Demencia senil y alzheimer.

Publicado por el 15/09/1999

Cada día es mayor la conciencia social sobre la pérdida de memoria en la vejez. Rara es la persona que no conoce a alguien que ha sufrido un deterioro de sus facultades mentales en la senectud. En una de cada tres familias españolas aparece algún caso de demencia senil y el ciudadano se sorprende y asusta ante esta nueva epidemia que se cierne sobre la población.

La población europea de comienzos de siglo tenía una vida media que no llegaba a los 40 años. Ahora las mujeres europeas viven como promedio unos 82-84 años y los hombres se aproximan a los 78-80 años, aunque ya hay un amplio porcentaje de octogenarios, nonagenarios y centenarios con unas tasas de longevidad que superan la media estadística. Este incremento en la esperanza de vida se debe a claras mejoras en la salubridad ambiental, una alimentación más adecuada a las necesidades de nuestro organismo, una medicina y salud públicas más eficaces y un mejor conocimiento de los peligros que atentan contra nuestro bienestar y la forma de eliminarlos o reducir riesgos.

Pero junto al aumento de la edad media poblacional han surgido nuevas enfermedades, entre las cuales las enfermedades del corazón, el cáncer y los trastornos del cerebro se han convertido en el problema de salud más importante de los países desarrollados.

Por su parte, la demencia senil se erige en la principal causa de muerte y forma más maligna de enfermar en la vejez. Actualmente hay más de 25 millones de personas en el mundo que padecen alguna forma de demencia, con 6 millones de casos en América del Norte, 5 millones en Europa, 8-10 millones en Asia y más de 3 millones en América Latina. En España tenemos unos 360.000 casos de demencia, que serán cerca de medio millón en el siglo que entra, con un coste medio de que oscila entre uno y cuatro millones de pesetas por paciente y año, según la fase de la enfermedad.

Tipos de demencia

Según el Prof. Dr. Ramón Cacabelos, director general del Centro de Investigación Biomédica EuroEspes, CIBE, se distinguen más de 80 formas diferentes de demencia, entre las que se pueden diferenciar cuatro grandes grupos:

  1. Demencias degenerativas, cuya representación más típica es la enfermedad de Alzheimer, que constituye entre el 50 y 70% de todas las demencias, aunque también existen otras formas como la demencia fronto-temporal, la demencia con cuerpos de Lewy, la enfermedad de Pick y otras formas más raras.
  2. Demencias vasculares, debidas a problemas en el riego sanguíneo cerebral causadas por hipertensión, hipotensión, cardiopatías y accidentes cerebrovasculares.
  3. Demencias mixtas, en las que convergen formas degenerativas y vasculares, sobre todo en edades avanzadas de la vida.
  4. Otras formas de demencia, entre las cuales se encuentran la asociada al SIDA o a enfermedades priónicas, la popularmente conocida como el mal de las vacas locas que afecta a humanos.

También existen casos de demencia asociados a enfermedades psiquiátricas (depresión, psicosis), consumo crónico de fármacos o enfermedades endocrinas y metabólicas (diabetes, hipotiroidismo), algunas de las cuales son potencialmente tratables y muchas de ellas curables cuando se cogen a tiempo.

Pero, sin duda, las formas más prevalentes de demencia son la enfermedad de Alzheimer y la demencia vascular, que juntas alcanzan el 90% de todas las demencias.

Causas de demencia

Aunque los diferentes tipos de demencia pueden confundirse en algunos momentos de la enfermedad, sus causas son muy diversas. En el caso de la demencia vascular, la obstrucción de las arterias del cerebro deja sin sangre a amplios territorios de nuestro sistema nervioso central provocando la muerte de las neuronas. Las causas más frecuentes de estos accidentes cerebrovasculares que conducen a una demencia vascular suelen ser la hipertensión y la hipotensión (es igualmente peligroso tener la tensión alta como muy baja); las cardiopatías (infartos de miocardio, fibrilación auricular, operaciones de bypass coronario); tromboembolismos periféricos procedentes del corazón o de las extremidades formados en venas varicosas, y formas familiares de demencia vascular vinculadas a causas genéticas.

