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Peor que un dolor de muelas.

Peor que un dolor de muelas.

Aseguran los expertos que los
peores pacientes suelen ser médicos y farmacéuticos y más si son del género
masculino. También es norma  aceptada que
eso de ?ir al dentista? se traduzca como una especie de suplicio voluntario al
que nos sometemos cuando no queda otro remedio porque nos encontramos fatal. El
dicho que encabeza estas líneas puede tener un significado metafórico,  pero aplicado en su literalidad nos suele
dejar baldados, fuera de servicio y sin ganas para seguir adelante.

Confieso de antemano que
cumplo todos los requisitos antes reseñados: soy sanitario, no voy al médico
salvo casos excepcionales, me cruzo de acera cuando veo una consulta estomatológica,
me aplico mejunges inconfesables por no sentarme en
el potro de las torturas del dentista y me engaño a mi mismo cuanto puedo.

Esta vez, sin embargo, me
encontraba peor que el referido dolor de muelas y decidí que más valía sufrir
un par de tardes que quedarme sin algunas de mis preciadas piezas dentales. He
recordado las distintas campañas de prevención e higiene bucal propiciadas en
las farmacias, he confirmado que las recomendaciones que transmitimos los
boticarios no las aplicamos en nosotros mismos y he vuelto a comprometerme ante
el espejo para que esto no  vuelva a
repetirse.

Tras dar las últimas largas
al asunto y armado de toda la valentía posible me he presentado en la consulta
más cercana a la farmacia. No es la primera vez y me parece detectar cierta
sorna en las jóvenes enfermeras y la propia odontóloga que ya  conocen mis limitaciones en la materia.
Aunque solo sea por mantener el tipo ante ellas, intento mostrar una cierta
solidez de espíritu. No es fácil y creo que me tiemblan hasta las canillas.

Mi sorpresa llega cuando veo
que mis temores son bastante infundados. El instrumental no es tan maligno y
ruidoso como contemplo en mis peores pesadillas, la anestesia pasa casi
desapercibida, no me hacen daño al restaurar los molares, ni la limpieza a
fondo provoca ese malestar que hace tiempo nos convencía de los bajos instintos
de estos buenos profesionales. Raquel, Maite y Vicky
?así se llaman quienes me  curan- sonríen
cuando me alejo. Saben que volveré lo más tarde posible aunque asegure que me
han tratado de maravilla y me comprometa a esa visita rutinaria anual que puede
evitar males mayores y, muchas veces, irreversibles.

¡Qué razón tienen las
campañas preventivas! Hay que acudir al dentista de vez en cuando y
desmitificar temores porque en este campo las técnicas también han avanzado
mucho y, desde luego, es mucho peor un dolor de muelas.



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