En septiembre volvemos al gimnasio, recuperamos horarios, intentamos comer mejor, dormir más y dejar atrás los excesos del verano. Pero hay una parte de la vuelta a la rutina de la que apenas hablamos: ¿qué pasa con nuestra microbiota después de semanas de viajes, comidas fuera, cambios de horarios, alcohol y rutinas completamente diferentes?
Charlamos con Alfonso de Juan, farmacéutico y fundador de ANDALA, compañía española especializada en microbiota.
¿Cómo afectan los cambios del verano a nuestra microbiota?
En verano cambia casi todo: los horarios, lo que comemos, cuánto dormimos, cuánto bebemos. Y la microbiota nota cada uno de esos cambios. No es que se estropee, pero sí se desajusta. Menos fibra, más alcohol, noches más cortas, cenas más tarde y peor… el ecosistema intestinal responde a todo eso. Después de unas semanas así, es normal que el intestino no esté en su mejor momento.
¿Qué señales deberíamos observar?
Las señales son las de siempre, pero más frecuentes: hinchazón después de comer, digestiones pesadas, cambios en el ritmo intestinal, más gases, cansancio que no se explica solo por el calor, ganas de dulce a todas horas. La mayoría de personas lo achaca al verano y no le da más vueltas. Pero si sabes qué estás mirando, son señales útiles de que el intestino está bajo más presión de la normal.
¿Hay que hacer algo para «recuperarla»?
Para la mayoría de personas, no hace falta nada especial. Volver a comer con más verdura, más legumbres, más orden en los horarios… y en dos o tres semanas el intestino vuelve solo. El problema es cuando pasamos directamente del desorden del verano al estrés de septiembre sin darle margen. Entonces sí cuesta más recuperarse.
¿Qué papel tienen la alimentación, la fibra y los fermentados?
La alimentación es lo que más mueve la microbiota, con diferencia. La fibra es el alimento de las bacterias buenas del intestino: sin ella, la diversidad baja rápido. En verano comemos mucho menos fibra de lo que creemos: más arroz, más pasta, más pan, menos legumbres, menos verdura cocinada. Los fermentados, el yogur, el kéfir, ayudan, pero no compensan una semana sin fibra. Un yogur al día no arregla lo que una mala alimentación ha desajustado.
¿Tiene sentido tomar probióticos? ¿Son todos iguales?
Tiene sentido en situaciones concretas. Y no, no son todos iguales, aunque el mercado lo parece. El error más común es pensar que cualquier probiótico vale para cualquier cosa. Una cepa estudiada para el intestino irritable no tiene por qué funcionar para el estrés o el metabolismo. Son microorganismos distintos, con efectos distintos y con estudios distintos.
Antes de comprar uno, vale la pena mirar tres cosas: si especifica la cepa completa con su nombre registrado, no solo el género; si tiene estudios clínicos propios que lo respalden; y si la dosis del producto coincide con la dosis de esos estudios. Si no puedes responder a las tres, probablemente estás tirando el dinero.
¿Qué relación existe entre intestino, estrés y descanso?
El intestino y el cerebro están conectados de forma directa. Cuando hay estrés, el intestino lo nota: cambia la motilidad, aumenta la inflamación, se altera la microbiota. Y al revés: cuando la microbiota está mal, el cerebro produce menos serotonina y menos GABA, que son dos de las sustancias que necesita para gestionar el estrés.
Con el sueño pasa algo parecido. Una sola noche mal dormida ya altera las hormonas que regulan el hambre y la saciedad. En septiembre, cuando volvemos al estrés con el intestino ya tocado por el verano, es cuando ese círculo se nota más.
Mito 1: «Hay que hacer un detox después del verano»
El cuerpo no funciona por temporadas. El hígado y los riñones depuran de forma continua, todo el año. Lo que sí tiene sentido en septiembre es retomar los hábitos: comer mejor, más fibra, más variedad, menos ultraprocesados, volver a hacer ejercicio y recuperar el sueño. Pero eso no es un detox, es simplemente volver a la normalidad. Llamarlo detox es ponerle un nombre especial a algo que debería ser lo habitual.
Mito 2: «Todo el mundo debería empezar septiembre tomando probióticos»
No. Tomar probióticos porque es septiembre y toca resetear no tiene ningún sentido clínico. La mayoría de personas que vuelven a comer bien en septiembre no necesitan ningún suplemento para que el intestino se recupere.
Los probióticos tienen su utilidad, pero en situaciones concretas y con criterio: cepa específica, dosis validada, objetivo claro. No el bote más llamativo de la farmacia porque alguien lo ha recomendado en Instagram.
Dicho esto, hay situaciones en las que sí tiene sentido. Si después de volver a la rutina sigues con hinchazón frecuente, digestiones pesadas o cambios en el tránsito que no mejoran en dos o tres semanas, ahí un probiótico con evidencia puede ayudar. También si has tomado antibióticos en verano, has vuelto de viaje con diarrea, si notas que el estrés de septiembre te afecta físicamente, o si llevas meses con energía baja y sueño irregular. En esos casos no es un capricho, es una herramienta. Pero la diferencia está en elegir con criterio: cepa específica con estudios publicados, dosis validada y un objetivo concreto. No un multicepa genérico porque pone ‘flora intestinal’ en la caja.
