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El galenismo. alopatía y homeopatía.

El galenismo. alopatía y homeopatía.

Galeno configuró la farmacia científica gracias a sus ideas terapéuticas. Uno de los aforismos que empleó fue: LO CONTRARIO, CURA A LOS CONTRARIOS. Para él, las enfermedades podían ser frías, calientes, húmedas o secas. Tal clasificación provenía de una observación empírica antiquísima. Imaginemos la fiebre, hoy un síntoma, durante muchos siglos una enfermedad incurable por falta de medicamentos eficaces. Es caliente y puede ser seca o húmeda (si hace sudar). Deberemos buscar un simple medicinal contrario a esos efectos; le llamaremos principio activo. Lo más frío, sería el hielo, pero los galenistas creen que el agua estancada es veneno. Por tanto, aparece el agua como simple medicinal, si es posible enfriada exteriormente con nieve. De los fármacos curiosos hablaremos en otro momento. Ahora sigamos con los razonamientos galenistas. Si el simple tiene una cualidad no deseada, por ejemplo exceso de calor, se mitiga con otros simples, en este caso fríos, llamados, coadyuvantes. Conseguido el medicamento con las cualidades exactas para oponerse a las de la enfermedad, necesitaremos, ahora, sustancias inertes para dotarle de forma farmacéutica (la manera de aplicarlo al cuerpo humano) y ya tendremos un medicamento. Aunque desde una racionalidad muy diferente a la actual, Galeno tecnificaba lo que hasta el momento era pura empiria mágica o religiosa. Los medicamentos, así preparados, resultaban muy polifármacos; con muchos componentes constituidos en mezclas en ocasiones nauseabundas. ¿De dónde sacaba los simples? Del tesoro farmacológico amasado por el paso de los tiempos y clasificado por un herborista romano, llamado Pedacio Dioscórides Anazarbeo. Según ambos, los vegetales eran principalmente medicamentos, los animales alimentos y los minerales, venenos. De aquí se derivan una serie de ideas muy desarrolladas a lo largo de la Historia y ahora en boga. Durante siglos, los vegetales se consideraron, sobre todo, medicamentos. Por eso, cuando se habla de la dieta mediterránea tradicional, uno se pregunta: ¿cuánto de tradicional? Durante siglos, casi hasta el XIX, los vegetales se han empleado más en la botica que en la cocina. Si no me creen, lean ustedes los libros clásicos de agricultura, por ejemplo el de Alonso de Herrera, del siglo XVI y verán que, junto a cada vegetal, se explican sus usos alimenticios; pero también, de manera extensa, los medicinales. Durante siglos, las plantas las comían sólo los pobres, pero de eso hablaremos cuando nos ocupemos de Dioscórides y de la FITOTERAPIA en la actualidad. Una curiosidad más. Como saben, se dice que Felipe II estaba enamorado de las rosas mosquetas. Es verdad. Pero, ¿conocen cuál era el destino final de esas preciosas flores de los jardines regios? Los hospitales madrileños. De ellas se obtenía el agua de rosas, utilizada en la preparación del azúcar rosado, considerado un medicamento maravilloso. Las cosas no eran como son, ni cómo parecen. Por eso, conviene conocer la historia para no cometer errores de bulto. El mismo Felipe II estaba enfermo de gota. ¡Claro! Desde pequeñito le habían nutrido preferentemente con carne y, al verle enfermo, sus galenistas médicos, para curarle, le recomendaban los mejores alimentos, es decir, carne repleta de ácido úrico (sabemos hoy) y así, aunque vivió muchos años, al pobre hombre se le hicieron muy largos. El tercer pilar de la terapéutica galenista es la creencia de que los minerales son principalmente venenos. Como es fácil de suponer, eso se convirtió en una traba terrible para la terapéutica química, ahora tan en boga, preconizada tempranamente por algunos boticarios árabes y por el mítico Paracelso, durante el Renacimiento.

