¿Veredicto? culpable.

La
historia se repite de modo infalible cada año. A alguien tengo que echarle la
culpa o que sentenciar directamente por su desconsideración. La sintomatología
clásica se repite; parece que durante el invierno he vuelto  a incumplir los más rigurosos y saludables
propósitos y que ahora, cuando se acercan piscinas y calores, periodos
vacacionales y ropas más ligeras o desenfadadas, me doy de bruces con la cruda
realidad.

Me
acuerdo de aquella camarera tan simpática que ofrecía un exquisito plato para
animarme en aquella comida con los amigos donde corría la cerveza casi
descontroladamente. Aquella chica tuvo gran parte de culpa en este entuerto.
Si  hubiera recomendado una ensaladita
de pollo o unos simples espárragos, todo habría ido mejor. Pero no, como el
tiempo acompañaba, me endiñó un cocido que, por cierto, estaba ?de toma pan y
moja?, como dice mi amigo Ernesto.

Claro
que el verdadero responsable de mi desgracia es el tal Ernesto, y no te pierdas
a Segundo y Miguel que, al salir del fútbol, siempre me animan a la panceta y
la morcilla con esa cara angelical que esconde los peores efectos de un
colesterol elevado o la hipertensión incipiente. Ya está resuelto el problema:
ellos son los auténticos responsables.

O
quizá sea esa costumbre que tenemos en el trabajo de celebrarlo todo con un
vermú y unos pinchos de tortilla. ¡Hombre! No es que lo hagamos todos los días,
como mucho un par de veces a la semana 
¡Pero sienta tan bien! Está claro, los culpables son los de siempre. Los
jefes, con esos aires modernos, que nos obligan a confraternizar, a ?tomar
algo? y a perder el rigor de la dietas en aras de un buen ambiente laboral que,
para ellos, sólo se traduce en una mejora de la productividad, sin tener en
cuenta el riesgo de los triglicéridos.

Esos excesos forzados por
las circunstancias me han llevado a esta situación tan desagradable. Me esperan
cenas a base de yogur y cafés con sacarina. Y todo, para que nadie pueda
decirme algo inoportuno sobre mi tripita o que ya es hora de que me ponga a
hacer deporte.

Pero
puede que esté exagerando. Lo mejor es que me pese en la farmacia de esas dos
hermanas tan simpáticas que siempre me dan buenos consejos.

Al
entrar, saludo muy serio y me acerco, remiso, a un instrumento que parece
ofrecerme las mejores garantías. Apenas respiro cuando me instalo para conocer
el peso, como si también contara el oxígeno de mis pulmones.

– No hay derecho. La única
culpable de todo es esta máquina infernal, esta báscula. Sólo cabe ese
veredicto. O quizás esté desajustada y pese de más….

Ahora
que lo pienso; creo que me he ido sin despedirme siquiera. Supongo que las
farmacéuticas  entenderán mi indignación
con ese artilugio de tan dudosa credibilidad y nula educación.

                                                                



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