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Los sanitarios en el siglo xvi.

Los sanitarios en el siglo xvi.

Si hasta ahora he realizado, preferentemente, retratos individuales, permítanme ahora presentar uno de conjunto. ¿Cómo fueron los sanitarios españoles durante el Renacimiento?

Blas Álvarez de Miraval, en su Libro intitulado la conservación de la salud del cuerpo y del alma (1597) afirma que todos los médicos “en el exercitar de su arte han de ser semejantes a los ángeles“. Enrique Jorge Enriquez, en el Retrato del perfecto médico (1595) aconseja que sea temeroso de Dios. Muy humilde. Ni soberbio, ni vanaglorioso. Caritativo, manso, benigno, afable, no vengativo. Que sepa guardar secretos, no sea lenguaraz, ni murmurador, ni lisonjero, ni envidioso. Además, templado, prudente, continente, honesto, recogido, dado a las letras, curioso, trabajador y capaz de imitar a los varones doctos. No debe gustar de sofismas ni rehuir discusiones científicas. Debe ir limpio y decente. Ha de ser frugal, celoso de su honra y, en lo intelectual, gran latino, conocedor del griego y del árabe, buen anatomista, amante de la cosmografía y de la música, gran lector y enemigo de los juegos de cartas.

Los cirujanos no eran médicos especializados, como ahora, sino artesanos de consideración social algo superior a la de los barberos e inferior a la de los médicos. Dionisio Daza Chacón, uno de los más grandes de Europa, en la Práctica y Teoría de la Cirugía (1609) asegura que el cirujano ha de tener conocimiento de todas las partes de la medicina, incluida la terapéutica. Debe ser afable y alegre. No puede comportarse deshonestamente en las casas en donde trabaja. Debe saber guardar secreto de cuanto vea u oiga en el ejercicio profesional. Ha de guardar el decoro de su persona y antes ser tenido por “liberal” que por “escaso”. Ha de tener muchos amigos pero pocos familiares y apartarse de hablar con idiotas, “salvo lo imprescindible”. Ha de tener buena vida, las manos diestras, diligentes y firmes, los dedos livianos, el tacto sutil, las uñas ni cortas, ni largas y debe saber utilizar ambas manos. No ha de ser flaco, ni grueso y mejor mozo que anciano. Su vestido ha de ser sucinto, honesto, ataviado, limpio y no embarazoso para ejercer su oficio. Puede llevar algunos anillos e ir perfumado y, por último, debe tener bien todos los sentidos.

Las doce condiciones del boticario las describe uno de Guadalajara, Antonio de Aguilera, en la Exposición sobre los cánones de Mesué (1569. En primer lugar debía saber latín y haber estudiado cuatro años con un maestro o en una universidad. Ser temeroso de Dios y muy recatado. Tener edad suficiente, prudencia y ciencia. No aumentar ni disminuir las cantidades de los medicamentos recetados. Ser rico o al menos poseer los medios suficientes para hacer siempre lo debido y poder ser caritativo con los pobres. Fiel y recto en lo tocante a su arte. Poseer muchas y muy selectas medicinas. Asistir personalmente a su botica. Estar casado para evitar vanidades y distracciones. Poner la botica en un lugar no ventoso, ni húmedo, ni excesivamente expuesto al sol. Tener buen sentido del gusto para diferenciar los medicamentos amargos de los dulces o salados.

Frente a esta visión tan idílica, Antonio de Torquemada, un intelectual, en sus Coloquios satíricos (1553) escribe: cuando un médico está malo jamás le veréis tener dieta?no comen lentejas, ni acelgas cocidas, ni manzanas asadas?Beben siempre, aunque tengan calenturas, un poco de vino aguado?No permiten sangrarse ni purgarse?A sus mujeres e hijos los curan tan atentamente que siempre dicen que dejan obrar a la naturaleza y nunca les dan purgas ni les hacen sangrías. Pero si uno de nosotros está un poco mal dispuesto o tiene calentura, le recetan jarabes y purgas y mandan sacar cien onzas de sangre con lo que recibe el cuerpo más daño que provecho puede recibir en toda su vida de los médicos.

De los boticarios afirma: hay tantos boticarios tan necios e ignorantes que no saben gramática ni entienden los nombres de las medicinas en latín y cuando les dan las recetas por no mostrar su ignorancia dejan de echar aquella medicina simple en el compuesto.

Ya ven, casi como ahora. Los sanitarios tienen una magnífica opinión de sí mismos o, al menos, aspiran a un grado de perfección verdaderamente inalcanzable y los usuarios se muestran menos entusiasmados con ellos. Habría de todo, como en botica, pero cabe aclarar que los sanitarios españoles del Siglo de Oro, vistos desde la perspectiva de la Historia, acaso fueron los mejores del mundo aunque, evidentemente, sus conocimientos técnicos, observados también desde la actualidad, eran muy limitados.



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