Superar un cáncer es el gran objetivo, pero algunos tratamientos oncológicos pueden dejar efectos que aparecen mucho tiempo después. Entre ellos está la cardiotoxicidad, un daño sobre el corazón asociado a determinados fármacos y tratamientos que, en algunos pacientes, puede manifestarse incluso diez o veinte años después de haber finalizado la terapia.
Con motivo del Día Mundial del Corazón, que se celebra el 29 de septiembre, la Sociedad Española de Medicina Nuclear e Imagen Molecular (SEMNIM) pone el foco en una realidad todavía poco conocida por muchos pacientes: algunos tratamientos utilizados frente al cáncer pueden afectar al corazón y hacen necesario mantener una vigilancia cardiológica incluso después de haber superado la enfermedad.
Este posible daño recibe el nombre de cardiotoxicidad. Puede aparecer durante el tratamiento, poco después de finalizarlo o, en determinados pacientes, muchos años más tarde.
«La cardiotoxicidad puede aparecer de forma aguda, en el primer año postratamiento, o de forma tardía, diez o veinte años después, sobre todo en quienes fueron tratados de niños», explica el Dr. Francisco Sebastián Palacid, coordinador del Grupo de Trabajo de Cardiología de SEMNIM y facultativo del Hospital Clínico Universitario de Valladolid.
Por eso, superar un cáncer no siempre significa que el seguimiento médico pueda darse por terminado. En los pacientes con mayor riesgo, la vigilancia del corazón puede tener que prolongarse durante años o incluso décadas.
¿Por qué algunos tratamientos contra el cáncer pueden dañar el corazón?
Los avances en oncología han permitido aumentar de forma importante la supervivencia de muchos tipos de cáncer. Sin embargo, algunos tratamientos pueden tener efectos sobre otros órganos, entre ellos el corazón.
Determinados medicamentos de quimioterapia, especialmente las antraciclinas, y algunos tratamientos dirigidos pueden afectar al músculo cardíaco y reducir progresivamente su capacidad de bombeo. También la radioterapia administrada sobre la zona torácica puede incrementar el riesgo cardiovascular a largo plazo en determinados pacientes.
El problema es que ese daño no siempre produce síntomas al principio. Una persona puede sentirse bien y, sin embargo, empezar a desarrollar pequeñas alteraciones en la función del corazón que conviene detectar antes de que evolucionen.
Por eso, en determinados pacientes resulta especialmente importante conocer cómo funciona el corazón antes de iniciar el tratamiento, vigilarlo durante la terapia y continuar el seguimiento después.
Medir cómo funciona el corazón antes, durante y después del cáncer
Una de las técnicas utilizadas para controlar la función cardíaca es la ventriculografía isotópica, también conocida como MUGA.
Esta prueba permite valorar de manera precisa la capacidad del corazón para bombear la sangre y puede realizarse antes de comenzar determinados tratamientos oncológicos para obtener una medida de referencia. Posteriormente puede repetirse durante el tratamiento para comprobar si se producen cambios.
Su principal ventaja es que ofrece resultados muy reproducibles, lo que permite comparar estudios realizados en diferentes momentos.
«Si la función del corazón baja entre un estudio y otro, sabemos que es un cambio real, no un error de medición», señala el Dr. Sebastián Palacid.
La ventriculografía isotópica no es la única herramienta utilizada. El seguimiento actual de la cardiotoxicidad es multimodal y puede incluir ecocardiografías, análisis de determinados biomarcadores y, cuando está indicado, resonancia magnética cardíaca.
El objetivo es detectar cualquier posible deterioro lo antes posible y adaptar el seguimiento o el tratamiento a las necesidades de cada paciente.
Cáncer de mama y linfomas: algunos de los pacientes con mayor vigilancia
No todas las personas que reciben tratamiento contra el cáncer presentan el mismo riesgo de cardiotoxicidad.
