El agua y las termas.

Desde las culturas arcaicas extinguidas
precolombinas, Roma y el Islam, el agua y más concretamente los baños, habían
sido utilizados con finalidad terapéutica, para el aseo personal y el placer.
El agua uno de los cuatro elementos de Empledoques tiene cualidades como la
humedad y la frialdad, luego debía ser un excelente medicamento contra las
enfermedades que cursan con calor y sequedad, concretamente contra las fiebres.

La limpieza con agua se ha asociado desde la
antigüedad a numerosas prácticas religiosas. Por otra parte, numerosas
civilizaciones han considerado el aseo personal como una práctica saludable y
placentera, sobre todo las culturas clásicas ?griega y romana?, y esta
tradición se ha transmitido a lo largo del tiempo a otras culturas, como la
islámica, hasta llegar al mundo moderno occidental.

Las termas primitivas eran tan sólo dependencias de
los gimnasios y disponían únicamente de agua fría, pero hacia finales del siglo
V a.C. se empezaron a convertir en complejas instalaciones independientes,
situadas por toda la ciudad, que ofrecían baños de vapor y piscinas de agua
caliente, templada y fría. En Grecia y Roma el baño se convertía a menudo en un
complicado ritual de cuidados corporales, que incluía la práctica de ejercicio,
masajes con aceites especiales, una sucesión de baños a diferentes
temperaturas, la limpieza a fondo de la piel y al final un nuevo ungimiento con
cremas u otros afeites.

Alrededor de un patio central, llamado palestra,
donde se puede practicar ejercicio, se encuentra el apodyterium o vestuario; el
caldarium o habitación que contiene el alveus, que es la piscina de agua
caliente; el laconicum o baño de vapor; el tepidarium o piscina de agua
templada, y el frigidarium o piscina fría. En algunas ocasiones todas estas
instalaciones se duplican, a un tamaño más reducido, para las mujeres. El agua
se traía desde las fuentes, a menudo lejanas, mediante acueductos. Para
calentar el interior de todas las estancias se utilizaban una serie de
conductos de agua caliente bajo los suelos, que se cubrían con mosaicos
decorativos.

Las termas públicas romanas también respondían a una
función social y política. Se convirtieron en lugares ideales para el recreo y
la relación social y, en consecuencia, los emperadores compitieron por legar al
pueblo de Roma las obras más fastuosas. Entre sus ruinas se han descubierto
numerosas obras de arte.

La iglesia cristiana siempre consideró la limpieza
espiritual un hecho más importante que la limpieza corporal, e incluso generó
el mito de que las termas romanas fueran un lugar de perversión. De hecho,
aunque las ciudades medievales contaban con baños públicos, la iglesia siempre
los consideró como lugares de mala reputación. En la Europa septentrional, de
clima frío, se llegó a considerar la excesiva limpieza como algo insano, además
de un acto propio de la frivolidad más reprobable. Los constructores medievales
prestaron mucha más atención a la experimentación sobre fortificaciones o sobre
los sistemas de evacuación de humos, mientras la mayoría de las ciudades
medievales no tenían agua corriente ni alcantarillado. El aseo personal, por
tanto, se convirtió en algo poco frecuente para la mayor parte de la población.

La Reforma protestante del siglo XVI desaprobó aún
más la costumbre del aseo, y lo mismo se puede decir de la Contrarreforma
católica posterior, con lo que esta tradición se perdió casi por completo en el
mundo occidental cristiano y en las colonias americanas. En los siglos XVIII y
XIX, gracias a la recuperación de la cultura clásica, se generalizó la
costumbre higienista de “tomar las aguas” en las fuentes medicinales.
Para ello, las clases acomodadas viajaban unas semanas al año a los lugares de
moda, como Bath en Inglaterra, Vichy en Francia, Baden-Baden en Alemania o La
Toja en España. Estos balnearios se convirtieron en grandes complejos
turísticos, que además de las fuentes termales ofrecían hoteles de lujo,
tiendas, salas de concierto o casinos.

En las grandes ciudades del siglo XIX se extendieron
las enfermedades contagiosas, propagadas a través de las masas de seres humanos
que se hacinaban en los suburbios, sumidos en la miseria. Después de un brote
de cólera en Londres se puso de manifiesto la necesidad de instalaciones higiénicas
para el aseo. A finales del siglo XIX algunas casas de las clases altas ya
disponían de cuartos de baño, con agua corriente y bañeras de madera, cobre o
hierro; mientras tanto, el resto de la población acudía a los baños públicos
construidos por los ayuntamientos.

Gracias a la industrialización de los aparatos
sanitarios la mayoría de las viviendas en el siglo XX tienen uno o más cuartos
de baño, equipados con agua caliente y bañeras o platos de ducha de acero
esmaltado. Además, el baño se ha convertido en un hábito higiénico muy
importante para la salud.

FRANCISCO
GONZÁLEZ LARA



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