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Los linfomas cutáneos son un tipo de cáncer de piel poco frecuente caracterizado por una proliferación de linfocitos malignos a nivel cutáneo.

Se encuadran dentro de los linfomas no-Hodgkin y se pueden clasificar en primarios (se originan a partir de los linfocitos de la piel) o secundarios (se originan en los ganglios linfáticos y posteriormente invaden la piel).

A su vez se dividen dependiendo de su origen, si provienen de los linfocitos T o de los linfocitos B, hecho importante pues determina el pronóstico y sobre todo el tratamiento a seguir. Aunque la mayoría de los linfomas cutáneos primarios afectan solamente a la piel, al cabo del tiempo también pueden verse comprometidos los ganglios linfáticos y posteriormente el resto del organismo. Esto dependerá de muchos factores tales como el tipo de linfoma, la extensión de la enfermedad, o el estado inmunológico del paciente.

“Son procesos poco frecuentes”, afirma Cristina Muniesa, coordinadora del Grupo de Trabajo de Linfomas Cutáneos de la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV). “Se estima que su tasa de incidencia mundial es de 10 casos por millón de personas y año. Esta incidencia ha ido aumentando a lo largo de los años debido a los avances de la ciencia en este campo permitiendo un mejor conocimiento, identificación y clasificación de los mismos”, añade.

Linfoma cutáneo: los síntomas

Existen múltiples manifestaciones cutáneas según el tipo de linfoma cutáneo. El más frecuente, la micosis fungoide, aparece en forma de manchas rojizas que a menudo se confunden con eccemas crónicos y que pueden evolucionar en forma de placas y, en estadios finales, en forma de tumores. Si la enfermedad se extiende fuera de la piel, puede asociarse a sudores nocturnos, fiebre, mal estado general, o pérdida de peso.

Sin embargo, no todos los linfomas cutáneos evolucionan de esta forma y existen otros que cursan con brotes como la papulosis linfomatoide, o se caracterizan por un enrojecimiento completo de la superficie cutánea como el síndrome de Sézary.

El cansancio, las reacciones en la piel y el picor son las tres principales repercusiones físicas de la enfermedad, según los pacientes. En este sentido, Muniesa destaca que “el cansancio y, especialmente, el picor son síntomas que pueden acompañar a las personas con algunos de los subtipos de linfomas cutáneos y que repercuten negativamente en su calidad de vida. El manejo del prurito supone un reto terapéutico. Habitualmente la mejora de la enfermedad de base y los avances en este sentido, ayudarán a controlar también esta sintomatología”.

Diagnóstico y tratamiento

El diagnóstico es a menudo complejo sobre todo en las fases iniciales pues suele confundirse con otros problemas cutáneos. Según el tipo de linfoma y la extensión de la enfermedad existen distintos tipos de tratamiento tales como corticoides, inmunomoduladores, cirugía, radioterapia, fármacos quimioterápicos e incluso el trasplante de médula ósea. Algunos tratamientos son más específicos para linfomas T como el bexaroteno o el alemtuzumab, mientras que otros lo son para los linfomas B como el rituximab.

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