SEMNIM señala especialmente a las mujeres con cáncer de mama tratadas con antraciclinas y trastuzumab, ya que determinados esquemas terapéuticos pueden aumentar el riesgo de alteraciones cardíacas.
También requieren una atención especial algunos pacientes con linfoma, especialmente cuando reciben tratamientos que incluyen antraciclinas y radioterapia sobre el tórax.
El riesgo puede ser mayor, además, en personas que ya presentan otros factores cardiovasculares, como diabetes, edad avanzada o una enfermedad cardíaca previa, así como en quienes han recibido dosis acumuladas elevadas de tratamientos potencialmente cardiotóxicos.
Esto no significa que estos tratamientos deban evitarse cuando están indicados, sino que en determinados pacientes es especialmente importante vigilar el corazón y detectar cualquier alteración de forma precoz.
Los supervivientes de cáncer infantil pueden necesitar controles durante décadas
Existe un grupo en el que esta vigilancia cobra especial importancia: las personas que fueron tratadas de cáncer durante la infancia o la adolescencia.
Niños y adolescentes tratados por leucemias, linfomas o sarcomas pueden haber recibido determinadas terapias cuando el músculo cardíaco todavía se encontraba en desarrollo. En algunos casos, las consecuencias cardiovasculares no aparecen hasta muchos años después, cuando el paciente ya es adulto.
«Por eso a estos pacientes se les debería seguir durante décadas, no solo durante el tratamiento», afirma el Dr. Sebastián Palacid.
El seguimiento a largo plazo permite identificar a quienes desarrollan alteraciones cardíacas y actuar antes de que el problema progrese.
La importancia de conocer el tratamiento que se recibió
Para las personas que han superado un cáncer, especialmente si han pasado muchos años desde el diagnóstico, puede ser útil conservar información sobre los tratamientos recibidos.
Conocer qué fármacos se utilizaron, las dosis administradas o si se recibió radioterapia torácica puede ayudar a los profesionales sanitarios a valorar el riesgo cardiovascular años después.
También es importante comunicar al médico cualquier síntoma nuevo, como falta de aire, cansancio excesivo, palpitaciones, hinchazón de piernas o menor tolerancia al esfuerzo, aunque estas manifestaciones pueden tener muchas otras causas y no significan necesariamente que exista cardiotoxicidad.
La necesidad y la frecuencia de los controles deben individualizarse según el tratamiento recibido, la edad del paciente y sus factores de riesgo cardiovascular.
Cuidar el corazón también forma parte de la recuperación del cáncer
La denominada cardio-oncología ha adquirido cada vez más importancia precisamente porque el aumento de la supervivencia frente al cáncer obliga a prestar atención no solo a controlar la enfermedad, sino también a prevenir y tratar las posibles consecuencias a largo plazo de sus tratamientos.
La vigilancia cardiovascular permite identificar a los pacientes con mayor riesgo y actuar de forma precoz cuando aparecen alteraciones.
En este seguimiento, la medicina nuclear puede desempeñar un papel importante, aunque SEMNIM advierte de que el acceso a estas técnicas continúa siendo desigual entre comunidades autónomas e incluso entre hospitales.
La sociedad científica recuerda además que la medicina nuclear no se limita al cáncer. También se utiliza para estudiar la circulación sanguínea del corazón, valorar la viabilidad del músculo cardíaco y analizar determinadas enfermedades cardiovasculares.
«Cuando la gente escucha ‘medicina nuclear’ o ‘radiactividad’, automáticamente piensa en oncología, y muy poca gente sabe que llevamos décadas utilizando estas técnicas para diagnosticar, monitorizar y estratificar el riesgo de numerosas enfermedades cardiovasculares con dosis de radiación mínimas y perfectamente controladas», concluye el especialista.
Para los pacientes que han superado un cáncer, el mensaje es especialmente relevante: terminar el tratamiento oncológico no siempre significa terminar todos los controles. En determinados casos, vigilar el corazón durante los años posteriores puede formar parte también del cuidado de la salud a largo plazo.
