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Transgénicos al plato. ¿seguros o inseguros?.

Transgénicos al plato. ¿seguros o inseguros?.

Pese a ser los alimentos más controlados de
la historia de la nutrición, la comercialización de alimentos modificados
genéticamente sigue despertando recelos en algunos sectores de la población. La
cuestión es, ¿se pueden consumir con total tranquilidad?

Todo empezó con Flavr-Savr, un tomate que tardaba
mucho más de lo normal en pudrirse y, por tanto, aguantaba más tiempo en la
nevera. El secreto de este ?milagro? radicaba en que se había suprimido uno de
sus genes, que era el responsable del tiempo de conservación, con lo que,
además, se conseguía una hortaliza de mejor sabor y color. Fue el primer
alimento transgénico cuya comercialización fue
autorizada por la FDA norteamericana y con él se abría un nuevo capítulo en el
campo de la nutrición.

Según la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, los
alimentos transgénicos, también conocidos como OGM
(organismos genéticamente modificados), son aquellos cuyo material genético
(ADN) ha sido alterado de forma artificial. Esta alteración se puede producir
de dos formas: mediante la introducción de un gen de una especie (vegetal o
animal) en otra o a través de la eliminación o modificación de los genes de un
organismo sin recurrir a otras especies extrañas.

La tecnología que se emplea
para llevar esto a cabo se denomina biotecnología moderna, tecnología genética
o también tecnología de ADN recombinante o ingeniería
genética, la cual permite que, en lugar de mezclar genes al azar, se tomen
aquel o aquellos que interesan (o no interesan), y se introduzca (o se
extraiga) en el organismo deseado.

Cosechas
protegidas, sabores reforzados

Los OMG pueden ser plantas,
microorganismos o animales. En el caso de las plantas, las principales
introducciones que se han realizado con la biotecnología van encaminadas a
obtener distintos beneficios: resistencia a las plagas (se introduce un gen en
algunos cereales, como el maíz, para evitar que le afecten estos agentes);
tolerancia a los herbicidas (algunas modificaciones hacen que plantas como la
soja y el trigo resistan mejor a la acción de estos productos); resistencia a
los virus; mejoras nutricionales; y la adaptación a las condiciones hostiles de
cultivo. El caso más conocido es el del maíz transgénico,
pero hay otros ejemplos más espectaculares de cara al futuro: patatas transgénicas que inmunizan contra el cólera y otras
diarreas bacterianas; o el llamado ?arroz dorado? (actualmente en
investigación, que incluye un extra de hierro y es capaz de producir provitamina A, con lo que se pretende evitar los problemas
de cegueras asociados a las dietas ricas en este cereal).

En cuanto a los transgénicos animales, los más polémicos, las mejores
perspectivas de futuro se centran en los genes que codifican proteínas de alto
valor añadido en las glándulas mamarias de diferentes mamíferos, con lo que
estos animales producen leches enriquecidas con distintos fármacos.

En los microorganismos o
alimentos transgénicos fermentados, se han modificado
las levaduras con genes exógenos dando lugar a vinos con un incremento de su
aroma afrutado, quesos en los que se acortan los tiempos de maduración o panes
en cuya elaboración se descarta la inclusión de aditivos que pueden ser alergénicos.

Un precedente muy natural

Aunque pueda parecer casi
ciencia ficción, lo cierto es que el transgenismo es
un fenómeno habitual en la Naturaleza, en la que el cruce de especies siempre
ha estado presente.

La alteración biotecnológica
consiste sencillamente en sustituir la forma azarosa en la que ese fenómeno se
produce naturalmente por un método científico y específico. Las razones que
motivan la producción de alimentos transgénicos son
varias. Por un lado, y en el caso de los países desarrollados, cada vez se
demandan alimentos que tengan mejores propiedades nutricionales, mejor sabor y
que cuesten menos. En este sentido, a
través de la biotecnología se puede conseguir que alimentos tan básicos como el
arroz, el trigo, la cebada, el maíz o el centeno contengan más calcio, folatos, vitaminas y minerales.
Y lo mismo ocurre con la soja, cuyo catálogo de propiedades para la
salud es cada vez mayor
. Está claro que unas materias primas más nutritivas
facilitarían también la prevención de muchas patologías relacionadas con una
alimentación deficiente (cada vez más frecuente en las sociedades
industrializadas).

