La formación sanitaria del farmacéutico, la cercanía del mostrador y la relación de confianza que se construye día a día convierten a este profesional en un apoyo fundamental durante el tratamiento oncológico.
Por Miguel Montero Moreo, vocal de Dermofarmacia del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Zaragoza.
Los tratamientos oncológicos (quimioterapia, radioterapia, terapias dirigidas o inmunoterapia) suelen provocar alteraciones en la piel, las mucosas, las uñas y el cabello. Aunque muchas de ellas no son graves desde el punto de vista médico, sí pueden resultar muy visibles, incómodas y difíciles de gestionar para el paciente con cáncer. Sequedad intensa, picor, erupciones, sensibilidad extrema o cambios en la imagen corporal afectan no solo a la piel, sino también a la autoestima, el estado de ánimo e incluso la adherencia al tratamiento.
Trabajar en 5 claves
Cuando hablamos de dermocosmética, la farmacia marca una diferencia clara frente a otros canales. Pero esa diferencia se hace aún más evidente cuando el consejo va dirigido a un paciente oncológico, una persona que no solo necesita productos adecuados, sino también escucha, comprensión y acompañamiento. En este contexto, el consejo dermocosmético desde la farmacia se convierte en una herramienta terapéutica más, ya que una rutina bien planteada puede aliviar síntomas, prevenir complicaciones y, sobre todo, mejorar la calidad de vida del paciente en un momento especialmente vulnerable. Este acompañamiento puede estructurarse en cinco grandes claves.
1. Explicar, anticipar y normalizar los cambios en la piel
El primer paso es informar y tranquilizar. Muchas personas llegan a la farmacia preocupadas porque notan cambios en su piel que no esperaban o que les generan miedo. Es importante saber que la xerosis, que es la sequedad intensa de la piel; el prurito, que se manifiesta como picor; el rash acneiforme, que son granitos parecidos al acné; la fotosensibilidad, que hace que la piel reaccione más al sol; la radiodermitis, que es la irritación de la piel en zonas tratadas con radioterapia; el síndrome mano-pie, que provoca enrojecimiento, dolor o descamación en manos y pies; las alteraciones en las uñas, que pueden volverse frágiles o cambiar de aspecto; y la caída del cabello, suelen ser efectos relativamente frecuentes. Conocerlos ayuda a normalizar la situación, entender que son reacciones habituales y saber que existen cuidados y tratamientos para aliviar las molestias y mejorar el bienestar. Poner nombre a lo que ocurre y explicar por qué sucede reduce la ansiedad y transmite tranquilidad. El paciente siente que no está solo y que hay profesionales atentos a su evolución.
2. Cuidar los pequeños gestos del día a día
En el paciente oncológico, los hábitos diarios marcan la diferencia. Gestos tan sencillos como ducharse con agua templada, evitar baños prolongados o secarse sin frotar pueden prevenir gran parte del disconfort cutáneo. Desde la farmacia debemos insistir en evitar productos agresivos, exfoliantes o tratamientos cosméticos innecesarios, así como en el uso de ropa cómoda y de algodón, que respete la piel y minimice el picor.
Una recomendación especialmente valiosa es aconsejar al paciente que acuda al podólogo y al dentista antes de iniciar el tratamiento, para prevenir complicaciones posteriores en uñas y mucosa oral. Y, por supuesto, recordar que la fotoprotección no es opcional, incluso en exposiciones cotidianas.
3. Elegir activos seguros, eficaces y bien tolerados
Aquí el farmacéutico aporta un valor diferencial. No se trata de “poner cosas”, sino de elegir bien. Activos como la urea a baja concentración, las ceramidas, la manteca de karité o los aceites nutritivos ayudan a restaurar la función barrera y mejorar la hidratación.
Para pieles sensibles o reactivas, ingredientes calmantes como la avena coloidal, el agua termal, la centella asiática o la niacinamida en formulaciones suaves pueden aliviar el picor y la irritación. En fases de mayor fragilidad, especialmente tras la radioterapia, activos reparadores como el pantenol resultan de gran ayuda.
La fotoprotección debe ser siempre SPF 50+, de amplio espectro y con muy buena tolerancia, acompañada de medidas físicas de fotoprotección.
4. Saber qué no recomendar y cuándo derivar
Tan importante como recomendar es advertir de lo que debe evitarse. Exfoliantes agresivos, retinoides o ácidos pueden empeorar de forma significativa la fragilidad cutánea. Tampoco deben aplicarse productos cosméticos en zonas que vayan a recibir radioterapia sin consultar previamente. Además, es fundamental que el paciente sepa identificar señales de alarma. La aparición de ampollas, heridas, fiebre o signos de infección requiere derivación médica inmediata. Educar en este punto es también una forma de proteger.
5. Apostar por rutinas sencillas y constantes
En el paciente oncológico, la rutina cosmética debe ser simple, realista y fácil de mantener. No es el momento de probar constantemente productos nuevos. Una limpieza suave con syndets sin jabón, hidratación generosa y fotoprotección diaria constituyen la base del cuidado. Por la noche, el objetivo es el confort y la reparación, sin olvidar manos, pies y uñas. La clave no está en la cantidad de productos, sino en la constancia.
“Un taller clave en mi formación”
En mi caso, pude profundizar en este ámbito gracias a una formación específica centrada en el cuidado dermocosmético del paciente oncológico, organizada por Laboratorios La Roche-Posay, e impartida por David Garduño, Jesús Pérez, Carlos Benavent y Marta de la Fuente. Su amplia experiencia y su enfoque práctico y clínico los convierten en referentes nacionales en el abordaje dermocosmético del paciente oncológico. Gracias a esta formación aprendí que, en oncología, cuidar la piel es también una forma de cuidar a la persona.
En definitiva, el consejo dermocosmético al paciente oncológico va mucho más allá de la piel. Es una forma de acompañar, aliviar y cuidar, desde la profesionalidad, pero también desde la empatía. Y en ese equilibrio, el farmacéutico tiene un papel insustituible.

