La enfermedad de parkinson.

Una de cada cien personas mayores de 65 años padece la enfermedad de Parkinson. Aunque suele iniciarse a partir de los 50 años, la mayoría de los casos corresponden a personas con edades comprendidas entre los 70 y los 80.

Al contrario que otras muchas enfermedades cuyo índice de prevalencia es mayor entre las mujeres que entre los hombres, como el Alzheimer, la enfermedad de Parkinson no entiende de sexos, dándose por igual en el femenino que en el masculino.

Considerada la segunda enfermedad neurodegenerativa después del Alzheimer, esta enfermedad fue descrita por primera vez en el año 1817 por un médico londinense cuyo apellido, Parkinson, le dio nombre. Desde entonces, la investigación científica y el apoyo de asociaciones e instituciones no ha dejado de darse en todo el mundo, lo que ha promovido que actualmente conozcamos mucho más de esta enfermedad y sus posibles maneras de prevenirla o aliviarla.

En este sentido, el hallazgo de un factor tóxico-ambiental como responsable de alteraciones parkinsonianas ha producido un importante impulso en el ámbito de la investigación.

En qué consiste

Esta afección neurológica se debe a la degeneración progresiva de ciertas neuronas localizadas en una zona concreta del cerebro, llamada sustancia negra, encargada del control y coordinación del movimiento del tono muscular y de la postura.

Estas neuronas producen una sustancia química conocida como dopamina, esencial para la regulación de los movimientos de una forma efectiva y armónica.

Si en un principio el cerebro es capaz de compensar esta deficiencia, los síntomas aparecen poco a poco al cabo de varios años, cuando de un 60 a un 80% de las neuronas productoras de dopamina se destruyen.

Por todo ello las principales manifestaciones de la enfermedad expresan un control deficiente de los movimientos, como temblores, lentitud, rigidez y alteraciones de la postura y de la marcha. Estos síntomas pueden aparecer aislados o combinados, pudiendo predominar en una parte del cuerpo o bien ser más marcado un síntoma sobre los demás, de forma que hay una gran variación de un enfermo a otro.

Evolución y síntomas más comunes

  • En sus inicios, la persona afectada por Parkinson no suele relacionar sus síntomas con esta enfermedad, lo que hace que inicialmente acudan al traumatólogo aquejados de dolores en las articulaciones, o al psiquiatra como solución a una supuesta depresión.
  • Más adelante la lentitud de los movimientos empieza a ser más marcada, manifestándose principalmente en la falta de expresión de la cara y en una lentitud y torpeza general a la hora de realizar cualquier movimiento espontáneo (parpadear, tragar, etc.) o voluntario (vertirse, lavarse, escribir, levantarse, etc.).
    • El temblor es más evidente cuando se está en reposo y disminuye con el movimiento voluntario. La fatiga, las emociones o incluso el ejercicio mental provocan un agravamiento de los temblores.
    • En el enfermo de Parkinson es habitual la falta de flexibilidad a la hora de mover las articulaciones.
    • El tronco y la cabeza se inclinan ligeramente hacia delante dejando la espalda encorvada, y las articulaciones de los codos y rodillas aparecen flexionadas.
    • Las anomalías en el ritmo de la marcha son frecuentes, bien produciéndose bloqueos en el caminar o bien aumentándose bruscamente con pasos rápidos y confusos.
    • La escritura se vuelve pequeña y cada vez más ininteligible.
    • Es normal la tendencia a episodios bruscos de depresión.
    • Estreñimiento y exceso en la producción de saliva son también síntomas muy frecuentes.
    • A veces, pueden aparecer otros síntomas como alteraciones del sueño que pueden incluir pesadillas, problemas de equilibrio, alucinaciones, problemas en el habla, golpes de calor, etc.

    En el tratamiento, “cada caso un mundo”

    La importancia, la frecuencia y la importancia de la enfermedad de Parkinson varían de una persona a otra, lo que explica que el médico tenga en cuenta esta gran variabilidad a la hora de aplicar uno u otro tratamiento, personalizándolo al máximo.

    Aunque las causas de esta enfermedad no son del todo conocidas, los medicamentos, la cirugía y de una manera genérica la concienciación de los enfermos han hecho posible muchos progresos en estos diez últimos años.

    Aunque los medicamentos no permiten curar definitivamente la enfermedad, sí pueden ayudar a combatir el déficit de dopamina, aliviando sus síntomas. En este sentido existen dos clases de medicamentos antiparkinsonianos: los que son capaces de transformarse en dopamina en el encéfalo compensando su déficit y los que estimulan los receptores cerebrales a la dopamina.

    La levodopa, el medicamento antiparkinsoniano por excelencia

    El descubrimiento de esta sustancia precursora de la dopamina y cuya acción consiste en sustituir su déficit, mejoró en gran medida la calidad de vida de los pacientes con Parkinson.

    Mejorando todos los síntomas de la enfermedad, es sin embargo menos eficaz en el control del temblor y de las alteraciones de la postura. Además, si bien este medicamento resulta altamente eficaz en los inicios de la enfermedad, es cierto que a medida que progresa el enfermo experimenta una regresión en la mejoría inicial, apareciendo una serie de efectos secundarios, como los llamados fenómenos “on-off” o fluctuaciones del estado del enfermo, que oscila entre ratos sin síntomas (fases “on”), y períodos en que reaparece el temblor y la lentitud (fases “on”). En este último estadio los movimientos involuntarios sobre todo al nivel del rostro son bastante frecuentes.

    Para limitar este fenómeno, el médico suele fraccionar las dosis o añadir medicamentos de la familia de los agonistas dopaminérgicos, cuya acción consiste en estimular los receptores cerebrales de la dopamina. De entre los medicamentos de esta familia el más conocido y utilizado es la bromocriptina, que utilizada conjuntamente con levodopa permite reducir la gravedad de los efectos secundarios y complementa su efecto.

    Asimismo se está recomendando el uso de selegilina, en base a su posible efecto para retrasar la evolución de la enfermedad.

    Es importante saber que tanto la levodopa como los agonistas dopaminérgicos y la seleginina pueden causar complicaciones mentales, ante las que resulta imprescindible un ajuste de la dosis.

    VIGILAR LA ALIMENTACIÓN

    Las comidas ricas en proteínas como el pescado y la carne pueden disminuir la eficacia de los medicamentos. Así pues, es mejor reservar estas proteínas para la cena, momento en el que la actividad motriz es menor.

    Para luchar contra el estreñimiento tan frecuente en esta enfermedad, hay que beber mucha agua y dar preferencia a alimentos ricos en fibra como las frutas y legumbres.

    En casos de problemas de deglución, los alimentos espesos y sin filamentos son los más aconsejables. En este sentido en las farmacias existen productos espesantes que modifican la textura de los alimentos.

    EL PARKINSON ES UNA ENFERMEDAD QUE AFECTA A LA ACTIVIDAD PSÍQUICA PERO QUE SIN EMBARGO NO LESIONA LA ACTIVIDAD INTELECTUAL DEL ENFERMO



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