Maite Garaigordobil: "La solución para atajar el ciberbullying pasa por reducir la violencia en TV, Internet y video-juegos"

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El I Congreso Internacional de Psicología Clínica y de la Salud con Niños y Adolescentes ha acogido estos días un debate sobre bullying y ciberbullying entre niños y adolescentes. Maite Garaigordobil, catedrática de Psicología de la Universidad del País Vasco ha sido la ponente encargada de dar respuesta a las preguntas planteadas por el público y de generar la interacción entorno a este tema del que es experta.

Cuando se habla de bullying se hace referencia a la existencia de una víctima indefensa, acosada por uno o varios compañeros, que  realizan diversos tipos de conductas agresivas hacia la víctima, con intencionalidad de hacer daño, con crueldad de hacer sufrir, habiendo una desigualdad de poder entre la víctima y los agresores (física, verbal o psicológica).  Garaigordobil  asegura que “estas conductas agresivas que sufre  la víctima se mantienen en el tiempo (no es una agresión puntual)”  y que  por lo tanto, la agresión no solo produce dolor en el momento de la agresión, sino de forma sostenida por las expectativas de futuros ataques.

Recientemente están surgiendo otras formas de maltrato, el cyberbullying, que es una nueva forma de bullying realizada mediante las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, mediante dispositivos electrónicos como el móvil e internet. Se calcula que el porcentaje de estudiantes que han sufrido  alguna conducta de cyberbullying  supera  (en algunos estudios) el  60%.

En relación a la prevalencia del bullying, los estudios en general ponen de relieve que el porcentaje medio de victimización grave oscila entre el 2% y el 10%, sin embargo, el porcentaje de estudiantes que sufren conductas violentas  supera  en algunos estudios el  80%. Las variaciones en los porcentajes de víctimas y agresores de los estudios puede explicarse por las diferentes edades de las muestras utilizadas (10-25 años), el período de tiempo sobre el que se solicita información (algunos estudios preguntan sobre las conductas sufridas o realizadas en el último año, otros en el último mes o en la última semana), por los diferentes  instrumentos de evaluación empleados (autoinformes, sociométricos, informes del profesorado), o por las distintas conductas estudiadas  especialmente en cyberbullying. Garaigordobil ha afirmado que “todo esto solo nos permite aportar una horquilla de porcentajes de victimización grave y ocasional. No obstante, los resultados de los estudios de prevalencia ponen de relieve que el problema es digno de consideración y la necesidad de identificación-evaluación, prevención e intervención”.

La catedrática de Psicología ha resaltado la gravedad del problema: “las consecuencias son muy graves, sobre todo para las víctimas, pero también para los agresores y los observadores”. En relación a las víctimas, se ha demostrado que sufrir bullying genera rechazo  escolar  y bajo rendimiento académico; las víctimas se sienten inseguras, solas, infelices; se encierran en sí mismas, se aíslan socialmente de los demás; disminuye su autoestima; se sienten culpables; tienen muchas somatizaciones, síntomas de ansiedad, depresión, ideación suicida y en algunos casos el suicidio. Además, estos síntomas en muchos casos persisten a lo largo de la vida adulta.

También se ha demostrado que hacer bullying, ser un acosador, se asocia con bajo rendimiento académico, dificultades en el cumplimento de las normas, consumo de alcohol y drogas, conducta antisocial (algunos de ellos en su vida adulta serán los maltratadores  de sus mujeres e hijos),  ausencia de empatía y ausencia de sentimientos de culpa, bajo nivel de responsabilidad, crueldad e insensibilidad con el dolor ajeno, etc.
Ser testigo pasivo de bullying también puede generar consecuencias negativas como desarrollar una personalidad insensible ante el dolor ajeno, sin empatía, insolidaria, con sentimientos de miedo y conductas de sumisión ante los violentos, entre otras.

Las soluciones
Los estudios han evidenciado que son muchos los factores que pueden influir en que niños y adolescentes tengan conductas violentas.

Factores culturales: hay culturas que reprueban la agresión mientras que otras la recompensan.

Factores familiares: la investigación ha evidenciado que los niños-as y adolescentes agresivos viven en familias desestructuradas (con problemas de drogas-alcohol, con conflictos de pareja, con problemas de delincuencia, que no aportan cuidado y afecto, donde hay abandono, maltrato y abuso hacia el niño-a, con modelos muy autoritarios, agresivos-punitivos) o muy permisivas (con disciplina inconsistente, donde no hay normas estables y por lo tanto no hay diferenciación entre conductas adecuadas e inadecuadas). Los niños y adolescentes que tienen un vínculo de apego seguro y buenas relaciones en la familia no suelen ser violentos.

Factores escolares: algunos factores escolares aumentan la probabilidad de que la conducta violenta aparezca (centros en los que no se trasmiten valores socio-morales positivos, no sancionan las conductas violentas, transmiten estereotipos sexistas/racistas en las prácticas educativas…). Y también factores o características de personalidad individual, por ejemplo, falta de empatía, impulsividad, baja tolerancia a la frustración… que pueden promover un nivel alto de conducta violenta, antisocial.

Dado que la violencia aparece debido a múltiples factores  (sociales, familiares, escolares y personales), para prevenir e intervenir en la violencia entre iguales haría falta hacerlo desde la sociedad, la escuela, la familia y también a nivel individual. La sociedad debería controlar e inhibir el nivel de violencia que se expresa  en la TV, Internet, los video-juegos que refuerzan las conductas agresivas y antisociales, racistas, sexistas… ya que sabemos que ver violencia aumenta la probabilidad de comportarse violentamente.

Garaigordobil  ha explicado que “La educación familiar desempeña un papel primordial, ya que los padres que son modelos de conducta prosocial, de empatía, y que refuerzan estas conductas en sus hijos-as, que dan afecto a los hijos con razonables dosis de disciplina, tienen con mayor probabilidad hijos-as menos violentos”.

Las intervenciones en ámbitos educativos también se han demostrado eficaces. En general los programas que fomentan el desarrollo socio-emocional que contienen actividades para estimular la comunicación, los hábitos de escucha activa, la tolerancia, la empatía, el respeto por los derechos humanos, el aprendizaje de técnicas para la resolución de conflictos pacíficas, la capacidad para gestionar emociones negativas…. inhiben las conductas violentas. Y cuando la violencia ya se ha producido, también es importante la intervención individual terapéutica, con el agresor y con la víctima.

 

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