Embarazo y parto entre los aztecas.

Publicado por el 01/01/2004

Los Aztecas o Mexicas, fue el pueblo que dominó el centro y sur de México, desde el siglo XIV hasta el siglo XVI y que es famoso por haber establecido un vasto imperio altamente organizado, que fue destruido por Hernán Cortes y los conquistadores españoles.

                En este pueblo, el matrimonio tenia lugar hacia los veinte años, pero la mujer campesina lo hacía a los dieciséis y aún antes de esa edad. Cuando la mujer quedaba por primera vez embarazada recibía consejos de la partera, que solía ser una de las cuatro viejas que la habían apadrinado en su boda, y tomaba dos baños rituales de vapor. Se le recomendaba no estar cerca del fuego para que el hijo no se tostara, no dormir siesta para no deformar la cara del niño, ni mascar chicle para evitar que el niño tuviera luego dificultades al mamar; otras creencias consistían en que mirar algo rojo inducía un parto con los pies por delante del niño, mirar a un ahorcado provocaba la estrangulación intrauterina del feto.

                A las embarazadas se le recomendaba mantener relaciones sexuales con el esposo hasta dos meses antes del parto para que no saliera enfermizo el hijo y satisfacer los antojos para evitar daños o impresiones fetales; debía tener cuidado con su alimentación, pues cualquier cosa que comiera la madre pasaba a formar parte de la carne del hijo. Dos meses antes del parto, la comadrona comprobaba la posición del feto y si era necesario procuraba hacer un giro mediante maniobras externas para conseguir un parto normal.

                Una vez llegado el momento del alumbramiento, las parteras aztecas cuidaban de mantener intacta la bolsa de aguas para conseguir una dilatación progresiva del cuello del útero y realizar el parto con el menos trauma posible. El parto tenía lugar en cuclillas.

                En el Códice Tudela hay una cita de interés sobre la practica de las parteras… cuando iban a partear a alguna mujer, si tenia un parto difícil, la vieja le decía: que no podía parir si primero no le descubría con cuantos hombres, sin su marido, había tenido parte, y la preñada lo descubría, sin ocultar cosa alguna porque tenia entendido que si no lo decía no pariría, y si por ventura alguna moría de parto decían que no había descubierto todo lo que había hecho, y si el niño moría en nacimiento decían lo mismo y esta vieja lo descubría después a quien quería y aun a su marido si quería. Y cuando acontecía nacer algún niño con ronchas o bermejo, decían las viejas: que fue algún antojo o de comer carne humana o de algún perrillo.

                Para favorecer el parto tomaban el cocimiento de la cola del tlacuatzin, animal escurridizo y una infusión de cihuapatli, hierba a la que se adjudican efectos oxitócicos. Cuando la partera comprobaba que el feto estaba muerto dentro del útero, introducía un cuchillo de obsidiana por vía vaginal y realizaba una embriotomia extrayendo la criatura en pedazos. Para esta intervención era necesario el consentimiento de los padres de la parturienta; sin el se la dejaba morir y así tenida por diosa. Identificaron también algunas infecciones ginecológicas como los exudados purulentos y el flujo vaginal, responsables de las infecciones puerperales.

                El nacimiento del hijo iba seguido de ceremonias religiosas muy importantes. La partera cortaba el cordón umbilical y si era niño daba la placenta a un guerrero para que la enterrara en lugares donde hubiera tenido lugar una batalla; si era niña era enterrada la placenta cerca del fuego en el hogar. Se bañaba a la madre y al hijo después del parto, pero la mujer inmediatamente reanudaba las labores domesticas. El niño era entregado al sacerdote que le bautizaba con el nombre del día en que había nacido, salvo si era uno de los cinco días aciagos o había ocurrido un fenómeno natural de mal agüero, como la aparición de un cometa. Otro sacerdote hacía el horóscopo del recién nacido y le señalaba el oficio que había de tener y la buena o mala ventura. Si eran mellizos o trillizos auguraba que sus padres morirían pronto. Las mujeres estériles eran tenidas en desprecio, como en todas las culturas agrícolas, y los esposos se divorciaban de ellas; para estimular la fertilidad las parteras recomendaban bebedizos e infusiones.

                Por otra parte, las parteras sabían inducir el aborto con facilidad mediante manipulaciones y hierbas. En cuanto a la crianza de los hijos, la falta de mamíferos domésticos en la cultura azteca, obligaba a que la lactancia materna se prolongara más allá de los tres años y el hijo tuviera una dependencia muy estrecha de la madre.

FRANCISCO GONZALEZ LARA