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Home artículo Sobrepeso y obesidad: los fármacos del siglo XXI

Sobrepeso y obesidad: los fármacos del siglo XXI

por Paula Rivero

Ozempic, Saxenda, Wegovy, Monjauro… los nuevos fármacos para adelgazar ni son una solución mágica ni deben ser descartados. Son herramientas valiosas que, bien utilizadas y con un seguimiento adecuado, pueden cambiar la vida de muchas personas. Son una ventana de oportunidad para cortar el círculo vicioso del que el paciente con obesidad no puede salir”. 

La doctora Laura Bartolomé Hernández @dra.laurabartolome es médico especialista en Endocrinología y Nutrición y autora del libro “pierde grasa, gana vida”. (Rocaeditorial).

En una sociedad dividida entre quienes apoyan los nuevos fármacos para adelgazar (Ozempic, Saxenda, Monjauro, Wegovy) y quienes los demonizan, la doctora Laura Bartolomé Hernández, médico especialista en Endocrinología y Nutrición y autora del libro “pierde grasa, gana vida”, arroja su luz para iluminarnos el camino y nos explica que la polémica en torno a estos fármacos se debe, en gran parte, a cómo hemos entendido la obesidad hasta ahora. Según la doctora Bartolomé, el problema estriba en que la obesidad sigue viéndose como una cuestión de hábitos y no como lo que es: una enfermedad crónica con un fuerte componente genético y metabólico. “Por un lado, quienes los defendemos divulgamos que, por primera vez, tenemos un tratamiento eficaz y sostenido para la obesidad, una enfermedad compleja que va mucho más allá de la fuerza de voluntad. Estos fármacos no solo ayudan a perder peso, sino que también mejoran la salud metabólica y reducen el riesgo de enfermedades asociadas. Por otro lado, quienes los demonizan suelen verlo como una ‘solución fácil’ y creen que la única forma de perder peso es ‘comer menos y moverse más’. A ello se suma la desconfianza por los posibles efectos adversos o la idea de depender de un medicamento a largo plazo”, explica la experta. “Por eso estos fármacos han generado tanto debate. Pero lo cierto es que ni son una solución mágica ni deben ser descartados. Son herramientas valiosas que, bien utilizadas y con un seguimiento adecuado, pueden cambiar la vida de muchas personas”, añade. De su mano, indagamos en estas moléculas que han revolucionado el vademécum actual de medicamentos para la obesidad, sus usos médicos, sus beneficios claramente demostrados, y también en sus efectos secundarios, normalmente asociados a un exceso de dosis. 

Breve historia de tres moléculas punteras 

Liraglutida, semaglutida… Estas moléculas se han utilizado para tratar la diabetes y la obesidad desde hace tiempo, sin embargo, ¿a qué se debe el boom mediático que están teniendo ahora, un revuelo, por otra parte, impulsado también por las redes sociales? Según la doctora Bartolomé, su éxito se debe a que “por primera vez disponemos de tratamientos que ofrecen resultados consistentes en la pérdida de peso y ofrecen lo que muchos veían como una solución casi milagrosa para perder peso. Sin embargo, es fundamental recordar que la obesidad es una enfermedad compleja y multifactorial, entendida como una consecuencia del desequilibrio entre la ingesta y el gasto calórico con el consiguiente exceso de masa grasa corporal, y que no tiene una única causa, sino que está influenciada por multitud de factores (ambientales, genéticos, iatrogénicos, hormonales, etc.). En la última década, la comprensión de los mecanismos hormonales que regulan el apetito y el metabolismo ha dado lugar a una nueva generación de fármacos: los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (arGLP-1), como la liraglutida y la semaglutida, inicialmente desarrollados para el tratamiento de la diabetes tipo 2. 

