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El impacto psicológico de una tragedia ferroviaria

Hablamos con Mariola Fernández, profesora de Psicología en la Universidad Europea, quien detalla las reacciones emocionales de los afectados y qué intervenciones son necesarias para minimizar su impacto.

por Redacción Consejos

España vuelve a quedar conmocionada por una tragedia ferroviaria de enormes dimensiones. El choque entre dos trenes -un Alvia con destino Huelva y un Iryo procedente de Málaga- ha provocado la muerte de 45 personas, convirtiéndose en uno de los accidentes más graves de las últimas décadas. En el Alvia viajaban jóvenes opositores y familias que regresaban a casa tras pasar el fin de semana en Madrid; en el Iryo, numerosos profesionales volvían a la capital para reincorporarse a sus trabajos. El descarrilamiento de los vagones de cola del segundo tren desencadenó un impacto devastador, con consecuencias no solo físicas, sino también psicológicas que se extienden mucho más allá del lugar del siniestro.

Las tragedias colectivas afectan de manera profunda a supervivientes, familiares de las víctimas y a la sociedad en su conjunto. Para comprender mejor este impacto emocional, hablamos con Mariola Fernández, profesora de Psicología en la Universidad Europea, quien explica cuáles son las reacciones más habituales y cómo debe abordarse la atención psicológica en estas situaciones.

Reacciones psicológicas inmediatas: respuestas normales ante lo extremo

En las primeras horas y días tras un suceso de esta magnitud, las reacciones emocionales suelen ser intensas. Tal y como señala la experta, “en las primeras horas y días tras una tragedia como la de Adamuz, es muy habitual que aparezcan reacciones intensas que, aunque alarman, son normales ante un suceso extremo.”

Entre los supervivientes, el shock psicológico es una de las respuestas más frecuentes. Se manifiesta como una sensación de irrealidad, confusión y dificultad para comprender lo sucedido. A esto se suman el miedo intenso, los recuerdos intrusivos del accidente, las alteraciones del sueño y la conocida culpa del superviviente. Según Fernández, muchas personas se preguntan por qué uno ha salido con vida cuando otros no”, una vivencia emocional compleja que puede resultar muy perturbadora.

En el caso de los familiares de las víctimas, el impacto emocional adopta otras formas. “Suele darse una mezcla de incredulidad, dolor muy agudo, ansiedad extrema durante la espera de información y, en muchos casos, rabia”, explica la psicóloga. Es importante subrayar que, en esta fase inicial, no hablamos de enfermedad mental, sino de reacciones normales ante una situación anormal”.

La importancia de la intervención temprana

Frente a este tipo de tragedias, la atención psicológica inmediata es clave, pero no debe confundirse con una terapia intensiva precoz. Fernández lo aclara con rotundidad: “La intervención clave en los primeros momentos no es una terapia intensiva, sino los llamados primeros auxilios psicológicos.”

Este tipo de intervención se centra en proteger, contener y acompañar a las personas afectadas, sin forzarlas a revivir el trauma. Implica ofrecer escucha y presencia, proporcionar información clara y honesta –“algo fundamental para reducir la angustia”-, validar el dolor sin minimizarlo y ayudar a cubrir necesidades básicas como el descanso, la hidratación o el contacto con seres queridos.

Además, resulta esencial el acompañamiento en momentos especialmente delicados, como la confirmación de fallecimientos o los procesos de identificación. “Una buena intervención temprana no borra el dolor, pero sí reduce el riesgo de que el trauma se cronifique”, subraya la especialista.

Señales de alerta a medio y largo plazo

Con el paso de las semanas, muchas personas logran recuperar cierto equilibrio emocional, aunque el sufrimiento continúe. Sin embargo, existen señales que indican que la evolución no está siendo adecuada. Entre ellas destacan los recuerdos intrusivos persistentes, las pesadillas frecuentes, la evitación extrema -como no poder acercarse a trenes o incluso hablar del accidente-, el aislamiento social prolongado y el insomnio que no remite.

También deben vigilarse “la irritabilidad intensa, el consumo abusivo de alcohol u otras sustancias, y una sensación de culpa o desesperanza que no disminuye con el tiempo”. En los familiares de las víctimas, el riesgo de un duelo complicado es especialmente relevante cuando, pasados los meses, la persona se queda emocionalmente bloqueada e incapaz de retomar su vida.

Como concluye Mariola Fernández, detectar estas señales a tiempo y derivar a profesionales especializados en trauma “puede marcar una gran diferencia en la recuperación”. En tragedias como esta, cuidar la salud mental es una parte esencial del proceso de reconstrucción individual y colectiva.

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