Con la edad, el sistema inmunitario experimenta cambios que pueden hacer que su respuesta frente a las infecciones y a las vacunas sea menos intensa o menos duradera. Es lo que se conoce como inmunosenescencia, una realidad especialmente relevante en enfermedades como la gripe, que en las personas mayores puede provocar complicaciones graves, descompensar patologías previas e incluso comprometer su autonomía.
Por este motivo, en los últimos años se han desarrollado vacunas específicamente adaptadas a las necesidades de la población de mayor edad, entre ellas las vacunas adyuvadas y las vacunas de alta dosis, que utilizan estrategias diferentes para mejorar la respuesta inmunitaria.
Un estudio publicado en JAMA Network Open, realizado en cerca de 430.000 adultos de 65 años o más, ha comparado ambas estrategias en condiciones de práctica clínica habitual, sin encontrar diferencias significativas entre ellas en la protección frente a la gripe confirmada ni en los casos que requirieron atención en urgencias u hospitalización.
A partir de estos resultados, hablamos con Javier Castrodeza, Catedrático de Medicina y Salud Pública en la Universidad de Valladolid, sobre cómo proteger mejor a las personas mayores frente a la gripe, qué diferencias existen entre las distintas vacunas disponibles y por qué vacunarse en estas edades significa mucho más que evitar unos días de fiebre y malestar.
Para un paciente que no está familiarizado con la terminología de laboratorio, la palabra «adyuvante» puede sonar muy compleja. Si tuviera que explicárselo a un familiar utilizando una analogía de la vida cotidiana, ¿cómo definiría qué es un adyuvante y por qué es tan importante para que el sistema inmunitario de un adulto mayor reaccione con fuerza?
Un adyuvante podría ser como un “amplificador inteligente de la vacuna”. La vacuna presenta al sistema inmunitario una señal del virus de la gripe, para que el organismo aprenda a reconocerlo y pueda reaccionar si más adelante se encuentra con el virus real. El adyuvante auda a que esa señal no pase desapercibida.
El adyuvante actuaría como un sistema que hace que esa señal se identifique con más claridad y movilice mejor la respuesta. Esto es importante porque, con la edad, se produce lo que llamamos inmunosenescencia: el sistema inmunitario sigue funcionando, pero puede responder con menos intensidad, con menor rapidez o con una respuesta menos duradera. Por eso, en mayores de 65 años no siempre basta con utilizar la misma estrategia de vacunación que en adultos jóvenes.
También conviene aclarar algo al paciente: el adyuvante no es el virus, no produce gripe y no convierte la vacuna en una vacuna “más fuerte” en el sentido de más reactógena. Su papel es ayudar al sistema inmunitario a reconocer mejor el estímulo de la vacuna.
En resumen. La vacuna enseña al sistema inmunitario contra quién debe defenderse; el adyuvante ayuda a que esa enseñanza sea más eficaz, especialmente en personas cuyo sistema inmunitario necesita un estímulo adicional para responder bien.
El estudio publicado en JAMA Network Open demuestra que las vacunas adyuvadas y las de alta carga tienen una efectividad comparable. Teniendo esto en cuenta, ¿podría explicarnos la diferencia «de estrategia» entre ambas? Es decir, mientras la de alta carga pone «más cantidad» de virus inactivo, ¿qué es exactamente lo que hace la adyuvada para lograr ese mismo nivel de protección con una dosis estándar?
La diferencia entre una vacuna adyuvada y otra de alta carga está en la estrategia que utilizan para mejorar la respuesta inmunitaria en personas mayores.
La vacuna de alta carga utiliza una estrategia cuantitativa: aporta más cantidad de antígeno, es decir, más cantidad de la parte del virus inactivado que queremos que el sistema inmunitario reconozca. La lógica es sencilla: si el sistema inmunitario del adulto mayor responde con menos intensidad, se le ofrece una señal más abundante para intentar provocar una respuesta adecuada.
