Para la Dra. Margalida Gili, “la sintomatología cognitiva constituye un síntoma nuclear de la depresión. Con frecuencia la atención sobre las personas que padecen este trastorno se ha centrado en la tristeza y en la pérdida de placer por actividades antes vividas como satisfactorias. Sin embargo, investigaciones recientes muestran cómo estos síntomas cognitivos contribuyen en gran medida a la discapacidad que genera este trastorno”.
El objetivo terapéutico de la depresión, en la actualidad, persigue que el paciente recupere la funcionalidad, de modo que pueda desempeñar las tareas de su día a día como lo hacía antes de la enfermedad. Por ello, resulta crucial prestar atención a la presencia de síntomas residuales cognitivos, con el fin de detectarlos y tratarlos en beneficio de la calidad de vida del paciente, pero también de las empresas. No en vano, abordar correctamente la depresión y facilitar la reinserción redunda en la productividad empresarial. Y es que los costes de tratar la depresión son mucho menores que las consecuencias de no hacerlo.
Sin embargo, alrededor del 50% de los pacientes no llega a ser tratado correctamente. La clave del adecuado tratamiento de la depresión radica en la detección precoz, fundamental para el mejor pronóstico de esta enfermedad, caracterizada por síntomas afectivos, cognitivos y somáticos, además de con altas tasas de recurrencia y tendencia a la cronificación.
¿Qué papel pueden desempeñar las administraciones y empresas?
Según pone de manifiesto el “Informe para un Mejor Abordaje de la Depresión en el Ámbito del Trabajo”, hasta el momento, no existen programas nacionales efectivos que se hayan destinado a mejorar el problema de la depresión en el entorno laboral. Uno de los motivos es que no se habían tenido en cuenta los enormes costes sobre el número de personas afectadas, las empresas y la economía en su conjunto. Sin embargo, parece evidente que las políticas públicas tienen un rol fundamental en combatir la depresión y el impacto social y económico que esta enfermedad provoca a la sociedad.
Como explica la Dra. Gili, “en Europa, se han diseñado y aplicado algunos programas en empresas con resultados positivos. El objetivo de estos programas se centra en promover la salud mental, apoyar a los trabajadores cuando puedan estar en situación de riesgo y enseñar a manejar los problemas de salud mental cuando estos aparecen. En España, hasta donde conocemos, no existen programas de este tipo que requieren un esfuerzo importante tanto económico como formativo, así como una continuidad en el tiempo, difícil de imaginar durante los últimos años de crisis”.
El grupo de expertos autor del informe cree que España tiene un gran potencial para convertirse en un referente en el tratamiento de la depresión en el ámbito laboral. Para ello, argumenta, son necesarias medidas que comiencen con la sensibilización entre decisores políticos, responsables sanitarios, empresarios y directivos de empresa, así como los propios pacientes. El regreso del enfermo a su actividad previa es también un momento crítico que requiere apoyo y flexibilidad.
“Las instituciones, administraciones públicas y las empresas deberían concienciarse de que la depresión no es un problema del trabajador, es también un problema del empleador y como tal, deberíamos aprender el ejemplo del manejo de otros trastornos crónicos en el ámbito laboral, creando una estrategia de prevención y promoción de la salud, detección precoz del trastorno, intervención sobre el mismo y manejo de la discapacidad que genera. Todo ello, a partir de la evidencia científica publicada, que en estos momentos empieza a ser considerable”, afirma la Dra. Margalida Gili.