Estos tratamientos actúan ralentizando el vaciamiento gástrico y reduciendo el apetito, lo que puede generar molestias digestivas, sobre todo en las primeras semanas o si la dosis se incrementa demasiado rápido. Son herramientas muy útiles, -un “bastón”- que ayuda a conseguir resultados de forma más eficaz, segura y sostenible; pero es fundamental combinarlo con cambios en el estilo de vida. Por otro lado, su acción sobre la glucosa es azúcar-dependiente, es decir sólo se optimiza la secreción de insulina si el azúcar está elevado”. Estas son su historia y sus indicaciones:  

  1. Liraglutida: Es un análogo del GLP-1 y se lanzó inicialmente como la marca Victoza para tratar la diabetes entre 2009 y 2010. Reconociendo sus beneficios en la reducción de peso, se adaptó como Saxenda para el sobrepeso y la obesidad en 2014. Actúa como un regulador del apetito y de la ingesta de alimentos.
  2. Semaglutida: La semaglutida es un análogo del GLP-1, igual que liraglutida (su primo hermano), pero con mayor vida media, eficacia y seguridad, por lo que ha desplazado al uso de la primera. Se comercializa bajo tres nombres distintos según su uso y vía de administración: Ozempic llegó en 2018 para el tratamiento de la diabetes tipo 2 en inyección semanal; Wegovy, también inyectable, pero en dosis más altas y específicamente indicado para la obesidad sin diabetes asociada; y Rybelsus, la versión oral, aprobada únicamente para la diabetes tipo 2 (probablemente salga con otro nombre comercial, para obesidad, con dosis más altas). Los ensayos clínicos han demostrado que Wegovy permite pérdidas de peso de hasta un 15% del peso corporal en promedio, algo que hasta ahora solo se lograba con cirugía bariátrica. Además, el estudio SELECT ha confirmado su impacto en la reducción del riesgo cardiovascular en pacientes con obesidad. Aunque puede producir efectos secundarios digestivos como náuseas o diarrea, estos suelen ser pasajeros y depender mucho de cómo se haga el ajuste de dosis. En general la vía oral se tolera peor que la subcutánea y no permite un ajuste tan fino de dosis como los bolis.
  3. Tirzepatida: Desde el 1 de julio de 2024 contamos con un nuevo fármaco, la tirzepatida, comercializada como Mounjaro, que supone un paso más en el tratamiento de la obesidad y la diabetes tipo 2. A diferencia de la semaglutida y la liraglutida, que son análogos del GLP-1, la tirzepatida es un doble agonista que actúa sobre GLP-1 y GIP (polipéptido insulinotrópico dependiente de glucosa), lo que le confiere un mecanismo de acción más potente. La principal diferencia con los anteriores es su capacidad para conseguir pérdidas de peso aún mayores. Los estudios han mostrado reducciones de hasta 20-22% del peso corporal, superando incluso a la semaglutida 2.4 mg (Wegovy). Además, su acción sobre el GIP podría mejorar la tolerabilidad y potenciar el metabolismo en los adipocitos (facilita la captación de glucosa y ácidos grasos postpradial y su utilización en ayunas). En definitiva, la tirzepatida representa un nuevo nivel en el abordaje de la obesidad, ofreciendo una eficacia que hasta ahora solo se veía con cirugía bariátrica. A diferencia de liraglutida y semaglutida, que pueden usarse en adolescentes de 12 años o mayores, únicamente en pacientes adultos.

Diversos estudios científicos han demostrado efectos colaterales de estos medicamentos en la reducción del riesgo cardiovascular y de grasa en el hígado, así como efectos protectores sobre el riñón y frente al cáncer.

¿Coger o no coger el atajo?

Responde la doctora Laura Bartolomé

Doctora, ¿es nuestra sociedad obesogénica?

Sí, es claramente obesogénica. Vivimos en un entorno que favorece la ganancia de peso y dificulta su control. La abundancia de alimentos ultraprocesados, el sedentarismo ligado a la digitalización, la falta de sueño y el estrés crónico alteran el metabolismo y fomentan la acumulación de grasa. Además, factores medioambientales, como los disruptores endocrinos, y ciertos medicamentos también pueden influir en el desarrollo de la obesidad. A esto se suma un problema social: mientras se normalizan hábitos poco saludables, se sigue culpabilizando a quienes tienen obesidad, tratándola como una cuestión de fuerza de voluntad en lugar de como la enfermedad crónica y compleja que es. Este estigma dificulta el acceso al tratamiento y agrava el problema. No podemos esperar que el cambio dependa solo del individuo. Es necesario un enfoque global que incluya políticas de salud pública, educación nutricional desde la infancia y medidas que faciliten un entorno más saludable para todos.

Entonces… ¿“menos plato y más zapato”? 