La vacuna adyuvada utiliza una estrategia distinta, más cualitativa. No se basa en poner más cantidad de antígeno, sino en mejorar la forma en la que el sistema inmunitario detecta y procesa esa señal. Añade un adyuvante que estimula la respuesta inmunitaria inicial y ayuda a que las células encargadas de presentar el antígeno activen mejor al resto del sistema defensivo.
Por eso, si queremos decirlo de forma sencilla, la vacuna de alta carga dice: “voy a poner más cantidad de señal”. La vacuna adyuvada dice: “voy a hacer que esa señal se vea mejor y active mejor las defensas”.
Lo relevante del estudio publicado en JAMA Network Open es que, al comparar ambas estrategias en adultos mayores, no se observaron diferencias significativas en la protección frente a gripe confirmada por PCR ni frente a los casos que acabaron en urgencias u hospitalización. Es decir, son dos caminos diferentes para abordar el mismo problema: la menor respuesta inmunitaria asociada a la edad.
Esto tiene interés práctico porque no se trata de decir que una estrategia sea conceptualmente igual a la otra. No lo son. Una incrementa la cantidad de antígeno; la otra potencia la respuesta al antígeno. En el studio referenciado ambas ofrecieron una efectividad comparable en una población especialmente vulnerable.
Muchas personas confunden la gripe con un resfriado fuerte y no son conscientes de sus verdaderos riesgos. Al ver datos del estudio donde la vacuna adyuvada muestra una efectividad relativa del 9,1% frente a hospitalizaciones o visitas a urgencias por gripe confirmada , ¿qué mensaje crucial debemos transmitirle al paciente mayor de 65 años sobre lo que realmente estamos previniendo (como la neumonía o el riesgo de ingreso hospitalario)?
El mensaje más importante para una persona mayor de 65 años es que la gripe no debe banalizarse. No estamos hablando simplemente de pasar unos días con fiebre, tos, cansancio o dolor muscular. En el adulto mayor, la gripe puede ser el desencadenante de complicaciones muy serias.
Una infección gripal puede favorecer una neumonía, puede descompensar una enfermedad cardiaca o respiratoria previa, puede empeorar una diabetes, puede precipitar una pérdida de autonomía y hacer dependiente a una persona o puede hacer que una persona que hasta entonces estaba estable acabe necesitando atención urgente o ingreso hospitalario.
Por eso, cuando hablamos de vacunación antigripal en mayores, el objetivo no es solo evitar la infección leve. El verdadero objetivo de salud pública es reducir el riesgo de enfermedad grave, complicaciones, visitas a urgencias, hospitalizaciones y pérdida funcional.
El dato del estudio sobre gripe confirmada asociada a hospitalización o visita a urgencias es especialmente relevante porque se aproxima a lo que más nos preocupa en la práctica clínica: no solo cuántas personas se infectan, sino cuántas evolucionan hacia formas que requieren atención sanitaria urgente.
La vacuna de la gripe no se la recomendamos solo para que no tengamos la gripe, la recomendamos para reducir la probabilidad de que una gripe te lleve a urgencias, te provoque una neumonía, descompense tus enfermedades o acabes en un ingreso hospitalario”.
Este cambio de enfoque es fundamental. En mayores de 65 años, vacunarse frente a la gripe no es una medida menor; es una herramienta para preservar salud, autonomía y calidad de vida durante la temporada gripal.
Con los datos epidemiológicos recientes sobre la mesa, que estiman que las personas mayores de 65 años representan más de la mitad de las hospitalizaciones por gripe, ¿cuál es la recomendación principal de cara a la próxima campaña de vacunación? Si un paciente acude a su centro de salud en otoño, ¿qué tipo de vacunas específicas —respaldadas por las guías médicas como el ACIP— debería esperar recibir en lugar de una vacuna estándar?
La recomendación principal de cara a la próxima campaña es que las personas de 65 años o más se vacunen frente a la gripe cada temporada y que, siempre que sea posible, reciban vacunas específicamente pensadas para su edad y su riesgo.