Por otro lado, en los países
en vías en vías de desarrollo, el empleo de estos alimentos podría dar lugar a
incrementos de productividad y constituir una buena herramienta para paliar la
situación deficitaria de la agricultura. aunque no se
puede hablar de ellos como una panacea para acabar con el problema del hambre,
ya que es algo cuya solución no es científica sino política (reparto de
excedentes).

El porqué de la polémica

Así como la alteración
genética de los microorganismos no suele dar pie a controversias, Se sabe que
la modificación genética de las plantas se realiza de forma natural o mediante
la intervención del hombre (injertos, hibridación). Y es que los genes dan
lugar a mutaciones espontáneas. ?No hay que olvidar que, desde siempre, la
Naturaleza ha realizado ella sola modificaciones genéticas. Es más, el brécol
que comemos hoy día no es otra cosa que la modificación genética de una col.
Estas adaptaciones genéticas llevan años, pero siempre tienden a la mejoría de
la especie?. señala María Neira, presidenta de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria. Ahora bien, los transgénicos
vegetales y animales han estado desde su inicio rodeados de polémica. La razón
es que en los primeros, las alteraciones biotecnológicas se realizan en el
ámbito de un laboratorio, mientras que los procesos de elaboración de los otros
están en contacto con el ecosistema. La OMS, en su documento 20 preguntas sobre los alimentos
genéticamente modificados
, enumera cuáles son los temas de preocupación que
estos alimentos presentan respecto al medio ambiente: su capacidad para
dispersarse e introducir potencialmente los genes de la ingeniería genética en
las plantas silvestres; la persistencia del gen una vez que el alimento ha sido
cosechado, la estabilidad del gen o la pérdida de biodiversidad, entre otros.
Sin embargo, estos aspectos varían según las condiciones del lugar donde de
realice el cultivo y, en última instancia, no tiene repercusión sobre la salud
del que ingiere el alimento que finalmente llega a la mesa.

?El debate medioambiental y
agrícola son aspectos que no entran en el ámbito de la seguridad alimentaria. Nuestro objetivo es que cuando un organismo transgénico pase a formar parte de la composición de un
alimento, éste sea inocuo. De hecho, en todos los debates y controversias que
se producen en torno a la utilización o no de transgénicos,
nunca se recurre al argumento de la salud porque, de hecho, no hay ningún
estudio que haya demostrado que los alimentos transgénicos
puedan tener efectos nocivos para la misma?, explica la presidenta de la
Agencia Española de Seguridad Alimentaria.

Otro factor que puede aclarar
el recelo que producen estos alimentos es el hecho de que hasta principios de
la década de 1990, los consumidores no estaban excesivamente informados del
potencial de la investigación molecular. Tal y como explica el documento de la
OMS, en el caso de los alimentos, los consumidores empezaron a preguntarse
sobre la inocuidad al percibir que la biotecnología moderna estaba originando
nuevas especies, lo que les llevó a preguntarse cuál era el beneficio  para ellos. Este El beneficio era claro en el
caso de los medicamentos, pero las ventajas en el campo de la alimentación eran
desconocidas (no eran más baratos, no tenían mejor sabor…). A esto hay que
unir la circunstancia de que, debido a una serie de sobresaltos alimentarios
que se han producido en los últimos tiempos, especialmente en Europa, (vacas
locas, dioxinas, antibióticos en los piensos para animales…) ha aumentado la
desconfianza de los consumidores sobre la inocuidad de los OGM, aunque no hayan
tenido nada que ver con esos problemas.

