En pañales.

–         
¡Ay, Dios mío! ¿Y el servicio?, ¿dónde está el
servicio?

–         
¡Pero cuidado, hombre! ¡No se apoye en el expositor de
potitos que tiene ruedas?!

–         
Ya estoy mejor?¡Menos mal!

–         
¿Qué le ocurre?

–         
Que menos mal que llevo puesto los pañales de mi suegra,
que está inválida.

–         
De verdad que no entiendo nada. Siéntese por lo menos.

–         
No puedo, pero deme algo para
la diarrea por favor? ¡y que sea fuerte!

–         
¿Tiene colitis? ¿Ha tomado algo en mal estado?

–         
Si estoy a dieta, Dios mío. Maldita dieta y la madre que
la parió.

–         
Pues explíquese, porque sigo sin entender nada.

–         
Es que mi mujer está con un régimen muy severo para
adelgazar.

–         
¿Y qué tiene que ver el régimen de su señora? ¡Usted no
está gordo!

–         
¡Ahí le duele! Yo por suerte puedo comer de todo y en
cantidad?

–         
¿Y entonces?

–         
Pues que mi mujer dice que está harta de hacer dos
tipos de comida y a veces compartimos algún plato.

–         
¿Y alguno estaba en malas condiciones?

–         
¡Qué va! Mi mujer es una exquisita. Ayer puso para los
dos una merluza de pincho hervida.

–         
¿Y eso le ha producido diarrea?

–         
¡Espere mujer, que se lo explique! Es que la puso con
mayonesa?

–         
Entonces la mayonesa estaría en mal estado?

–         
¡Y dale con el mal estado! ¡Estaba todo buenísimo!

–         
Pues no me lo explico.

–         
Es que mi mujer aliña todo con un aceite especial y a
mí me da igual porque yo no me lo como?

–         
Será entonces un aceite acalórico que lleva tan sólo
vaselina.

–         
¡Ahí le duele! ¡La madre que lo parió!

–         
Pero si usted no lo toma, ¿qué más le da?

–         
Es que hizo la mayonesa con el puñetero aceite
acalórico y yo me pude tomar un litro?

–         
¡Já, já,
já?!

–         
¡No se ría porque estoy acharado! Menos mal que me lo
dijo anoche y llevo pañales ?

–         
¿Y por qué menos mal?

–         
Porque yo no sabía nada y ya cerca de la noche me tuve
que subir a un andamio.

–         
¿A un andamio?

–         
Es que soy aparejador y estaba visitando una obra. Me
dio un retortijón y no quiera usted ver cómo puse a dos albañiles que estaban
debajo.

–         
¡Já, já,
já?!

–         
Sí, usted ríase, porque a los albañiles no les hizo ni
pizca de gracia.

–         
Pues la cosa la tiene? y usted perdone.

–         
Bueno, el caso es que aquí me tiene usted para que me
dé un astringente, porque con sólo guiñar un ojo me ?voy de vareta??

–         
Es que el astringente no le va a servir de nada porque
la vaselina es un lubrificante.

–         
¡Ay, otro retortijón! ¡Benditos pañales!

–         
Dígale a su mujer que puede emplear perfectamente un
aceite de oliva, que lleva ácidos grasos monoinsaturados
y es el componente básico de la dieta mediterránea.

–         
Pues le han dicho que engorda y que el bueno es el que
me ha puesto malo.

–         
Vaya contradicción, ¿verdad?

–         
Es que me trae loco con el régimen. Me gusta desayunar
con mantequilla y ella sólo compra margarina que es mala.

–         
Todo lo contrario, la margarina es grasa poliinsaturada y la mantequilla, al ser de origen animal,
es menos saludable.

–         
Entonces, ¿qué hago?

–         
Irse despacito para casa y estar, hoy al menos, sin
salir.

–         
¿Y de astringente nada?

–         
Nada. Paciencia y a evacuar.

–         
A mi mujer la mato. ¡Estoy de régimen hasta el gorro!

–         
Pues si todo el problema es el aceite, dígale que el de
oliva es muy bueno.

–         
¿Entonces, eso que dice del aceite de oliva es verdad?

–         
Totalmente. El aceite de oliva deja a las demás grasas
en pañales.

–         
¡No me hable de pañales, por Dios!



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