No, no, no soy amiga de frases como estas. Necesitamos cambiar el discurso sobre la obesidad, alejarnos de estos mensajes simplistas y reduccionistas de la realidad y apostar por una visión más científica, empática y basada en la evidencia. Si bien es cierto que la alimentación y la actividad física son factores clave en la regulación del peso, la obesidad es una enfermedad metabólica compleja que va mucho más allá de una cuestión de comer menos y moverse más. Este tipo de frases transmiten la idea errónea de que el exceso de peso es solo una cuestión de falta de disciplina o voluntad, cuando en realidad intervienen múltiples factores: genéticos, hormonales, psicológicos, medioambientales y sociales. Además, generan estigma, culpabilizando a quienes tienen obesidad y dificultando que busquen ayuda médica adecuada. Hoy sabemos que no todas las personas responden igual a la restricción calórica o al ejercicio. Algunas presentan alteraciones en la regulación del apetito, metabolismo más eficiente en la conservación de energía o una composición corporal que hace más difícil la pérdida de peso con métodos tradicionales. Por eso, el tratamiento debe ser personalizado, incluyendo herramientas que van desde el abordaje nutricional y el ejercicio, hasta fármacos y, en algunos casos, cirugía.

“No soy partidaria de utilizar estos medicamentos en personas que solo quieren perder unos pocos kilos sin un motivo médico claro. Estos fármacos están indicados para tratar la obesidad y el sobrepeso con comorbilidades, no como un recurso fácil para quien busca bajar de peso por estética”.

SUS EFECTOS

En cuanto a la composición corporal, estos fármacos favorecen una pérdida de peso más equilibrada, con una reducción significativa de la masa grasa, especialmente de la grasa visceral, que es la más peligrosa a nivel metabólico. Aunque siempre hay algo de pérdida de masa muscular asociada, los estudios muestran que es proporcionalmente menor en comparación con la que se pierde en dietas muy restrictivas.

Son especialmente útiles para generar un cambio en los hábitos, porque al reducir el hambre y el impulso de comer por ansiedad, permiten a los pacientes mejorar su alimentación sin la sensación constante de restricción o lucha contra el apetito. Esto facilita el aprendizaje de nuevas rutinas y la adopción de un estilo de vida más saludable, donde la dieta y el ejercicio dejan de ser una batalla diaria y pasan a formar parte del día a día de manera más natural. Por eso estos fármacos no son solo un «atajo» para perder peso, sino herramientas que ayudan a reequilibrar el sistema de regulación del apetito y el metabolismo, haciendo que el proceso sea más llevadero y sostenible en el tiempo.

¿Es partidaria de su uso en pacientes que sólo quieren quitarse unos kilitos de más? ¿Es conveniente tomarlos con algún tipo de dieta?

No, no soy partidaria de utilizarlos en personas que solo quieren perder unos pocos kilos sin un motivo médico claro. Estos fármacos están indicados para tratar la obesidad y el sobrepeso con comorbilidades, no como un recurso fácil para quien busca bajar de peso por estética. Son medicamentos con un impacto metabólico importante y deben usarse con criterio médico. En cuanto a la dieta, sí es fundamental acompañarlos de un plan nutricional adecuado. No se trata de “hacer dieta” en el sentido tradicional, sino de adoptar una alimentación equilibrada y sostenible. Estos fármacos ayudan a reducir el hambre y facilitan que el paciente se adhiera a un patrón de alimentación más saludable, pero si no se aprovecha esa ventaja para mejorar la calidad de la dieta y establecer buenos hábitos, el resultado no será el mismo. 

Cuando una persona va a su consulta con intención de que le prescriba estos medicamentos, cuál es el protocolo que se pone en marcha.

Cuando un paciente acude a consulta interesado en estos tratamientos, lo primero es valorar si realmente es un buen candidato. No se trata de prescribir por prescribir, sino de integrarlo en un abordaje completo y personalizado. Lo primero es conocer su historia: qué ha intentado antes, si hay enfermedades asociadas y cómo es su día a día en términos de alimentación, actividad física, descanso y estrés. También es clave analizar la composición corporal, porque no es solo una cuestión de kilos, sino de cómo está distribuida la grasa. Después, con una analítica, descartamos posibles causas metabólicas u hormonales que puedan estar influyendo en su peso. Si el tratamiento es adecuado para su caso, se elige la mejor opción y se le explica bien cómo funciona, qué esperar y por qué sigue siendo fundamental trabajar en los hábitos. A partir de ahí, el seguimiento es clave. No se trata de “tomar una pastilla y ya”, sino de aprovechar esta herramienta para hacer cambios sostenibles en el tiempo y mejorar la salud en su conjunto.