Y no hay que olvidar el hecho
de que la biotecnología surge y se desarrolla en el sector privado, y las
investigaciones están concentradas en un pequeño grupo de multinacionales, con
todas las derivaciones políticas e ideológicas que de ello se derivan y que han
dado lugar a una disputa continua entre las empresas productoras y los grupos
de presión (fundamentalmente organizaciones ecologistas).

Pero, por encima de todo, el
principal obstáculo para que los alimentos transgénicos
sean aceptados por la sociedad es la falta de información (o, también, el
exceso de desinformación). Hay un desconocimiento profundo de qué es
exactamente un alimento transgénico, en qué se
diferencia de otros nutrientes ?de nueva generación? (orgánicos, enriquecidos)
y, sobre todo, del efecto que esa modificación genética pueda tener en la salud
del consumidor.

A la mesa sin temor

Lo cierto es que, polémicas
aparte, hoy por hoy existe la seguridad de que todos los alimentos transgénicos que nos encontramos en el mercado son inocuos
para la salud. ?De hecho- comenta María Neira- son los alimentos más
controlados de la historia de la alimentación. Y es que por primera vez se
somete a unos alimentos a un control científico tan riguroso, basado casi en
los mismos procesos que implica la aprobación de un medicamento. Se trata de un
procedimiento muy laborioso, tedioso y largo que lleva a que, cuando por fin se
autoriza la comercialización de este alimento, éste posea todos los avales
científicos con respecto a su inocuidad, de forma que no resulten ni más ni
menos inofensivos que cualquier otro alimento que se encuentre en el mercado?.

Curiosamente, y en cuanto a
la inocuidad, en general, los consumidores consideran que los alimentos
tradicionales son muy seguros, pero, sin embargo, éstos no están sometidos a
las mismas evaluaciones rigurosas que se aplican a los OMG relativas tanto a la
salud humana como al medio ambiente. Los transgénicos
que han obtenido el permiso de comercialización han sido evaluados en base a
tres criterios: contenido nutricional o
equivalencia sustancial
(ha de tener unas características y composición
nutricional similares a las del alimento convencional del que provienen); alergenicidad y toxicidad. Por lo tanto, hay una
diferencia significativa en el proceso de evaluación para estos dos grupos de
alimentos. ?No se puede hablar de seguridad al cien por cien respecto a ningún
tipo de alimento, pero sí que nos gusta hablar de máximos controles de
seguridad para todos los alimentos que tenemos en el mercado. En el caso de los
transgénicos, sí que es cierto que en un principio se
descubrieron posibles alergenos, algo que también ocurre en los alimentos
tradicionales, pero a diferencia de éstos, la ventaja de los OMG es que, una
vez que se detectaron pudieron ser modificados inmediatamente?, señala María
Neira.

En cuanto a los posibles
riesgos que estos alimentos pudieran tener para la salud, la presidenta de la
Agencia Española de Seguridad Alimentaria es rotunda:
?no hay ninguna posibilidad. Si hubiera riesgos posibles, esos alimentos no
estarían en el mercado. Si están disponibles para el consumo es porque han
sufrido una evaluación, que consta de un larguísimo proceso que se inicia en
los Comités Científicos de la Unión Europea y termina en la Agencia Nacional de
Seguridad Alimentaria. Por lo tanto, se analiza al
máximo la inocuidad de los mismos y no permitiríamos su aprobación para el
consumo si se percibiera aunque solo fuera un posible riesgo?.

