Galeno.

En muchas ciudades españolas existen oficinas de farmacias venerables, auténticas piezas del patrimonio histórico artístico, en donde se viene ejerciendo la atención farmacéutica desde hace siglos. En algunas de ellas, revestidas las paredes de maderas nobles, en hornacinas barrocas, se guarda un busto de evidente aire clásico que representa a Galeno. En otras ocasiones, su figura viene pintada en grandes copas de vidrio, antiguamente utilizadas como digestores de los simples medicinales, al sol de los escaparates de la botica.

– ¿Quién fue ese Galeno que tanta veneración despierta pasados los siglos?

  • Ni más ni menos que el punto de arranque de la medicina racional y de la farmacia científica.

-¿Fue médico o farmacéutico, griego o romano?

– Buenas preguntas. Fue sanador. La división profesional es cosa de la Edad Media. Si me siguen durante algún tiempo, trataré de explicárselo. En la antigüedad, la misma persona diagnosticaba las enfermedades, indicaba su pronóstico, recetaba los medicamentos, los preparaba, muchas veces, además, era un filósofo y, en algunas civilizaciones, un sacerdote. El pensamiento racional griego, del que nos nutrimos en la actualidad, cuenta entre sus padres con algunos naturalistas como Hipócrates o Galeno. En cuanto a su nacionalidad fue romano, se convirtió en uno de los sanadores más famosos y atendió a los emperadores de Roma, pero nació en Pérgamo, en el siglo II, y escribió todos sus textos en griego. Recordarán ustedes que el tartaja y televisivo emperador Claudio, uno de los pocos intelectuales entre los aristócratas romanos, hablaba de nuestras dos lenguas, refiriéndose al griego y al latín. Los romanos fueron los norteamericanos de la antigüedad. Poderosos, guerreros, especialistas en derecho, en arte militar y en tecnología, dejaron los estudios científicos a los griegos, sus antecesores en el imperio. Por eso la civilización romana se considera helenística, es decir, continuidad de la griega fuera de su territorio geográfico original..

De Galeno sabemos casi todo. Nos dejó una autobiografía y se ha conservado a lo largo de los tiempos. Hijo de un rico arquitecto, le puso ese nombre, que traducido quiere decir Dulzura, para evitar, en lo posible, el contagio del carácter feroz de su madre. Con ese patronímico uno o se arruina psicológicamente para siempre o lo hace pasar a la Historia. Galeno hizo lo último. Estudió por todo el mundo entonces conocido y asimiló lo mejor de unos y otros. Formó una escuela: la ecléctica; es decir, aquella que coge lo mejor de cada uno de los maestros, sin fanatismos y forma, con la mezcla de todo, un pensamiento nuevo. Sus ideas, unidas a las expuestas por Aristóteles sobre la naturaleza, las asimilaron luego los científicos árabes y las transmitieron a Europa. Formaron un cuerpo de saberes que se ha mantenido, en algunos aspectos, hasta el siglo XIX y que, aún en la actualidad, en algunas circunstancias, sigue utilizándose y, en algunos aspectos, forma parte de nuestro acervo cultural cotidiano.

Vayamos por partes: ¿Por qué le tomamos por el punto de inicio de la medicina racional? Hasta él, la enfermedad se consideraba causada por elementos oscuros. Primero fueron fuerzas ocultas, capaces de ser controladas por operaciones mágicas. Luego esas potencias se personalizaron en dioses. La noción de enfermedad y pecado o mancha física y espiritual, confluyó y los sanadores se convirtieron también en sacerdotes. Posteriormente, llegó Galeno y escribió uno de sus aforismos de radical actualidad: LA ENFERMEDAD NUNCA ES CAUSADA POR LOS DIOSES. De esa manera proporcionaba un carácter material a la misma y la alejaba de cualquier noción moral. Su afirmación, desgraciadamente, ha tenido altibajos a lo largo de la historia, pero así fue, ha sido y será, en todos los sanitarios científica y éticamente bien formados. La enfermedad nunca tiene connotaciones distintas a las naturales. Y eso es algo que todos, sanitarios o no, hemos de asumir. Se pueden y deben prevenir las enfermedades, pero todas son algo natural, de la misma manera que es natural la muerte. Algo tan terrible como es la enfermedad, ni se puede, ni se debe, agravar con sentimientos distintos al deseo poderoso de luchar contra ella y vencerla. Si se triunfa, se vuelve a la vida plena y entonces, se pueden adoptar posturas filosóficas. La idea de Galeno, como nos enseñó Pedro Laín, luego fue enunciada por Cristo, cuando aseguró que ni el ciego de nacimiento, ni sus padres, habían pecado, ante la pregunta de unos curiosos imbuidos en una mentalidad primitiva.

