Los tratamientos para la epilepsia

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Los intentos realizados para tratar las crisis epilépticas y la epilepsia se remontan a la más remota antigüedad. Desde siempre el modo y la manera de realizar las terapias, en cualquier época histórica, dependía de la idea que se tenía sobre el origen de la enfermedad.

En la etapa pretécnica, la epilepsia era considerada como un fenómeno sobrenatural: el enfermo había perdido el favor de los dioses y era castigado por ellos, siendo esta enfermedad una de las consideradas emblemáticamente como “enfermedad divina”. Dado que era un mal enviado por los dioses, los “remedios” que se practicaban estaban encaminados a recuperar el favor divino mediante ofrendas a los dioses, expiaciones o ejercicios religiosos bajo la dirección de médicos-sacerdotes, rituales que se realizaban a ser posible dentro del recinto de los templos.

En el período de la medicina técnica o Hipocrática, cuyos representantes estaban convencidos del origen natural de la epilepsia, se intentó explicar la enfermedad de forma racional, según las creencias de entonces, y dar así al tratamiento una base natural. Según la teoría hipocrática de los humores, un ataque epiléptico se desencadena bien porque el humor más frío fluye del cerebro a determinadas arterias, o bien porque la bilis caliente acude al cerebro. En ambos casos se produce por lo tanto un calentamiento del cerebro, lo que a su vez provoca que ?el enfermo pierda el habla y se ahogue comenzando el ataque.

La base de la terapia Hipocrática, siguiendo los preceptos terapéuticos establecidos por esta escuela médica, era la dietética, pero con un significado diferente del que entendemos hoy día, vista como un régimen de vida. Esta terapia dietética se fundamentaba principalmente en tres puntos: dietética, regulación de las excreciones y gimnasia terapéutica. Además de la dietética, aunque en menor medida, se utilizaban también remedios farmacológicos, principalmente de origen vegetal.

Durante la Edad Media cristiana se olvidaron los conocimientos que se tenían sobre el origen natural de la epilepsia y se volvió a creer que la enfermedad era algo sobrenatural. Se creía entonces que su aparición se debía a la influencia de los espíritus malignos y de los demonios, denominándose la enfermedad como enfermedad del demonio. Así pues, y de acuerdo al pensamiento de la época, cambió también el tratamiento, que consistía principalmente en rezos, ayunos, ofrendas, peregrinaciones y exorcismos.

Fueron muchos los santos a quienes se suplicaba su intercesión ante Dios; y en la lucha contra la epilepsia se empleaban numerosos objetos bendecidos. Después de la peste, la epilepsia fue en la Edad Media la enfermedad en la que intercedían el mayor número de santos para su curación, aunque el más importante fue San Valentín.

Además de los tratamientos arraigados en la creencia cristiana, se desarrollaron innumerables prácticas curatorias basadas en la superstición y en la magia, procedimientos que se utilizaron hasta bien entrada la Edad Moderna, como conjuros, sortilegios, fetichismo o utilización de amuletos. Junto con ellos se emplearon también recursos terapéuticos basados en las plantas medicinales como: la valeriana, peonía, (rosa de Pentecostés), artemisa, estramonio, beleño, muérdago, belladona, digital, naranja amarga o la corteza de quina.

En las postrimerías de la Edad Media, tiempo del Renacimiento, se empleaban cada vez más, junto a los componentes de las plantas medicinales, sustancias químicas definidas como “remedios contra las convulsiones”. Las más significativas eran: el cobre (utilizado ya en la Antigüedad), el óxido de zinc, el nitrato de plata, el mercurio, el bismuto o el estaño.

También fue muy utilizado el castóreo, sustancia resinosa de olor fuerte y desagradable, segregada por dos glándulas abdominales que tiene el castor en el ano, y que se empleaba como remedio contra la “enfermedad divina”.

Hasta bien entrado el siglo XIX estaba muy extendido el uso de esta sustancia como “tranquilizante y remedio contra la epilepsia” y no faltaba en ninguna farmacia.

De igual manera el Cráneo humano en algunas épocas fue utilizado como un remedio muy poderoso contra la epilepsia. Una antigua receta prescribía el siguiente remedio basado en él mismo: “ráspese el cráneo de una calavera y adminístrese el polvillo obtenido durante algunos meses de forma continuada. Si el paciente es un hombre, el cráneo a utilizar será el de una mujer y viceversa.”

La artemisa fue otra planta considerada como un poderoso remedio antiepiléptico, hasta bien entrado el siglo XIX, incluso en la medicina académica.

También el ajenjo, al que pertenecen componentes constitutivos amargos de las flores de artemisa, se utilizaba como un remedio antiespasmódico.

Fue a partir de la segunda mitad del siglo XIX, a medida que los conocimientos sobre la epilepsia aumentaban, cuando se encontraron por fin medicamentos eficaces en el tratamiento de la epilepsia. Los primeros que se descubrieron fueron el bromuro (1857) y el fenobarbital
(1912), substancias que se siguen utilizando en la actualidad.

Hoy existen a disposición de la medicina unas 20 sustancias químicas, que pueden ser utilizadas en el tratamiento de las crisis epilépticas con grandes probabilidades de éxito, ya sea por separado o a través de una terapia combinada.

Con los tratamientos farmacológicos modernos se pueden controlar totalmente las crisis epilépticas en aproximadamente el 60% de los enfermos, mientras que en un 20% se pueden mejorar. Sólo en un 20% de los pacientes con epilepsia no se observa ninguna mejoría.

También los procedimientos quirúrgicos pueden suponer una gran ayuda para una parte de los pacientes con epilepsias incontrolables o refractarias.

Francisco González Lara