Etiquetado:
con él llegó la calma

A diferencia de lo que ocurre
en otros países como Estados Unidos, Australia o Canadá, la preocupación de la
población sobre estos alimentos ha tenido un impacto tal en su comercialización
en la Unión Europea que propició que en 1998 se colocara la llamada moratoria
sobre aprobación de productos OMG, durante la cual no se concedieron más
autorizaciones de comercialización. La entrada en vigor en abril de 2004 de dos
nuevos reglamentos sobre el etiquetado y seguimiento de estos alimentos ha
supuesto no sólo el fin de esta moratoria sino un empujón al papel de estos
nutrientes en el panorama alimenticio. Según la nueva legislación, en el
etiquetado se debe informar de todos los productos que procedan de organismos
modificados genéticamente, aunque el producto final no contenga ADN o proteínas
modificadas. Esta obligación se extiende a los aditivos alimentarios obtenidos
a partir de microorganismos manipulados por ingeniería genética. Con esta
norma, además de establecer un registro comunitario de genéricos, se permite
saber en todo momento de quién reciben y a quién transmiten el OMG los
operadores de la cadena alimentaria, los cuales deben
conservar esta información durante 5 años. Un producto elaborado a partir de un
cultivo transgénico lo indicará en su etiqueta con la
frase ?Producto modificado
genéticamente?;
si sólo contiene un ingrediente transgénico
aparecerá como ?Modificado
genéticamente?.
Eso sí: los responsables de estas medidas aclaran que la
finalidad de estas nuevas normas no es advertir ni alertar de estos alimentos,
para evitar que se dejen de adquirir (ya que los productos son seguros), sino
que es meramente informativa, de forma que el usuario pueda decidir mejor qué
es lo que está comiendo. La normativa tampoco establece un distintivo
específico; sólo obliga a la indicación de la presencia de transgénicos
en la lista de ingredientes.

OMG en España: un camino por recorrer

María Neira
reconoce que nuestro país hay poca demanda de este tipo de alimentos. ?El
consumidor ha recibido tanto información como desinformación al respecto, y
ello ha producido un escaso interés por los alimentos genéticamente
modificados. A esto hay que unir el hecho de que la ventaja añadida que puedan
tener respecto a los alimentos tradicionales apenas se percibe. Más que de
mayores o menores beneficios sobre la salud, yo hablaría simplemente de la
posibilidad de elección?.

Pero si bien la
demanda apenas es significativa, la oferta tampoco es generosa: actualmente, en
la Unión Europea (y, por tanto, en España) sólo han obtenido el permiso de
comercialización tres transgénicos: un maíz, una soja
transgénica y una colza de la que se puede extraer
aceite para el consumo humano.

En el resto del
mundo se comercializan actualmente cerca de 70 alimentos transgénicos,
la gran mayoría de ellos en Estados Unidos, Canadá, Japón y Australia. ¿Por qué
esta diferencia tan grande respecto a la Unión Europea? Fundamentalmente a que
la opinión acerca de los transgénicos es muy
diferente a uno y otro lado del Atlántico. Según una encuesta recogida en la
prestigiosa revista Science,
aunque el europeo medio tiene una mayor formación científica y los medios de
comunicación de Europa han dado al tema una cobertura mayor y más positiva, en
Estados Unidos existe una actitud más receptiva en lo que se refiere a estos
alimentos y más abierta en lo que repecto a la
manipulación genética. Además, mientras en EEUU priman los intereses económicos
y la expectativa de  producir más
alimentos y de mejor calidad para mucha gente, en Europa se anteponen valores
éticos y morales.

Beneficios a largo plazo

Si bien hoy día
las ventajas inmediatas de los transgénicos sobre la
salud no son ?palpables?, según los expertos, en un futuro no muy lejano estos
beneficios serán muchos y muy positivos: alimentos fortificados con vitaminas y
micronutrientes especiales, por ejemplo, serán de
gran utilidad para combatir las deficiencias nutricionales que padece un
elevado porcentaje de la población mundial, e incluso se está experimentado con
la creación de alimentos que contengan productos medicinales.

¿Serán entonces
los transgénicos los alimentos del futuro? ?Es una
cuestión que está en debate. Lo que sí es cierto es que los cultivos masivos de
transgénicos son ya una realidad en muchos países, y
a esto hay que unir hechos tan significativos como que, por ejemplo, la mayor
parte de la producción mundial de soja para la alimentación de los animales es
ya transgénica?; comenta María Neira.



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