En la enfermedad de Alzheimer más del 80% de los casos presenta algún tipo de antecedente familiar, lo que la convierte en una enfermedad preferentemente de base genética. Mientras que nuestras neuronas en condiciones normales están dotadas para vivir más de 100 años, en los pacientes de Alzheimer las células más importantes del cerebro empiezan a morir cuando el cerebro deja de madurar a partir de los 20 o 30 años. Esta desintegración progresiva del cerebro, que dura de 30 a 40 años, antes de que se manifiesten los síntomas, da lugar a la presentación de trastornos de la memoria, desorientación témporo-espacial, dificultades para identificarse a sí mismo y a los seres queridos, así como importantes dificultades manipulativas y práxicas, trastornos de conducta, alteraciones emocionales, pérdida del ritmo normal sueño-vigilia o conductas aberrantes.

Diagnóstico precoz

No todo trastorno de la memoria implica una demencia en la edad madura. Muchos fenómenos de naturaleza emocional u orgánica pueden provocar también cambios en nuestra conducta o en la capacidad de concentración sin que ello signifique la existencia de una demencia latente. Sin embargo, cualquier adulto ante una pérdida progresiva de su capacidad cognitiva, conductual o emocional, que interfiera con su vida cotidiana, debe buscar ayuda médica para que se establezca un diagnóstico precoz del problema con el fin de tratar la patología subyacente.

Según el profesor Cacabelos sólo un 20% de los casos subjetivos de quejas de memoria son realmente síntomas incipientes de una demencia. En el 80% restante estamos ante circunstancias médicas o psiquiátricas que, tratadas adecuadamente, nos hacen recuperar nuestra normalidad funcional total o parcialmente. El diagnóstico de una demencia no es fácil y requiere el concurso de especialistas y alta tecnología diagnóstica. Estos procedimientos incluyen:

  • Un buen examen médico general para descartar patologías sistémicas o del cerebro que simulen una demencia.
  • Análisis de laboratorio que permitan identificar alteraciones bioquímicas, endocrinas, metabólicas o hematológicas que justifiquen los síntomas del enfermo.
  • Un estudio neuropsicológico que cubra aspectos cognitivos, conductuales y funcionales.
  • Un estudio neuro-radiológico que identifique alteraciones en la estructura y función del cerebro.
  • Un estudio electrofisiológico para ver de forma no invasiva ni radiactiva la actividad bioeléctrica cerebral y la capacidad funcional del cerebro.
  • Un estudio cardiovascular y cerebrovascular par ver un posible componente vascular que repercuta en el cerebro.
  • Un diagnóstico molecular, mediante técnicas de genética molecular, que permitan identificar genes de riesgo potencialmente responsables de la demencia.

Tratamiento y prevención

La intervención terapéutica tiene que ser tan precoz como el diagnóstico. Cuanto antes se trate el problema y se proteja al cerebro frente al proceso de muerte neuronal, mejores serán los resultados. Y aunque, hoy por hoy, el Alzheimer es una enfermedad incurable, en la última década han aparecido en el mercado internacional cerca de una docena de medicamentos neuroprotectores, comercializados en una docena de países, que ayudan a proteger el cerebro frente a su condena a muerte, sea ésta de carácter vascular, degenerativo o mixto. Con estos medicamentos no se cura la enfermedad, pero se enlentece su curso, se mejora la calidad de vida del enfermo y su familia y se reducen los costes que causa la demencia. Para el tratamiento del Alzheimer se siguen cuatro líneas:

  • Tratamientos paliativos
  • , con neuropretectores, antioxidantes y agentes vasoactivos que ayudan al cerebro a defenderse frente a distintos tipos de agresión o lesión.

  • Tratamientos sintomáticos
  • , con psicofármacos para controlar síntomas no-cognitivos como depresión, ansiedad, agitación, trastornos de conducta, insomnio…

  • Tratamiento sustitutivo
  • , con una serie de medicamentos que reponen neurotransmisores deficitarios.

  • Estrategias etiopatogénicas
  • con nuevos medicamentos, la mayoría en fase de experimentación, que intentan atacar los fundamentos etiopatogénicos del Alzheimer.

Pero la forma más eficaz de luchar contra la demencia es mediante la prevención. Cuando aparecen los primeros síntomas ya han muerto muchos miles de millones de neuronas que hacen muy limitada la eficacia de los fármacos anti-demencia. La lucha contra la demencia pasa por evitar que mueran las neuronas y aparezca la enfermedad. En la medida que seamos capaces de reducir los factores de riesgo que conducen a una demencia vascular o tomemos conciencia de la necesidad de identificar el riesgo genético de la población con riesgo de padecer una enfermedad de Alzheimer, seremos capaces de poner en marcha los medios preventivos necesarios para preservar la integridad del sistema nervioso en nuestros mayores y orientarles hacia una vejez saludable.