En este grupo no deberíamos hablar simplemente de “poner la vacuna de la gripe”, como si todas las vacunas fueran equivalentes desde el punto de vista estratégico. En adultos mayores, las guías como ACIP recomiendan preferentemente vacunas de mayor inmunogenicidad: vacunas adyuvadas, vacunas de alta dosis o vacunas recombinantes. Todas ellas buscan responder a un mismo problema clínico: el sistema inmunitario envejecido puede necesitar una formulación más adaptada para generar una respuesta protectora adecuada.
Por tanto, si un paciente de 70, 75 u 80 años acude a su centro de salud en otoño, el mensaje debería ser: “Por su edad, usted pertenece a un grupo con más riesgo de complicaciones por gripe; por eso conviene utilizar una vacuna diseñada específicamente para personas mayores, si está disponible”.
La vacuna adyuvada es una de esas opciones porque incorpora un componente que potencia la respuesta inmunitaria. La vacuna de alta dosis es otra opción porque aporta más cantidad de antígeno. Y la vacuna recombinante también forma parte de las alternativas preferentes en algunas recomendaciones internacionales.
También es importante transmitir que la recomendación no debe depender solo de si el paciente “se encuentra bien”. Muchas personas mayores activas, autónomas y sin sensación de fragilidad pueden tener igualmente más riesgo de complicaciones por edad. El criterio no es solo cómo se siente el paciente en ese momento, sino el riesgo que tiene si contrae la gripe.
Mi recomendación en entrevista sería: “La próxima temporada debemos insistir en vacunar a los mayores de 65 años y en hacerlo, cuando esté disponible, con vacunas adaptadas a este grupo: adyuvadas, de alta dosis o recombinantes. No se trata solo de vacunar más, sino de vacunar mejor a quienes más riesgo tienen”.
Este estudio se ha realizado analizando la práctica clínica real en cerca de 430.000 adultos. Para el ciudadano de a pie, que a veces ve los ensayos clínicos como algo lejano o de laboratorio, ¿por qué aporta tanta tranquilidad saber que estos resultados reflejan lo que ocurre «en la vida real» y en el día a día de los centros de salud?
El valor de este estudio es que nos acerca mucho a lo que ocurre en la práctica clínica cotidiana. Los ensayos clínicos clásicos son imprescindibles, pero a veces se realizan en condiciones muy controladas, con criterios estrictos de inclusión y exclusión, y no siempre reflejan toda la complejidad de los pacientes que vemos en la vida real.
En cambio, este estudio analizó la vacunación en una amplia red sanitaria, en condiciones habituales de asistencia. Es decir, con personas mayores reales, que pueden tener varias enfermedades crónicas, distintos tratamientos, diferentes niveles de fragilidad y situaciones clínicas muy diversas. Ese contexto se parece mucho más al día a día de un centro de salud.
Además, no hablamos de una muestra pequeña. El estudio incluyó cerca de 430.000 adultos de 65 años o más. Ese tamaño aporta solidez porque permite observar resultados en una población amplia y representativa del grupo que más nos preocupa en la gripe: las personas mayores.
Otro aspecto interesante es el diseño: los centros alternaban semanalmente la administración de vacuna adyuvada y vacuna de alta carga. Esto permite comparar ambas estrategias en un entorno real, pero con una organización que reduce sesgos y se aproxima a una asignación aleatorizada.
Para el ciudadano, esto aporta tranquilidad por una razón muy sencilla: los resultados no salen solo de una situación ideal, sino de la práctica clínica real. Reflejan lo que pasa cuando estas vacunas se administran a personas mayores en condiciones normales de asistencia sanitaria.
Yo lo explicaría así: Los estudios en vida real nos ayudan a responder a una pregunta muy importante para el paciente: ¿esto funciona en personas como yo, en un centro como el mío y en una temporada gripal real?. Este estudio aporta evidencia precisamente en ese sentido.
