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El cuerno del unicornio

por Redacción Consejos

No se sabe cómo, cuándo ni dónde surgió la leyenda del Unicornio. Pero ha conseguido estar presente en la imaginación popular, la literatura y el arte más que cualquier otro animal creado por la fantasía del ser humano.

Ya el médico Ctesias, natural de Cnido y que vivió en el siglo V a.C. escribió en su obra Indica una descripción del unicornio. Sería según él, un animal al que calificaba como «asno salvaje» y que vivía en la India. Era grande como un caballo, de cuerpo blanco, cabeza roja, ojos azul oscuro y un afilado cuerno en la frente de unos cuarenta y cinco centímetros. La base del cuerno y hasta dos palmos de la frente eran blancos, la parte central del cuerno era negra y la superior rojo carmesí. Sus cuernos eran usados para convertirlos en vasos, y aquel que bebiera en ellos estaba inmunizado contra los venenos, si antes o después de tragarlos bebía agua, vino o cualquier otra cosa en tal recipiente. Además no le afectaban las convulsiones (producto de la epilepsia, muy común entonces). Ésta fue la descripción que se transmitió a través de las fuentes griegas. El animal fue también mencionado por Julio César en La Guerra de las Galias. Aunque durante toda la época antigua, aún no estaba en las artes plásticas, ni en la mitología ni en el simbolismo religioso.

La fama y extensión del mito del Unicornio se debió a varias causas fundamentales, entre ellas, que numerosos autores medievales algunos tan prestigiosos como San Isidoro de Sevilla, Alberto Magno e Hildegarde de Bingen, también lo mencionan en sus obras.

San Isidoro de Sevilla en su obra Etimologías, le confunde con el rinoceronte. Según él es tan enorme la fuerza que tiene, que no se deja capturar por la valentía de cazador alguno; en cambio, según aseguran quines han descrito la naturaleza de los animales, se le coloca delante de una joven doncella que descubra su seno cuando lo ve aproximarse, y el rinoceronte, perdiendo toda su ferocidad, reposa en él su cabeza, y de esta forma adormecido, como un animal indefenso, es apresado por los cazadores. Con el paso del tiempo se le representó como un caballo blanco con un largo cuerno en la frente, mediante el cual era capaz de hendir las rocas y hacer brotar el agua, aunque esa misma agua vivificadora, escurrida hasta las profundidades de la Tierra, podía engendrar malignos dragones. La leyenda del unicornio, como la mayoría de las curativas, se manifiesta ambigua entre el bien sanador y el mal posible.

El asta de este mitológico animal se recomendó como uno de los antivenenos más potentes administrado en forma de raspaduras o, mejor aún, labrado como copas en donde se servirían los líquidos presuntamente envenenados que, de esta mágica manera quedarían libres de ponzoñas. En la corte de Felipe II se conocían perfectamente los rinocerontes. Los cuernos de los mismos y los del supuesto unicornio se diferenciaban bien, pero ambos siguieron utilizándose por sus supuestas propiedades antivenenosas. Cuernos de uno y de otro se conservaron en la botica o en el guardajoyas real. Algunos guarnecidos de oro o plata, otros en forma de vasos y alguno labrado como cuchara. Varios se recibieron como regalo regio y como tal se entregaron en ocasiones.

Su origen mitológico los hacia escasísimos y muy deseados por las cortes reales. A lo largo del Renacimiento, y sobre todo del Barroco, se busca su origen natural y posteriormente entra en crisis la creencia de su actividad curativa.

A finales del siglo XVI y sobre todo durante el XVII, los pescadores islandeses hicieron abundantes capturas del narval, llamado el <<unicornio marino>> y sólo este último siguió con reputación de antiveneno en recetarios y farmacopeas. A finales del siglo XVII se quisieron aunar ambas tradiciones, la mítica del unicornio con cabeza de caballo y la real del unicornio procedente de un cetáceo con una defensa dentada helicoidal.

A lo largo del siglo XVII se conocía ya perfectamente el origen del cuerno del narval, y se siguieron utilizando por sus supuestas propiedades antivenenosas, aunque con muchos recelos y sin que sus precios alcanzaran las fabulosas sumas del pasado.

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