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Hipólito ruiz lópez (1754-1816). "el brujo ye...

Hipólito ruiz lópez (1754-1816). "el brujo yerbatero".

Nació don Hipólito en Belorado, un pueblo burgalés situado en la falda de la sierra de la Demanda. Probablemente de familia de agricultores acomodados, se ocupó de sus primeras letras su tío, el cura Basilio López. Con 14 años le enviaron a Madrid bajo el cuidado de su otro tío, el boticario Manuel López, quien le encaminó hacia su profesión para lo cual acudió al Jardín botánico de Migas Calientes, el antecedente del Prado, a estudiar la ciencia herbaria con nuestro conocido Casimiro Gómez Ortega.

Por esas fechas el gobierno francés solicitó permiso para enviar a un médico naturalista, Joseph Dombey, a estudiar las producciones naturales peruanas. Un ministro francés, Turgot, quería revitalizar la agricultura francesa con especies del nuevo mundo y, en Francia, el Perú era sinónimo de riqueza y bienestar. El Rey de España autorizó la expedición pero encargó a Ortega que la dirigiera y buscara a un director español. El catedrático eligió a su joven discípulo Ruiz.

El burgalés estaba verde todavía. Se le encargó aprender cuanto pudiera de Dombey y velar por la gloria nacional. En las instrucciones entregadas se le ordenaba estudiar, preferentemente, la quina y la canela. La segunda, nada más llegar, supieron que no era tal, sino un género de laurel, la famosa canela americana. Sobre los primeros hicieron una labor excepcional y de extraordinaria utilidad, si se tiene en cuenta que era el único febrífugo en una sociedad asolada por las fiebres.

La “excursión” duró desde 1777 hasta 1788. Durante ella sufrieron incendios del material, apresamiento de barcos con el resultado de sus investigaciones, ataques de los indígenas, de bandoleros y hasta el levantamiento de Tupac Amaru, que les obligó a viajar a Chile. En Lima les recibieron muy bien, hasta que empezaron a recoger plantas y les bautizaron con el sobrenombre de brujos yerbateros. Dombey volvió antes, en 1784, y los conflictos entre España y Francia por el control de la publicación de resultados fue constante.

Cuando regresó a España, junto a su compañero Pavón, se había inaugurado una cátedra de Botánica en Lima y quedaban allí sus discípulos, Tafalla y Pulgar.

En la península se vio inmerso en las disputas cortesanas de su maestro Ortega, enfrentado al abate Cavanilles. De resultas de las mismas quedó relegado de la cátedra del Real Jardín, con lo cual, como suele ser costumbre en nuestro país, se pagaba a los mejores con el olvido. A consecuencia de estas maniobras, en lugar de explotar los resultados desde el Real Jardín, se creó una fantasmal Casa de la flora o de la botánica, que sólo sirvió para no hacer nada y para que Pavón vendiera buena parte de los materiales a instituciones o particulares extranjeros y luego los nietos de Ruiz hicieran lo propio.

No todo fue negativo. Gracias a su trabajo pudo dar a la imprenta su Quinología, varias obras más sobre plantas americanas y, sobre todo, la monumental Flora Peruviana et Chilensis… maravillosamente editada e iluminada, cuya edición quedó interrumpida en el tercer volumen. El resto se guarda primorosamente en el archivo de nuestro Real Jardín Botánico, a la espera de que alguien, alguna vez, decida editarlo, aunque sólo sea para dar testimonio de la gran obra realizada por los Borbones ilustrados en el conocimiento de la flora americana, en una labor que se ha definido, en numerosas ocasiones como sinfonía incompleta o ilusión quebrada, pues los esfuerzos en América quedaron inconclusos por la pereza secular de nuestros burócratas cortesanos.

Ruiz fue miembro de la Real Academia de Medicina y de otras varias instituciones españolas y extranjeras. Cuando volvió no había sido aprobado en Farmacia. En 1790 obtuvo el título y se instaló en la calle de la Encomienda. Se casó con una sobrina de su maestro, lo que le puso definitivamente de su lado en la polémica sostenida a lo largo de los años con Cavanilles. Durante el gobierno de los Bonaparte se mantuvo cuidadosamente al margen de las situaciones de poder para no ser considerado colaboracionista y, al poco de finalizada la guerra, murió.

Fue Ruiz uno de esos farmacéuticos ilustrados que han hecho aportaciones importantes a la Historia de la ciencia española y, pese a ello, no son conocidos a nivel popular, ni siquiera en muchos sectores especializados.

Según su hijo, Antonio Ruiz, que escribió su biografía, fue don Hipólito Ruiz de regular estatura, más que medianamente grueso, pero de bellas proporciones, su tez algo morena, buenas facciones, negro el cabello y los ojos, y éstos vivos y penetrantes, las cejas bien pobladas, su fisonomía grave, y en su cara estaba pintada aquella serenidad inseparable de un hombre de recto proceder. Su porte era sencillo con dignidad, su genio franco y muy generoso, pero grave y circunspecto; en sus tratos sumamente formal, veraz y consecuente, fue prudente, laborioso, parco y muy celoso por la gloria de su nación.

El suyo es un ejemplo de los servicios y la gloria alcanzados por la Farmacia ilustrada mediante acciones ajenas a la fabricación del fármaco en sí mismo, pero relacionadas estrechamente con ella y de cómo muchos de los mejores, en nuestra patria, jamás han sido reconocidos como profetas.



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