Ya ven ustedes cual es el motivo de la extraordinaria consideración de los farmacéuticos hacia Galeno. Con él, nuestra profesión se hace técnica, se convierte en racional y se aleja de la magia, aunque han de pasar muchos siglos para conseguir avances importantes en su efectividad. Además, él es el padre de la terapéutica mayoritaria en el occidente: la alopatía que busca, o bien destruir al agente causante de las enfermedades, o bien oponerse a sus síntomas.

Galeno fue también quien recogió algunas ideas mágicas anteriores, que dieron lugar a la homeopatía. Proclamó el aforismo de que LO SEMEJANTE CURA A LO SEMEJANTE. Él, de acuerdo con la tradición terapéutica mágica, aconsejaba curar algunas enfermedades renales con judías, porque la forma de esas legumbres y las de los riñones, son semejantes. Para la ictericia aconsejaba vino, en donde se habían hervido patas de pollo. El líquido resultante, de color amarillo, teóricamente arrastraría el pigmento amarillento de los enfermos. En el mismo sendero mental, para la gonorrea preconizaba el aumento del coito con muchas mujeres. De esa manera suponía mágicamente arrastrada hacia fuera la enfermedad del varón. Mueve a la sonrisa, pero obedece a una lógica mágica, presente en la historia hasta casi el siglo XIX, de la que nos hemos liberado para sustituirla por otros mitos. Sirve, además, para no ser excesivamente arrogantes. Los grandes genios de la humanidad siempre han tenido aspectos oscuros. Todos los seres humanos tenemos vertientes positivas y otras deleznables. Somos hijos del tiempo. Por eso, el estudio de las grandes figuras ha de servir de acicate. Los héroes, los dioses, los seres de una sola pieza, sólo están en el mítico Olimpo de los griegos y, si son ustedes aficionados a la mitología, reconocerán conmigo que esos dioses tenían mucho, casi demasiado, de humanos.

En el siglo XVIII, un médico alemán, Samuel Hahnemann, tras unos experimentos efectuados con quina, llegó a la conclusión de que todo medicamento produce en el cuerpo una enfermedad y, si se quiere dominar cualquier procedimiento morboso, la enfermedad producida por el fármaco debe ser idéntica a la que se trata de solventar. Como ven un desarrollo del primitivo aforismo galénico. A partir de su intervención profesional en una epidemia de escarlatina, desarrolló la teoría de las dosis mínimas. Según él, el organismo es muy sensible a pequeñas cantidades de medicamentos. Con esos dos principios y una gran cantidad de discípulos, elaboró un sistema farmacológico alternativo al oficial. Fue uno de los primeros en insistir en la necesidad de la investigación farmacológica. Preconizó el ensayo con sustancias puras y en seres humanos, no en animales y siempre “in vivo”, aunque prescindió de controles, pues confiaba sólo en la introspección y no en la observación objetiva. Su sistema se desarrolló mucho en Alemania y en la actualidad en todo el mundo. La dificultad de establecer controles farmacológicos tradicionales, dado el grado de dilución de los medicamentos, le ha supuesto diversos encontronazos con la ciencia oficial. Sin embargo, en la actualidad, en la Unión Europea y en España, están sometidos a una legislación particular, con ello el Estado garantiza que, como todos los medicamentos autorizados, son eficaces y seguros; los pueden encontrar en múltiples farmacias, dispensados con todas garantías, si bien, como en todos los medicamentos, se ha de huir de la automedicación no responsable y se ha de acudir, siempre que sea necesario, a la consulta de un médico, licenciado en Medicina y huir, como del diablo -es una frase del siglo XVI, perdonen- de charlatanes y curanderos.

Para acabar, una recomendación. Si les interesan estos temas, lean ustedes un libro recién publicado. Su autor: Luis García Ballester. Su título: La búsqueda de la salud. Sanadores y enfermos en la España medieval. Editorial Península, Barcelona 2002. Lo pueden encontrar en cualquier librería. Luis, desgraciadamente recién fallecido, fue un sabio. Catedrático de Historia de la Medicina y amigo, vivió una vida azarosa, entregado por entero a la investigación. Este libro, póstumo, es una verdadera obra maestra y dedica casi un tercio del mismo a la Farmacia. Como ven, de todas las épocas podemos sacar enseñanzas y, en este caso, saciar nuestra curiosidad en un libro excelente.



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