Y por qué es tan importante el ejercicio.

El ejercicio es fundamental porque, cuando se pierde peso, siempre existe el riesgo de perder algo de masa muscular, independientemente de que el tratamiento se base en dieta, fármacos o incluso cirugía. No es un efecto exclusivo de estos medicamentos, sino una consecuencia natural del déficit calórico. La diferencia está en cómo gestionamos esa pérdida. Si una persona baja de peso sin hacer ejercicio, especialmente sin entrenar fuerza, es más probable que parte de esa reducción afecte y empobrezca el músculo, lo que a largo plazo puede ralentizar el metabolismo y dificultar el mantenimiento del peso perdido. Por eso, es clave combinar estos tratamientos con un plan de alimentación adecuado (rico en proteínas y ajustado a las necesidades de cada persona) y con actividad física, priorizando el entrenamiento de fuerza. El objetivo no es solo perder peso, sino mejorar la composición corporal, es decir, reducir la grasa preservando la masa muscular y la funcionalidad. Así, el resultado no solo será más saludable, sino también más sostenible en el tiempo.

Cómo actúan 

Estos fármacos actúan ralentizando el vaciamiento gástrico y reduciendo el apetito, lo que puede generar molestias digestivas, sobre todo en las primeras semanas o si la dosis se incrementa demasiado rápido. Así, los efectos secundarios como náuseas, vómitos o estreñimiento dependen en gran medida de la dosis y de la adaptación progresiva del organismo al tratamiento. Por eso, el protocolo habitual es iniciar con la dosis más baja y aumentarla de forma escalonada, permitiendo que el cuerpo se adapte. En la mayoría de los pacientes, estos efectos tienden a disminuir con el tiempo. Sin embargo, algunas personas son más sensibles y requieren ajustes más lentos o incluso cambios en el tratamiento. Para minimizar las molestias, se recomienda comer despacio, fraccionar las comidas, evitar alimentos pesados o grasos y mantenerse bien hidratado. También hay estrategias médicas que pueden ayudar, como el uso de procinéticos o suplementos específicos en casos de estreñimiento severo. En definitiva, es un tema manejable si se ajusta bien la pauta y se dan las recomendaciones adecuadas.

Durante cuánto tiempo debe un paciente estar en tratamiento y ¿qué pasará cuando lo deje? ¿Puede haber un efecto rebote y que vuelva a engordar?

La obesidad es una enfermedad crónica, por lo que su manejo debe ser a largo plazo y adaptado a cada persona, por lo que el tratamiento no tiene una duración fija para todos los pacientes. No se trata solo de alcanzar un peso objetivo, sino de consolidar una composición corporal más saludable y un equilibrio metabólico que permita mantener los resultados de forma sostenible. En algunos casos, si el paciente ha logrado mejorar sus hábitos y su regulación del apetito, es posible suspender el fármaco sin recuperar el peso perdido. Sin embargo, en personas con una obesidad más severa, de larga evolución o con un fuerte componente genético, el tratamiento puede necesitar mantenerse en el tiempo, de forma similar a otros tratamientos crónicos como los de la diabetes o la hipertensión. Lo importante no es solo perder peso, sino hacerlo de manera que el cuerpo pueda sostenerlo en el tiempo. Si durante el tratamiento se han trabajado los hábitos, la actividad física y la preservación de la masa muscular, será mucho más fácil mantener los resultados, incluso si en algún momento se decide reducir o suspender la medicación. Estos tratamientos han demostrado ser seguros en los ensayos clínicos y en la práctica clínica, pero como cualquier medicamento, requieren un seguimiento adecuado y una indicación bien justificada.

