Un sofoco en plena reunión. Una noche de sueño interrumpido que se traduce en agotamiento al día siguiente. Dificultades para concentrarse o ese olvido inesperado que hace dudar de las propias capacidades. La menopausia puede tener efectos que traspasan el ámbito personal y llegan también al puesto de trabajo.
Síntomas como los sofocos, las alteraciones del sueño, la fatiga, las dificultades de concentración o la ansiedad pueden afectar al bienestar de las mujeres durante la jornada laboral, según la Organización Mundial de la Salud.
Andrea Iglesias, profesora de Enfermería de la Universidad Europea de Valencia, explica cómo algunas de estas situaciones pueden repercutir en la seguridad con la que una mujer afronta su actividad profesional: “tener un sofoco en mitad de una reunión importante, sentir fatiga crónica por no haber descansado o experimentar olvidos puntuales genera muchísima inseguridad y frustración».
Trabajar aunque no se esté bien
Uno de los problemas es que este malestar no siempre resulta visible para compañeros y responsables. Muchas mujeres continúan desempeñando su trabajo pese a encontrarse mal, haciendo un esfuerzo añadido para mantener el mismo ritmo y nivel de rendimiento.
“Muchas veces no vemos un absentismo real, sino a profesionales trabajando con un malestar brutal por miedo a mostrar debilidad o a ser juzgadas en su entorno laboral. En la práctica real, esto hace que muchas mujeres tengan que hacer un esfuerzo doble para mantener el mismo nivel de rendimiento, lo que acaba derivando en un gran agotamiento físico y mental”, explica Iglesias.
Ese desgaste puede traducirse en cansancio acumulado, problemas de concentración, olvidos puntuales, ansiedad o dudas sobre las propias capacidades.
A ello puede añadirse el temor a ser etiquetadas o a que hablar abiertamente de la menopausia termine influyendo en la percepción de su valía profesional. Como consecuencia, algunas mujeres optan por vivir los síntomas en silencio y no solicitar posibles adaptaciones en su puesto.
Para Iglesias, todavía existe un importante déficit de conocimiento: “falta muchísima información y pedagogía a todos los niveles, desde los departamentos de recursos humanos hasta las direcciones de equipo, para normalizar un proceso biológico que viviremos la mitad de la población”.
Pequeños cambios que pueden marcar la diferencia
Mejorar el bienestar laboral durante esta etapa no requiere necesariamente grandes transformaciones. Algunas medidas organizativas relativamente sencillas pueden ayudar a que las mujeres afronten mejor los momentos en los que los síntomas son más intensos.
“Hay soluciones que no son complejas ni costosas; se basan en voluntad organizativa, empatía y medidas prácticas”, señala Iglesias.
Entre ellas se encuentran la flexibilidad horaria, la posibilidad de teletrabajar en momentos de mayor malestar, la adaptación de determinadas tareas o una mejor ventilación y control de la temperatura en los espacios de trabajo.
El objetivo no es establecer diferencias injustificadas, sino disponer de cierta capacidad de adaptación cuando sea necesaria. “No se trata de victimizar ni de tratar a las mujeres como si fueran frágiles, sino de ofrecer un entorno de trabajo justo, cómodo y adaptado”, explica la profesora.
Cuidarse también fuera del trabajo
Junto a las medidas que pueden adoptarse en el ámbito laboral, Iglesias destaca la importancia de que las propias mujeres participen activamente en el cuidado de su bienestar.
Entre sus recomendaciones se encuentran “contar con una buena red de apoyo social, una adecuada alimentación con especial atención al calcio, la vitamina D y las proteínas para preservar la salud ósea y muscular, y la realización de ejercicio físico, tanto aeróbico como de fuerza”.
Pero también resulta importante entender que no existe una única manera de vivir la menopausia. Los síntomas y su intensidad pueden ser muy diferentes de una mujer a otra y, por tanto, también lo serán sus necesidades.
“A las mujeres les diría que no pasen esta etapa desde la culpa ni en soledad, recordando que la menopausia no es un fallo personal ni el fin de la carrera profesional, sino una transición natural. Cada mujer vive este proceso de una manera completamente diferente y única, por lo que no tiene sentido compararse con las demás”, concluye Iglesias.
