Fiebre puerperal.

                Durante
el Siglo XIX, en el hospital general de Viena, la sección de maternidad tenía
dos salas; la sala 1 había adquirido tal reputación a lo largo de los años, que
las mujeres rogaban de rodillas que no las ingresasen allí, porque la fiebre
puerperal hacía estragos: de cada 10 mujeres, 1 moría, y el mes de octubre de
1842, la tasa de mortalidad fue de un 29,33%. En cambio, en la sala 2 dicha
tasa era del 3%, similar a la de otros hospitales.

                En
1846 se incorporó a la maternidad un médico ayudante húngaro llamado Ignaz
Semmelweis (1818-1865), a quien sorprendió el contraste entre las dos salas. Parecían
iguales y aceptaban al mismo tipo de pacientes. La única diferencia era que en
la sala 1 asistían a los partos estudiantes de medicina, y en la sala 2
estudiantes de matrona. Se cerró la sala durante cierto tiempo, y cuando volvió
a abrirse, con los estudiantes de medicina como asistentes, los resultados
volvieron a ser tan malos como antes.

                Semmelweis
observó también que las mujeres que ingresaban tarde y ya habían dado a luz en
su casa o en un coche casi nunca sufrían fiebre puerperal. Por tanto, parecía
que la infección se contagiaba durante el momento mismo del parto. Pero la
clave del misterio se desveló cuando un profesor de Medicina Forense llamado
Kolletscha se cortó el dedo durante una autopsia y sufrió una septicemia.
Semmelweis comentó más tarde:

?La imagen de la enfermedad
de Kolletscha me perseguía día y noche. Como observamos en él alteraciones
similares a las sufridas por las mujeres con fiebre puerperal, concluimos que
murió de la misma enfermedad que había matado a tantas mujeres. Pero ahora sabíamos
la causa de la enfermedad, la herida que se había hecho durante la autopsia y
que se había contaminado con la carne del cadáver. La muerte no se debió a la
herida en si, sino a su contaminación. Por supuesto, Kolletscha no era el
primero en morir por esta causa. Por tanto, hay que suponer que, si la
hipótesis es correcta, si su enfermedad es la misma que sufren las mujeres, la
causa que le hizo enfermar a él podría también hacer enfermar a ellas. Y ahora
hay que preguntarse, ¿penetró carne muerta en la sangre de todas aquéllas a
quienes he visto morir de esta enfermedad? La respuesta ha de ser, sí.?

                El
misterio se había descubierto. La diferencia entre las dos salas estaba en que
los estudiantes de medicina iban directamente desde la sala de autopsias al
paritorio y llevaban en las manos el agente infeccioso transmitido por los
cadáveres. En mayo de 1847, Semmelweis impuso la obligación de lavarse las
manos con agua clorada antes de asistir a los partos. Un mes mas tarde, la
mortalidad de la sala 2 era similar a la observada en la sala 1, y al cabo de un
año había bajado hasta el 1%.

                Esto
debería ser prueba suficiente, pero el peor enemigo de Semmelweis era su propio
jefe, Klein, que hacía todo lo posible por anular a los subordinados con talento.

                Semmelweis
se vio obligado a marchar a Budapest, donde publicó un libro sobre infecciones
durante el parto. Su temperamento difícil y desequilibrado degeneró en
enfermedad mental, y terminó sus días en un asilo.

                Muchos
médicos consideraron un insulto la idea de que un colega pudiera transmitir
infecciones.

                Lo
que acabó por convencer a los dudosos fue un acontecimiento que ocurrió en 1879,
nada menos que 32 años después del descubrimiento de Semmelweis. En un congreso
de la Academia Médica de París, un célebre ginecólogo estaba a punto de
condenar la teoría del contagio por contacto de la fiebre puerperal, cuando uno
de los asistentes le interrumpió, subió al podio, trazó en la pizarra una
hilera de puntos (que representaban estreptococos) y dijo con calma: ?Aquí
están sus gérmenes, señor?. El ginecólogo no contestó nada, porque quien le
había interrumpido era Pasteur.



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