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El baño. aseo terapéutica o placer.

El baño. aseo terapéutica o placer.

Desde la más remota antigüedad, el agua y más concretamente
los baños, habían sido utilizados con finalidad terapéutica, para el aseo
personal y el placer.

Los baños egipcios, por ejemplo, se hacían con agua y aceites
o ungüentos perfumados, que solo los sacerdotes sabían preparar. Estos aceites
sagrados humectaban y protegían la piel sometida a la sequedad y el calor de un
clima riguroso. Las clases sociales más adineradas tenían esclavos dedicados
exclusivamente a bañar a sus señores. En Egipto, las jóvenes doncellas
esperaban su baño arrodilladas en una estera de juncos, mientras las esclavas
vertían sobre sus cabezas, agua perfumada con mirra, azafrán o canela. Otra
esclava cubría sus cuerpos con ungüentos y aceites, y luego les acercaba
ramilletes de flores, para que el delicioso perfume completara los efectos
revitalizadores del baño. La ceremonia concluía con un desfile de guirnaldas
florales, como símbolo de frescura y belleza. Pese a las diferencias de clase,
ningún egipcio se privaba de su baño diario. Los menos adinerados, humectaban
su piel con aceite de ricino, mezclado con menta y orégano.

Los hebreos, al igual que los egipcios desconocían el jabón.
Por eso, en su lugar usaban una arcilla jabonosa con alto contenido de potasio.
El problema era que esta sustancia irritaba mucho la piel; con lo cual
preferían también los aceites y ungüentos compuestos con aloe, canela, nardo,
azafrán o mirra.

En la edad media, nos encontramos una
ambivalencia hacia los baños, pueden ser beneficiosos en ciertas enfermedades,
pero su uso excesivo puede llevar a conductas desordenadas, y a debilitar la hombría
de los soldados. Aconsejándose cambiar las ropas o lavar manos y rostro, y
alguna vez, las piernas y los pies. Los baños, no son aconsejables en los
sanos, ni siquiera para combatir los rigores del verano.

A los religiosos les estaba prohibido bañarse, a
no ser por extrema necesidad y a los carmelitas, en particular, bajo pena de
cuarenta días de cárcel. En resumen, los baños eran cosa de enfermos, se
consideraban muy activos terapéuticamente, por lo cual debían tomarse con muchas
precauciones.

Durante el Renacimiento y el Barroco, se produce
un resurgimiento de las prácticas terapéuticas del baño. Según el capitulo I
del Génesis, el agua es el principio del mundo, fecundado por el Espíritu Santo
y, como tal, entro en la composición del hombre junto al barro. Desde esta perspectiva
religiosa, no es de extrañar su utilización también para limpiar las suciedades
de la enfermedad.

Ya en el siglo XIX, los médicos recomendaron a sus pacientes
la conveniencia de tomar baños, tanto en balnearios como en el mar, como
remedio a ciertas enfermedades. No solo se veía como remedio de la meningitis
sino que se le atribuía efectos beneficiosos para erradicar la depresión, y los
males de amor. Pero era necesario crear una prenda específica para este tipo de
actividad, entre terapéutica y lúdica: el bañador, permitían gozar de la playa
no solo a los ricos sino también al público general. Los trajes de baño
siguieron al principio el mismo diseño que los de calle, en lo que se refiere
al bañador de señoras. Era un atuendo complicado. Se trataba de un vestido de
baño de franela, de corpiño ajustado y cuello alto; Las mangas hasta el codo, y
la faldilla hasta las rodillas. Bajo tan severo equipo se vestían los
pantalones bombachos, medias negras e incluso zapatillas de lona. Era claro que
aquel traje nada tenia de atractivo ni práctico, y no difería mucho de la
antigua costumbre, de meterse en el agua, hombres y mujeres, completamente
vestidos. Mediado del siglo XIX, hacia 1855, el periódico londinense The Times
dedicaba varias columnas a mediar en la controversia suscitada en torno al
escándalo que suponía el traje de baño. Torció en la polémica un tal doctor J.
Henry Bennet, quien al regresar de unas vacaciones en Biarritz se mostraba
entusiasmado con lo que había visto en aquellas playas, la novedad del traje de
baño francés. Escribió: “amas y
caballeros visten trajes de baños con la misma naturalidad que se visten los
vestidos de noche para ir a una fiesta. El de las señoras consiste en una
especie de calzón de lana, y una blusa de color negro que les baja hasta más
abajo de la rodilla, y se sujeta con un cinturón de cuero. Los caballeros
llevan una especie de traje de marinero listado
.” En vísperas de la
primera guerra mundial empezó a ponerse de moda el bañador ceñido, de una sola
pieza. Tenía mangas, estaba provisto de falda y llegaba hasta las rodillas. La
prenda fue posible gracias a los experimentos textiles del danés Jantzen,
apellido que luego se convirtió en sinónimo del bañador elástico por él
diseñado y creado. Pero en el terreno de los bañadores, el gran salto se dio
pasada la segunda guerra mundial, en 1946. Aquel año, el diseñador francés Louis
Réard preparaba en su taller parisino un particular pase de modelos. Se iba a
presentar una novedad absoluta en el mundo del bañador femenino: el bikini. Por
aquel tiempo, la prensa bombardeaba permanentemente con noticias relativas a
las pruebas y explosiones nucleares que se realizaban en el atolón del
archipiélago de las islas Bikini, en el Pacífico. Réard convocó a su modelo,
una bailarina profesional de casino de París, ya que las modelos profesionales
no habían querido presentar prenda tan descocada, y como le preguntara, previo
al pase, como podrían llamar a la nueva prenda, contestó sin titubear: “Señor Réard, su bañador va a ser más
explosivo que la bomba de Bikini
“. Réard quedó con aquella ingeniosa
salida de su improvisada modelo, y decidió presentar su bañador con aquel
nombre que tan popular iba a hacerse poco después.

Francisco González Lara

23 junio de 2004



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