FRENTE A LA TOLERANCIA, EL SECRETO ESTÁ EN LA DOSIS

Sí, la tolerancia ocurre cuando el cuerpo se acostumbra al efecto de un fármaco, reduciendo su eficacia con el tiempo. En estos tratamientos, subir la dosis demasiado rápido o alcanzar dosis muy altas sin necesidad puede hacer que los receptores de GLP-1 se desensibilicen, disminuyendo el impacto del fármaco en la regulación del apetito y el metabolismo. Es parecido a lo que ocurre con el café: al principio, una taza puede activarnos y darnos energía, pero si aumentamos el consumo progresivamente, el cuerpo se adapta y cada vez necesitamos más cantidad para notar el mismo efecto. Con los análogos del GLP-1, si subimos la dosis demasiado rápido o sin una necesidad real, el cuerpo puede responder menos con el tiempo, haciendo que el fármaco pierda parte de su eficacia. Por eso, el secreto está en usar la dosis justa para cada paciente y no escalarla sin motivo. Más cantidad no siempre significa mejores resultados, y en algunos casos, un ajuste más lento y controlado permite que el tratamiento mantenga su efecto a largo plazo.

4 bulos a desterrar 

  1. «Son un milagro para adelgazar sin esfuerzo»
    No es cierto. Estos fármacos ayudan a regular el apetito y la saciedad, pero no sustituyen los cambios de hábitos. Son herramientas eficaces, pero el paciente sigue siendo clave en el proceso de pérdida de peso.
  2. «Si los dejas, recuperas el peso enseguida»
    La obesidad es una enfermedad crónica, y como en cualquier tratamiento, los resultados dependen de cómo se mantengan los hábitos. No hay un “efecto rebote” como en dietas estrictas, pero si no se han consolidado cambios en la alimentación y el ejercicio, es normal que el cuerpo tienda a recuperar peso con el tiempo.
  3. «Provocan pancreatitis o problemas en la vesícula»
    En algunos ensayos clínicos con semaglutida se ha descrito un discreto aumento del riesgo de pancreatitis en comparación con placebo, aunque no en todos. Con tirzepatida, de momento, no se ha observado este incremento, pero por precaución se recomienda evitar estos fármacos en pacientes con antecedentes de pancreatitis de repetición o colelitiasis activa, ya que pueden ralentizar el vaciamiento de la vesícula y favorecer la formación de cálculos.
  4. «Debilitan el músculo y generan pérdida de masa muscular»
    La pérdida de músculo no es un efecto directo del fármaco, sino del propio proceso de adelgazamiento. Ocurre con cualquier intervención basada en déficit calórico, sea con dieta, cirugía o medicación. La clave está en mantener una ingesta suficiente de proteínas y realizar ejercicio de fuerza para preservar la masa muscular.

Estos fármacos se han utilizado para trastornos de la conducta alimentaria, como el trastorno por atracón. ¿Con qué resultado?

El uso de agonistas del GLP-1 en trastornos de la conducta alimentaria, como el trastorno por atracón, es un campo en estudio y ha mostrado resultados prometedores. Su efecto en la regulación del apetito, la saciedad y el control de impulsos ha generado interés en su aplicación más allá del manejo de la obesidad y la diabetes.

En algunos ensayos clínicos y estudios observacionales, se ha visto que estos fármacos pueden reducir la frecuencia y la intensidad de los atracones, probablemente porque modulan los circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y el control del impulso. En pacientes con atracón y obesidad, la semaglutida y la tirzepatida han mostrado mejoras significativas en la relación con la comida, reduciendo la sensación de pérdida de control. Además, algunos estudios han explorado su impacto en la adicción y la regulación dopaminérgica, ya que estos fármacos parecen influir en el sistema de recompensa del cerebro, lo que podría explicar su posible beneficio en personas con conductas alimentarias compulsivas. Sin embargo, su uso en estos trastornos aún no está aprobado de manera oficial y no es recomendable en pacientes con anorexia o bajo peso, ya que podrían agravar la restricción alimentaria. Es un campo en evolución, con líneas de investigación abiertas para determinar qué perfiles de pacientes pueden beneficiarse más y bajo qué condiciones.

A partir de la menopausia, qué efectos pueden tener.

A partir de la menopausia, estos fármacos pueden tener un impacto positivo en varios aspectos metabólicos y hormonales, pero también requieren un manejo más cuidadoso.

