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Es verano y miles de personas en España disfrutan de sus vacaciones. Muchas de ellas esperan con ganas el poder relajarse en la playa o la piscina y, por supuesto, tomar el sol para presumir de bronceado. Un hábito saludable si se hace con precaución, ya que mejora el estado anímico y ayuda a la producción de vitamina D, aunque perjudicial para el organismo y, en concreto, para la piel por desconocimiento o falta de prevención.

La profesora de Dermatología de la Universidad CEU San Pablo y Jefe de Servicio Dermatología de HM Universitario Montepríncipe – HM Universitario Puerta del Sur, Raquel Novo, explica que “la protección solar debería ser un hábito para todos”, ya que advierte que “las malas prácticas a la hora de tomar el sol son el principal factor de riesgo en la aparición y desarrollo de algunos tipos de cáncer de piel, así como las responsables del fotoenvejecimiento de la misma”.

Según la doctora Novo, “en los últimos años sí estamos viendo cómo el uso de protectores en la playa o en la piscina es ya habitual, aunque aún es necesario insistir en las pautas para una exposición solar saludable”.  Para que este procedimiento sea eficiente, es necesario “aplicar el fotoprotector media hora antes de comenzar la exposición, reaplicar a lo largo de la misma y evitar la exposición entre las 12:00 y las 16:00h”. En este proceso, explica la doctora, “resulta muy útil la regla de la sombra: si la longitud de la sombra que proyectamos es más larga que nuestra altura, es un buen momento para exponernos al sol; si es más corta, es mejor ir a una zona de sombra”.

Aunque el uso de un fotoprotector debe de formar parte del proceso de prevención para todas las personas, éste tiene que tener un factor de protección adecuado al fototipo del usuario. “Si se trata de una persona con la piel muy clara, que no se broncea y se quema con facilidad, necesitará un índice de protección bastante mayor que otra más morena que se broncea con facilidad y casi nunca se quema”, subraya la dermatóloga. Además, incide la doctora Novo, “hay que aplicarlo bien, insistiendo en zonas que suelen quedar desprotegidas como las orejas, el dorso de los pies, los párpados, la raíz nasal o la frente en la zona próxima al nacimiento del pelo”.

La dermatóloga hace hincapié en los niños pues “la piel es más delicada y, debido a que pasan mucho tiempo en el agua o jugando en zonas de poca sombra, están mucho más expuestos a quemaduras que aumentan su riesgo de padecer melanoma en la edad adulta”.  Novo también advierte de las consecuencias en las mujeres embarazadas y aconseja usar mucha protección solar para prevenir la aparición de melasma o “paño del embarazo”, unas manchas de tonalidad marrón oscura que aparecen en la frente, el labio y las mejillas. Por su parte, las personas de avanzada edad deben tener en cuenta el uso de múltiples medicaciones para la tensión, ya que en algunos casos pueden provocar reacciones adversas en la piel.

Igualmente, explica la doctora, “solemos olvidarnos de que el sol sale todos los días y no sólo cuando vamos a la playa o la piscina”. A lo largo del año, en nuestra actividad diaria, ya estamos recibiendo una cierta dosis de radiación que, a largo plazo, favorece el fotoenvejecimiento y el desarrollo del cáncer de piel. “Hay que tener en cuenta que, aunque haya nubes, la radiación ultravioleta llega a la superficie terrestre y, por tanto, a la piel, y es muy frecuente encontrarnos con quemaduras por ir a la playa sin protección un día que aparentemente no era soleado”, subraya Novo.

Las consecuencias de una mala protección influyen directamente en la memoria de la piel. El efecto de la radiación es acumulativo y, por lo tanto, cuanto mayor es la radiación recibida a lo largo de la vida, mayor es el daño que se produce en la piel, así como el riesgo de desarrollar lesiones malignas en la edad adulta. Para la dermatóloga, el problema radica en que “cuando somos jóvenes y nuestra exposición es mayor, la piel se recupera y no vemos los efectos negativos. Sin embargo, las consecuencias en nuestro cuerpo aparecerán años más tarde”. Además de la protección solar y la prevención de problemas en la piel, es recomendable visitar al dermatólogo por lo menos una vez al año. Será el especialista el que, en función del tipo de piel y las lesiones que observe, decida hacer un seguimiento más próximo o no.

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