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Cansancio mental: 7 claves para combatir el agotamiento

por Paula Rivero
soluciones al cansancio

Vivir con la sensación de tener siempre algo pendiente es cada día más normal. Hay que llegar a tiempo, trabajar, estudiar, contestar mensajes, atender a la familia, cumplir objetivos, estar disponibles y, además, encontrar un momento para descansar. Pero ¿qué ocurre cuando descansar se convierte en otra tarea más de nuestra lista? Te damos las claves para bajarte del tren de la generación del “no puedo más”.

El estrés y el cansancio se han instalado en nuestro día a día casi con total normalidad. Decimos “estoy agotado” como quien dice “he tenido un día largo”, y muchas veces asumimos que dormir poco, vivir con prisas o no tener tiempo para nosotros forma parte de la vida moderna. El problema aparece cuando ese cansancio deja de ser puntual y se convierte en algo habitual.

Un círculo vicioso

El estrés prolongado puede afectar tanto al bienestar físico como al mental, y también puede repercutir en el sueño. Cuando acumulamos estrés, también acumulamos tensión, preocupaciones, dificultades para desconectar, problemas para dormir o falta de concentración, contribuyendo al agotamiento físico y emocional y favoreciendo la aparición o el empeoramiento de determinados síntomas psicológicos. Y cuando estamos cansados, nos cuesta más gestionar nuestras emociones, afrontar los problemas cotidianos y encontrar tiempo o energía para cuidarnos. Esto demuestra cómo el cansancio, el estrés y la salud mental están estrechamente relacionados.

Cansancio mental: atento las primeras señales

  • Cansancio que no mejora aunque durmamos.
  • Dificultad para concentrarnos o tomar decisiones.
  • Irritabilidad o cambios de humor frecuentes.
  • Sensación de estar constantemente preocupados o “con la cabeza llena”.
  • Problemas para conciliar o mantener el sueño.
  • Dolores de cabeza o tensión muscular asociados al estrés.
  • Falta de motivación o pérdida de interés por actividades que antes disfrutábamos.
  • Sensación de incapacidad para afrontar las tareas habituales.

Soluciones para evitar males mayores

  1. Aprender a reconocer las primeras señales: uno de los primeros pasos es detectar el cambio antes de llegar al límite. Dormir peor, despertarse cansado, tener dificultades para concentrarse, estar más irritable, perder motivación o sentir que cualquier tarea supone un esfuerzo enorme son señales que conviene tomar en serio. Debemos prestar especial atención cuando durante semanas aparece una combinación de síntomas como tristeza o vacío persistente, pérdida de interés o placer, ansiedad difícil de controlar, alteraciones importantes del sueño o del apetito, aislamiento, sentimientos de culpa o inutilidad, dificultades importantes para concentrarse o una disminución clara de nuestra capacidad para realizar las actividades habituales. No es necesario esperar a que aparezca una depresión para pedir ayuda. La intervención temprana puede evitar que el malestar se cronifique. Cuando los síntomas son persistentes, intensos y empiezan a interferir en el trabajo, las relaciones, el descanso o las actividades cotidianas, es recomendable consultar con un profesional sanitario.
  2. Recuperar el descanso como una necesidad, no como un premio: cuando estamos sometidos a mucha presión, es frecuente sacrificar el sueño, los momentos de ocio o los fines de semana para “ponernos al día”. El problema es que, si nunca existe un periodo real de recuperación, el cansancio se acumula. Mantener horarios de sueño relativamente regulares y proteger suficientes horas de descanso forma parte de una estrategia de cuidado de la salud mental.
  3. Hacer actividad física, aunque sea moderada: el ejercicio no tiene que convertirse en otra obligación que genere estrés. Caminar, montar en bicicleta, nadar, bailar o practicar cualquier actividad que resulte agradable puede ser suficiente para empezar. La evidencia indica que la actividad física regular se asocia con una reducción de los síntomas de ansiedad y depresión y con mejoras del sueño y del bienestar. La OMS recomienda, para los adultos, entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, aunque incluso empezar con pequeñas cantidades puede ser beneficioso.
  4. Poner límites a la sobrecarga: a veces el problema no es que necesitemos aprender a relajarnos, sino que estamos intentando mantener un ritmo que no es sostenible. Aprender a decir “no”, establecer horarios de desconexión, reducir tareas innecesarias, hacer pausas y separar, cuando sea posible, el tiempo de trabajo del tiempo personal puede ser más eficaz que intentar compensar una sobrecarga constante con técnicas de relajación.
  5. Mantener los vínculos sociales: el aislamiento puede aparecer precisamente cuando estamos agotados: dejamos de quedar con amigos, contestamos menos mensajes y dejamos de hacer actividades que antes nos proporcionaban bienestar. Sin embargo, mantener relaciones significativas constituye un importante factor protector.
  6. No convertir el descanso en otra fuente de presión: existe también una paradoja en nuestra relación con el bienestar: podemos terminar convirtiendo el “cuidarnos” en otra lista de obligaciones. Dormir perfectamente, hacer ejercicio todos los días, meditar, comer de determinada manera y mantener una productividad constante no debería convertirse en un nuevo motivo de culpa.
  7. Pedir ayuda antes de llegar al límite: quizá sea la medida más importante. Si una persona lleva semanas o meses sintiéndose permanentemente agotada, con dificultades para funcionar, pérdida de interés, alteraciones del sueño, tristeza, irritabilidad o sensación de desesperanza, no debería limitarse a “esperar a que se le pase”. Un profesional sanitario puede valorar tanto el estado psicológico como posibles causas físicas del cansancio y determinar si existe un cuadro de ansiedad, depresión, burnout u otro problema. La depresión, además, no siempre comienza con una tristeza evidente. El cansancio, la falta de energía y las dificultades de concentración también pueden formar parte del cuadro.

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