionado la ausencia de un referente masculino cercano o la presencia de un padre violento con un comportamiento agresivo en la adolescencia. Otros factores familiares que pueden incidir son la situación socioeconómica de la familia, las tensiones matrimoniales, el reparto de los roles entre los familiares…

Retrato robot de la víctima

En cierta medida, acosado y acosador tienen unas personalidades parecidas, ya que en muchos casos ambos comparten una baja autoestima y un grado más o menos importante de exclusión respecto a sus compañeros. El perfil de la víctima de acoso escolar se corresponde con un niño tímido, introvertido, con dificultades para relacionarse con sus compañeros (es frecuente que estén solos en los recreos) y para poder expresar familiarmente aquello que le preocupa. Suelen ser niños con poca facilidad para el lenguaje y que, pese a poseer unos niveles intelectuales elevados, presentan una baja autoestima, explica la psicopedagoga Carmen Pascual, directora del Centro Psicopraxis, de Madrid, especializado en la prevención y tratamiento de problemas de niños y adolescentes.

Según la experta, la razón por la que estos niños tienen más papeletas para convertirse en víctimas del bullying es que no tienen la fortaleza de carácter suficiente para decir no a su agresor. Muchos de ellos son excesivamente tímidos debido a una presencia física poco ágil o desarrollada. Además, pese a ser muy inteligentes y capaces, tienen la sensación de que están en la vida de prestado, por lo que son pobres emocionalmente, señala la experta.

Esta debilidad es percibida por su agresor quien la aprovecha para ir a por él.

En cuanto a las razones por las que el joven maltratado no suele hacer partícipes a sus allegados de que está siendo objeto de estas actitudes, el miedo suele ser la causa principal. A esto hay que unir que a estas edades (13-15 años) los jóvenes aún no tienen muy definido su nuevo papel en el mundo y se debaten entre la actitud infantil de pedir ayuda a sus padres, la responsabilidad de afrontar esta situación, la verguenza que ésta les produce y la idea (frecuente en personas de baja autoestima), de que, en cierta medida, ellos han hecho algo para merecer el maltrato.

Es el acoso de tipo psicológico el que deja más huella en la víctima, dando lugar a secuelas que van desde las alteraciones de la conducta hasta bloqueos  intelectuales y emocionales que pueden llevarle a requerir tratamiento psicológico o psiquiátrico. En casos extremos, como ha quedado tristemente patente, se puede llegar al suicidio.

Padres y maestros: actuación conjunta

La mayoría de las veces, ni los profesores ni los padres se enteran de la situación de acoso hasta que ésta adquiere tintes de extrema  gravedad. La razón es que las primeras burlas y humillaciones suelen ser interpretadas como actitudes más o menos normales en una etapa tan conflictiva como es el adolescencia. Sin embargo, los expertos recomiendan que, si los padres del agredido empiezan a percibir algunas alteraciones importantes en el comportamiento habitual de su hijo, se pongan en contacto con el responsable del colegio, quien a su vez, debería indagar en la naturaleza del asunto y hablar con los padres del presunto agresor. En caso de que las conversaciones con los responsables del colegio sean infructuosas, los expertos recomiendan llevar un registro escrito de lo que ocurre y presionar al colegio para que tome cartas en el asunto. Tal y como queda reflejado en el estudio Prevención de la violencia y lucha contra la exclusión en la adolescencia, no se debe tolerar ningún tipo de violencia, ya que si se pasan por alto aquellas actuaciones que parecen más leves, la situación irá a más. El daño que genera la violencia debe repararse lo antes posible.

Nunca se debe culpabilizar al menor que sufre el acoso, sino que en todo momento debe sentirse apoyado.

Los profesores también deben estar atentos para detectar posibles casos de bullying en las aulas, y para ello es necesario que tengan un completa formación en este sentido que les permita conocer y saber cómo intervenir de forma adecuada. Sin embargo, el papel de los profesores es complicado por varias razones: en primer lugar, y tal y como demuestra una encuesta realizada por la Asociación Nacional de Profesores, el 80 por ciento de los maestros confiesa que el estrés producido por su profesión les está perjudicando su salud; por otro, la falta de conciencia por parte de muchos de ellos ante las consecuencias del bullying, algo que, sobre todo los más veteranos, consideran que ha existido siempre y a lo que hasta ahora no se le ha dado mayor importancia; y, por último, el hecho de que hoy en día muchos profesores se encuentran desprotegidos y desautorizados, tanto por los padres (e incluso por los alumnos, tal y como han reflejado algunos episodios de violencia en las aulas dirigida contra los docentes) como por parte de sus superiores o de la Administración.

