Más de un tercio de la población española presenta algún problema de salud mental, y la ansiedad y la depresión se encuentran entre los motivos de consulta más frecuentes en Atención Primaria. Al mismo tiempo, España figura entre los países con mayor consumo de benzodiacepinas y antidepresivos.
Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, que se celebra el 10 de octubre, la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) reclama un uso más racional de los psicofármacos y un mayor acceso a alternativas terapéuticas cuando estén indicadas.
La sociedad científica insiste en una idea clave: revisar un tratamiento no significa dejar de tratar al paciente, sino comprobar periódicamente si sigue siendo necesario, si continúa aportando más beneficios que riesgos y si existen otras opciones que puedan ayudar.
No todo malestar emocional es un trastorno mental
Los médicos de familia atienden con frecuencia a personas que atraviesan situaciones de sufrimiento relacionadas con problemas laborales, económicos, familiares, de vivienda o de soledad.
Víctor Expósito, médico de familia y comunitaria y coordinador del grupo de trabajo de Salud Mental de la semFYC, explica que “el simple hecho de que alguien llegue a la consulta por situaciones de malestar que podemos considerar congruentes con circunstancias vitales nos debe hacer replantearnos qué está ocurriendo con las herramientas colectivas de sostén del sufrimiento. No es baladí que hayan aumentado muchísimo más las consultas relacionadas con sufrimiento psíquico en Atención Primaria de lo que han aumentado las derivaciones”.
Desde la semFYC se defiende por ello un abordaje biopsicosocial, que no se limite a valorar los síntomas, sino que tenga también en cuenta cuestiones como el empleo, la precariedad, la vivienda, el apoyo familiar o situaciones de violencia.
Los jóvenes, especialmente afectados
Uno de los datos que más preocupa es el aumento de los diagnósticos de depresión entre los jóvenes de 15 a 29 años, que, según los datos recogidos por la semFYC, han aumentado un 148% desde 2014 y no han retrocedido después de la pandemia.
En este grupo también se observa un incremento de los trastornos del sueño y de la alimentación, en un contexto en el que los especialistas consideran necesario analizar el peso de los cambios sociales y de otros determinantes que afectan al bienestar emocional.
¿Cuándo puede plantearse reducir un psicofármaco?
La semFYC defiende que los tratamientos deben reevaluarse de forma periódica e individualizada.
Si el profesional considera que el balance entre beneficios y riesgos ha cambiado, puede plantearse una deprescripción, pero siempre de manera consensuada con el paciente y con seguimiento clínico.
La retirada, cuando está indicada, suele hacerse de forma gradual, adaptando el ritmo a cada persona y teniendo en cuenta posibles síntomas de abstinencia.
Expósito recuerda que “cualquier fármaco en salud mental está sujeto a controles periódicos y debemos descartar la idea de que hay fármacos que son para toda la vida y evitar la inercia terapéutica en este tipo de terapias. Cuando un paciente con ansiedad o depresión consigue una solución habitacional o un trabajo en el que sentirse realizado, se aleja de situaciones de violencia o refuerza su autoconocimiento y autoestima es muy posible que haya que replantear el tratamiento farmacológico”.
Nunca dejar la medicación de golpe
Uno de los mensajes más importantes es que no se debe suspender un psicofármaco por iniciativa propia.
Una retirada brusca puede provocar síntomas de abstinencia o un empeoramiento clínico. Por eso, la semFYC insiste en que cualquier reducción debe realizarse con supervisión profesional.
“Existen algoritmos específicos para cada clase de psicofármaco, pero en muchas ocasiones basta con pararse a hablar y entender a la persona que tenemos delante y abandonar el pensamiento de que hay soluciones claras y sencillas que funcionan igual para todo el mundo”, observa Expósito.
¿Qué alternativas pueden ayudar?
Cuando están indicadas, existen intervenciones no farmacológicas que pueden formar parte del tratamiento. Entre ellas, la semFYC menciona:
- terapia cognitivo-conductual;
- actividad física;
- técnicas de relajación;
- estrategias de resolución de problemas;
- grupos de apoyo;
- intervenciones comunitarias;
- talleres de manejo del estrés.
El objetivo no es sustituir sistemáticamente la medicación, sino evitar que el fármaco sea la única respuesta cuando existen otras opciones eficaces y adecuadas para esa persona.
Benzodiacepinas: especial atención a los tratamientos prolongados
La semFYC recuerda que el uso diario prolongado de benzodiacepinas puede asociarse a problemas como tolerancia, dependencia, deterioro cognitivo y mayor riesgo de caídas en personas mayores.
Por ello, el seguimiento y la revisión del tratamiento resultan especialmente importantes cuando se mantienen durante mucho tiempo.
También es esencial explicar al paciente qué puede sentir durante una posible retirada.
“Las intervenciones requieren comunicar y hablar sobre los mecanismos de abstinencia y adelantarnos a los síntomas que puedan sentir, transmitir seguridad y confianza con cercanía y asegurar que los ritmos son individualizados. Cuando se entiende que el malestar es temporal y se refuerzan y validan las estrategias de afrontamiento activas, la adherencia a la deprescripción mejora significativamente. Es importante a veces explicitar que no se perderá el apoyo y el acompañamiento del profesional si las cosas no salen como esperábamos”, apunta Expósito.
En definitiva, no existen respuestas únicas para todos los problemas de salud mental. La clave está en comprender el contexto de cada persona, revisar periódicamente el tratamiento y combinar las distintas herramientas disponibles según las necesidades de cada paciente.