Durante la menopausia, es habitual que aumente la grasa visceral, disminuya la masa muscular y se produzcan cambios en la regulación del apetito y el metabolismo. Los agonistas del GLP-1 y la tirzepatida pueden ayudar a controlar el peso, reducir la grasa abdominal y mejorar la sensibilidad a la insulina, lo que es clave en esta etapa para prevenir el riesgo de enfermedades metabólicas, como la diabetes tipo 2 y la dislipemia. También se ha observado que pueden mejorar la calidad del sueño y reducir la inflamación crónica de bajo grado, factores que se ven alterados con la menopausia y que influyen en la ganancia de peso y el bienestar general. Sin embargo, hay que prestar especial atención a la preservación de la masa muscular y ósea, ya que en la menopausia se acelera la pérdida de músculo y densidad ósea. Como en cualquier estrategia de pérdida de peso en esta etapa, es fundamental combinar el tratamiento con un aporte adecuado de proteínas y un plan de ejercicio, priorizando el entrenamiento de fuerza. En definitiva, estos fármacos pueden ser una gran herramienta para mejorar la composición corporal y la salud metabólica en la menopausia, siempre que se utilicen dentro de un enfoque integral y con un seguimiento adecuado.

Qué es lo que hace que estos fármacos fracasen.

Uno de los errores más comunes con estos fármacos es utilizarlos solo para reducir la cantidad de comida, sin mejorar la calidad de la alimentación ni los hábitos. Si una persona simplemente come menos, pero sigue eligiendo ultraprocesados, saltándose comidas o manteniendo horarios desordenados, es probable que el tratamiento no funcione como debería o que genere efectos no deseados. Estos fármacos ayudan a regular el apetito y facilitan la reducción de la ingesta, pero no sustituyen una alimentación equilibrada. Si se usan solo para «comer menos», pueden reducir el metabolismo basal y generar déficits nutricionales. Además, saltarse comidas de forma sistemática puede aumentar el riesgo de descompensaciones energéticas, pérdida de masa muscular y sensación de fatiga. Para que estos tratamientos sean efectivos a largo plazo, es fundamental aprovechar la menor sensación de hambre para reordenar los horarios de comida, mejorar la calidad de la dieta y establecer un patrón de alimentación sostenible. No se trata solo de comer menos, sino de comer mejor.

La demanda crece y con ella la investigación, ya hay incluso triples análogos en estudio. ¿La investigación no ha hecho más que empezar? ¿Veremos más y mejores fármacos en el futuro?

La investigación en el tratamiento de la obesidad está en plena expansión y todo indica que esto es solo el comienzo. Hasta hace poco, el abordaje farmacológico de la obesidad era limitado y con resultados discretos, pero con los análogos del GLP-1 y ahora con los coagonistas y triagonistas, estamos viendo avances sin precedentes.

Actualmente, ya se están desarrollando fármacos aún más potentes, como los triagonistas que combinan la acción sobre GLP-1, GIP y glucagón, con el objetivo de mejorar aún más la pérdida de peso y el control metabólico. Además, la investigación no solo se centra en mejorar la eficacia, sino también en optimizar la tolerancia, reducir efectos secundarios y desarrollar formulaciones más cómodas y accesibles. También se están explorando combinaciones con otros mecanismos, como los inhibidores de la miostatina, que podrían potenciar la masa muscular mientras se pierde grasa. Todo apunta a que en los próximos años tendremos más opciones y más personalización en el tratamiento de la obesidad. Estamos viviendo una auténtica revolución en este campo, y lo que hoy parece innovador, en poco tiempo podría ser solo el punto de partida para tratamientos aún más eficaces.

El farmacéutico, garante de un uso racional y seguro

La falsa consideración como “soluciones milagrosas” por parte de la población hace imprescindible la intervención del farmacéutico para un buen uso de estos medicamentos y que no se generen expectativas poco realistas en la población. Por ello, Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos ha publicado recientemente un informe en el que se detallan las opciones de tratamiento, con especial atención a los agonistas del receptor de GLP-1, e insisten en que la estrategia terapéutica de la obesidad debe enfocarse, en primer lugar, hacia la educación y la modificación de hábitos nutricionales y de actividad física para la consecución de un estilo de vida saludable. Incluso los mensajes publicitarios y la promoción en redes sociales suelen soslayar el efecto rebote o de ganancia de peso que se produce tras cesar el tratamiento. Por ello insisten en que, a través de los Servicios Profesionales Farmacéuticos Asistenciales, el farmacéutico, como profesional sanitario experto en medicamento, puede ejercer un papel relevante en su buen uso, aportando información veraz y fomentando hábitos de vida saludables.

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