De manera muy resumida, Galeno consideraba que existía una relación estrecha entre el macrocosmos, el universo diríamos nosotros y el microcosmos, los seres vivos, diríamos ahora. La única diferencia estribaría en el pneuma, una especie de calor vital que daría vida a lo inanimado. Todo lo existente, animado e inanimado, en última instancia estaría compuesto por cuatro elementos: aire, soporte de las cualidades húmeda y cálida. Agua, con cualidades húmeda y fría. Tierra, fría y seca y fuego, seco y cálido. Por la unión de estos cuatro elementos, en distintas proporciones, se formarían los humores: la flema, húmeda y fría. La sangre: húmeda y cálida. La bilis negra, fría y seca y la bilis amarilla, cálida y seca. Según el humor preponderante en cada ser humano, aparecerían los temperamentos. En el sanguíneo habría preponderancia del humor sangre. En el flemático de la flema, en el colérico de la bilis amarilla y en el melancólico de la bilis negra. Ya tenemos algo que se sigue utilizando en la actualidad. Fulanito tiene un carácter melancólico, decimos, o colérico o sanguíneo. Ya saben ustedes de donde viene. Esos temperamentos vendrían marcados, desde el nacimiento, entre otras cosas, por la distribución astral. Ya sabemos, también, el porqué la medicina y la terapéutica utilizaban profusamente la astrología. Para establecer el pronóstico de una enfermedad, se debía levantar la carta astral del enfermo, ver su temperamento inicial, la variación del mismo y el mejor momento para proporcionarle los fármacos. Quienes tengan la mala costumbre de asistir a curanderos, entenderán muy bien éste léxico. Algunos de esos sanadores serán muy estudiosos y acaso muy sabios. Como historiador les aseguro que no es fácil penetrar en estos conceptos, pero pertenecen a la ciencia del siglo II, importantísima para conocer una mentalidad, aunque absolutamente superada. Peor aún es si esas ideas se unen a otras de carácter ocultista y supersticioso. Entonces forma parte de la llamada folk-medicina. En los pueblos poco desarrollados, los médicos, farmacéuticos y demás sanitarios, colaboran con esos sanadores en un afán común de conservar la vida de quienes apenas tienen recursos. En el primer mundo, renunciar a los auxilios de la terapéutica más novedosa es, a mi parecer, un pecado. Un pecado contra la vida y contra uno mismo. Quiero decir, una actitud éticamente rechazable, que hace caer en el círculo vicioso de la ignorancia, la enfermedad y la miseria. La asistencia a ese tipo de terapias charlatanescas no depende del sexo, de la ideología o de la situación económica. Los que lo hacen, antes de rechazar los avances en la investigación médica y terapéutica, ofrecidos por el siglo y la situación geopolítica privilegiada en que vivimos, deben informarse a conciencia para luego no lamentarse.

Hablando del pasado remoto, hemos llegado hasta el presente. Esto no debe hacerlo jamás un historiador, pero ustedes sabrán disculpármelo. Para Galeno, la salud consistía en el equilibrio humoral, peculiar para cada individuo. La enfermedad, en el desequilibrio. Para restaurarlo se debían purgar los humores. Por eso el galenismo se fundamentó en la purga, esas irrigaciones siempre presentes en las casas de quienes tengan una cierta edad, en la sangría, en los medicamentos para sudar, para vomitar, en aquellos viejos remedios de los que aún guardamos memoria, arrasados de la terapéutica por un cada día mejor conocimiento de las maneras de enfermar, un más seguro establecimiento de las dianas terapéuticas y unos medicamentos, día a día, más seguros y eficaces.



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