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El descubrimiento de la cesárea.

El descubrimiento de la cesárea.

Hace unos 2.500 años, en una aldea en las laderas del Himalaya, ocurrió un extraño nacimiento. Dice la leyenda que un dios, disfrazado de elefante blanco, penetró en el vientre de una princesa. A su debido tiempo nació en forma de niño. Este niño estaba destinado a recibir el titulo honorífico de Buda, El Iluminado. La leyenda es notable por sí misma pero aún reserva alguna sorpresa.

Según el texto, … cuando llegó el momento, el futuro Buda nació para la salvación del mundo por el lado derecho de su madre, sin angustia ni dolor …. Por tanto, los antiguos cirujanos hindúes ya conocían la cesárea, al menos como técnica para extraer el feto cuando la madre había muerto. Pero la historia de esta operación es aún más antigua, basta examinar todos los partos mitológicos más o menos milagrosos.

Pero el primer reconocimiento documental de la técnica se encuentra en los annales del antiguo rey romano Numa Pompilio (715-673 a.C.), quien promulgó una ley en virtud de la cual el hijo debía extraerse mediante incisión de la madre gestante si ésta  moría.

Las primeras cesáreas se practicaron en mujeres muertas porque probablemente se creía que el feto maduro podía sobrevivir a la madre. Hay, en efecto, descripciones de partos espontáneos en mujeres ya muertas; en estos casos, la presión de los gases fuerza la salida del feto por el canal uterino. En los annales de la Inquisición Española hay una nota sobre este tipo de parto; en 1551 se ahorcó a una mujer embarazada y, cuatro horas más tarde, el hijo cayó al cadalso.

Hay varias explicaciones del origen del nombre de la operación. Una de las más extendidas está basada en el nombre de Julio César, que nació de la misma forma, aunque no de una mujer muerta, pues su madre, Aurelia, gozó de una vida larga y placentera. Pero los estudiosos niegan esta interpretación romántica, y atribuyen el nombre latino de esta intervención sectio caesarea a una corrupción de la expresión a matris utero caesus, que significa cortado del vientre de la madre.

La sección cesárea de mujeres muertas acabó logrando el apoyo de la Iglesia Católica, partidaria de mantener la vida a partir del momento mismo de la concepción (en esta doctrina se fundamenta la oposición al aborto y al control de natalidad). Los curas se exponían a la excomunión si enterraban a estas mujeres antes de la operación, en la cual también ellos intervenían. También se les remuneraba por este trabajo: el Sínodo de Lyon señaló un salario de 40 días de indulgencia tras asistir a una cesárea. Además, el índice de supervivencia de los niños alumbrados mediante cesárea era sorprendentemente alto. Según un documento del siglo XVII, nacieron con vida 20 de 32.

El gran reformador de la cesárea fue un monje veneciano llamado Escipión Mercurio. En 1596 publicó en Venecia un texto sobre obstetricia. Su capitulo más conocido es el dedicado a la cesárea, que describe con detalle, desde la forma en que los cuatro ayudantes deben sujetar a la mujer hasta el cierre del útero y la incisión del vientre con apósitos impregnados en vino agrio, rosas secas, bálsamo y hierbas cicatrizantes.

Pero la primera cesárea documentada practicada a una mujer viva no la realizó ni un medico ni una enfermera, sino un castrador de animales. Hacia el año 1500, en una aldea alemana, la esposa de Jacob Nufer estaba sufriendo un parto difícil; el marido acudió a todas las comadronas del lugar, pero nadie supo ayudarla. Al fin, el desesperado Jacob, que por su oficio tenía ciertos conocimientos de anatomía genital, tomó un cuchillo y extrajo al niño. Se ignora cómo se las arregló para coser el útero y la pared abdominal, pero la madre sobrevivió y dio varios hijos más a su marido por la vía natural.

La mortalidad de la madre tras la cesárea fue durante muchos siglos terriblemente elevada, llegándose a prohibir la intervención en París entre 1787 y 1876. Después, hubo épocas en París y en Viena en las cuales no sobrevivió a la cesárea ni una sola paciente.



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