Carencias en prevención y diagnóstico
La falta de información sobre esta patología afecta también a su prevención, ya que sólo una de cada cinco personas sabe que no existe vacuna, y la mitad desconoce que tener o haber tenido los tipos A o B de la enfermedad no protege de la hepatitis C. Pero hay otros grandes obstáculos en el ámbito preventivo. El primero es el desconocimiento de las vías de transmisión para la mitad de los encuestados, teniendo en cuenta que uno de cada siete no cree que se transmita a través de las mucosas corporales y que un 25% no sabe que se contagia a través de la sangre -el mismo porcentaje señala erróneamente la saliva como vía de transmisión-.
Este deficitario grado de conocimiento influye en una escasa percepción de riesgo, que sólo tiene un 22%, pese al elevado grado de conciencia sobre la autorresponsabilidad en salud, y que hace que una cuarta parte de los entrevistados desconozca que la hepatitis C se puede transmitir en todo tipo de ambientes; y en otra de las barreras que presenta la prevención de la patología: la insuficiente adopción de medidas que reduzcan el riesgo de transmisión horizontal, como demuestra el que casi el 60% no sepa o no crea que puede hacer algo en este sentido.
Trasladado a un escenario de cotidianidad, el resultado es que al menos una de cada cinco personas cree que puede contraer el virus de la hepatitis C a través de la tos, un estornudo o un beso, falsas creencias directamente relacionadas con actitudes estigmatizadoras asociadas a la enfermedad. Por contra, y aunque la transmisión sexual en esta enfermedad es poco frecuente -aunque el riesgo es más elevado si la pareja tiene VIH- un 70% no utiliza preservativo en todas sus relaciones sexuales, pese a que tres cuartas partes de los encuestados sabe que esta protección evita el riesgo de contagio de la hepatitis C. Asimismo, un 28% comparte material de higiene y un 41% no utiliza guantes para cuidar heridas de otras personas.
En cuanto al diagnóstico, pese a que un 85% sabe que la hepatitis C puede detectarse a través de un análisis de sangre, sólo uno de cada cinco se ha realizado esta prueba, y en casi dos terceras partes lo hizo por iniciativa de terceras personas.
Estigmatización de los pacientes
Finalmente, el informe también confirma el estigma asociado al virus de la hepatitis C, relacionado con ciertas actitudes sociales que inducen a responsabilizar al paciente por contraer la enfermedad y a hábitos, como el consumo de drogas, que pueden contribuir al etiquetamiento del paciente, afectando a su autoestima y calidad de vida. A este apartado corresponde una de las conclusiones más demoledoras del trabajo: que uno de cada cinco no contrataría, o lo intentaría evitar, a una persona con hepatitis C; siendo este el mismo porcentaje que no conviviría con una persona con esta enfermedad, o intentaría evitarlo.
Según la investigación, las personas que más estigmatizan son mayores de 55 años y tienen estudios primarios. También tienen una actitud baja de autocuidado hacia la salud y un menor conocimiento de la enfermedad. Frente a ellos, quien mejor conoce la patología tiene entre 30 y 60 años, estudios superiores, experiencias previas cercanas de enfermedad grave, una visión poco estigmatizadora de la hepatitis C y tendencia a desarrollar más prácticas preventivas.
En conclusión, las sospechas iniciales de la existencia de cierto desconocimiento en la población española acerca de esta enfermedad, que dificultaba su prevención y detección y propiciaba actitudes estigmatizadoras, han sido ampliamente corroboradas por el informe, que ha identificado como áreas intervención prioritarias para avanzar hacia la erradicación de la enfermedad la prevención, el diagnóstico y la estigmatización asociada a la hepatitis C.