En cuanto a la actitud de los padres cuyos hijos son los responsables del bullying, una vez que se demuestren los hechos y estos hayan sido puestos en su conocimiento por parte del centro, tienen parte de responsabilidad.

¿Se puede prevenir?

Ante la trascendencia que está teniendo este fenómeno, el INJUVE ha elaborado un informe en el que se recogen algunas medidas que los profesores pueden ir poniendo en marcha para tomar cartas en el asunto: explicar a los alumnos en qué consiste la igualdad y el respeto; intervenir desde el primer indicio de maltrato físico y psicológico; e intentar, independientemente de la asignatura que imparta, que todas las clases sean participativas. Por su parte, el Ministerio de Educación ha anunciado el desarrollo en los próximos meses de programas de formación para el profesorado destinados a erradicar la violencia en las aulas.

¿Qué pueden hacer los padres tanto para proteger a sus hijos del acoso como para evitar que ejerzan la violencia contra sus compañeros? Sobre todo, intentar mantener un diálogo fluido y constante con él, intentando reflexionar de forma conjunta sobre la violencia que se que se percibe en el entorno; conocer a los amigos de su hijo y estar en contacto con sus progenitores; evitar la sobreprotección, ya que ésta puede convertirse en un factor de riesgo (el niño se puede autoconcebir como frágil, o por el contrario, sentirse con carta blanca para convertirse en victimario); establecer unos límites claros, tanto respecto a la actuación de su hijo como sobre el grado de violencia o actitudes desagradables a soportar; y, sobre todo, acudir al centro escolar ante la mínima sospecha de que su hijo está siendo intimidado.

Señales de alarma

Teniendo en cuenta que el bullying se caracteriza por el ocultismo tanto de los acosadores como de la víctima, hay una serie de actitudes en esta última que pueden hacer sospechar a los padres y educadores de que el joven está siendo objeto de maltrato:

– El niño manifiesta temor por ir a la escuela.

– Presenta heridas, arañazos, cortes o moratones y no es capaz de dar una explicación clara y convincente de cómo se ha producido estas lesiones.

– Tiene habitualmente un aspecto triste y deprimido.

– Se muestra más irritable que de costumbre.

– Se produce un descenso notorio en su rendimiento escolar.

– Falta de interés por organizar actividades con sus compañeros.

– Escasez de amigos y tendencia a estar en casa.

– Presencia de síntomas físicos, especialmente los domingos por la noche y las mañanas antes de ir al colegio.

Y en la guardería, también

Una investigación realizada por expertos de la Universidad de Wichita (EEUU) revela que aquellos niños que son víctimas de acoso muestran como resultado del mismo síntomas de depresión y actitudes antisociales. Lo curioso de esta investigación es que fue realizada sobre un total de 226 estudiantes… ¡de colegios y guarderías! En efecto, los investigadores comprobaron que ya a edades tan tempranas muchos de estos niños sufren acoso, tanto verbal como psíquico, por parte de sus compañeros de clase. Según sus autores, los chicos que crecen bajo esta situación tienen más probabilidades demostrar comportamientos depresivos y es frecuente verlos solos en las horas de recreo, actitudes estas que parecen liberarles del acoso durante un tiempo, aunque pueden volverse en contra y convertirles en víctimas elegidas por sus compañeros a largo plazo. Por su partes, las niñas que son acosadas por sus compañeros son más propensas a desarrollar conductas antisociales en sus casas a medida que van cumpliendo años, mientras que en el colegio se muestran más solitarias y tristes. Al contrario de lo que ocurre con sus compañeros varones, esta actitud hace que los demás las consideren víctimas a corto plazo.

Según los autores de la investigación, el descubrimiento de estas actitudes a edades tempranas permitirá a los padres comprender y tratar adecuadamente muchas de las rabietas, peleas y discusiones protagonizadas por sus hijos pequeños y a las que no suelen encontrar justificación.



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