Diario de una farmacia rural durante la crisis del covid

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Debemos estar muy orgullosos de nuestro trabajo. Durante esta época que hemos vivido de cambios y adaptación constante, el farmacéutico ha formado un eslabón importantísimo en esta pandemia. Y quizás aún más en el medio rural. Me llamo Elisa Miguel Gil y llevo 7 años perteneciendo a la farmacia rural, 5 de ellos regentando una pequeña farmacia de un pueblo de Palencia de un millar de habitantes, Magaz de Pisuerga.

Está claro que la gestión de una farmacia rural discrepa mucho de una de ciudad, y más en tiempos de coronavirus. En mi caso y en el de muchas, hemos sido el único centro sanitario de referencia de nuestra zona. Hemos sido médicos, enfermeros, veterinarios, dentistas y psicólogos todo en uno. Con la consulta médica suspendida y sin ningún sanitario accesible, hemos tenido que “buscarnos la vida” en plena época de caos. Cada día cambiaban las reglas de juego, y nos teníamos que ir adaptando “sobre la marcha. La información sobre el funcionamiento de nuestra zona de salud se iba cambiando cada día. Nuestro teléfono no paraba de sonar, y las colas para entrar en la farmacia, fueron lo nunca visto en nuestro pueblo.

Al final tomamos el mando y la organización fue entrando a su cauce. Nos pusimos en contacto a diario con el Centro de Salud al cual pertenecíamos con sede en Palencia, pero que tan poco sabíamos el uno del otro. La relación se fue estrechando y vimos que éramos necesarios el uno para el otro. Lo nunca visto en mi corta vida profesional. Médicos y farmacéuticos trabajando codo con codo, ninguno era más que el otro. Cada día se nos asignaba un médico diferente de manera telefónica, nada que ver con la cercanía que acostumbraban a tener con su médico de cabecera. Muchos de ellos me pedían que fuera yo quien llamara al médico y contara su caso porque era más fácil para ellos expresarse y que yo tradujera al médico su inquietud. Y por otra parte los propios médicos me llamaban para solucionar dudas sobre la medicación de “nuestros pacientes” porque yo conocía toda su historia casi como una madre, pero versión farmacéutica. Cada dos días me acercaba a la capital para ir a recoger recetas, informes y bajas de toda mi población, y así evitar el desplazamiento de los vecinos.

Los comienzos fueron agotadores, pero muy reconfortantes. Por fin el farmacéutico estaba siendo imprescindible y valorado a la hora de la dispensación del medicamento. O al menos éste ha sido mi sentimiento. La primera semana tras el caos, recibí una llamada que para mi fue el triunfo y reconocimiento de la farmacia rural. Y espero que sea un precedente. Como ya sabéis, en la España vaciada, el concepto “botiquín de farmacia” está obsoleto. Estamos rodeados de pueblos de menos de 100 habitantes que hasta un botiquín es inviable económicamente. Esos pueblos están cubiertos por farmacias como la mía, donde conocemos de memoria cada patología e incluso la marca de cada medicina que consumen.

La llamada fue el reconocimiento legal por parte de las instituciones del reparto de medicamentos en dichos pueblos, cosa que siempre se nos había negado. Incluso nos ofrecieron la ayuda de Cruz Roja para el reparto. Este servicio lo rechacé porque era un honor llevarles yo misma las medicinas a sus casas puesto que me necesitaban más que nunca.

Ojalá se nos valore y reconozca este servicio tan necesario no solo por “Estado de Alarma”, ya que muchos de los habitantes de pueblos pequeños son pacientes polimedicados de avanzada edad y sin posibilidad de desplazamiento a su farmacia del pueblo más cercano.

Continuo con mi diario de una farmacéutica en apuros. Los días iban pasando y la consciencia de la peligrosidad de la situación iba creciendo. Una de mis empleadas tuvo que coger la baja por posible contacto con un familiar con coronavirus. Fueron 20 días trabajando de 9am a 9pm sin poder apenas respirar. Mi casa, como la de muchos farmacéuticos rurales, comunica con la farmacia, por lo que apenas dedicaba media hora para comer y continuar trabajando. Los pedidos se multiplicaron por cuatro y las manos se habían dividido por dos.

Empezamos a oír las primeras noticias de farmacias cerradas y de farmacéuticos fallecidos por Covid-19. Decidimos seguir el ejemplo de farmacias italianas que habían instalado mamparas de seguridad en los mostradores. Al principio fue todo muy impactante. Llenamos la farmacia de carteles y líneas en el suelo de “respeten la distancia de seguridad” y “no toquen los mostradores”. La conciencia era nula y los hacía invisibles. Parece mentira lo que ha cambiado a día de hoy. Todo el mundo respeta, espera paciente su turno incluso fuera de la farmacia, aunque no considerase en mis normas como necesario. Ojalá aprendamos de todo esto y que a pesar de la dureza de la situación saquemos la parte positiva.

La última fase que estamos viviendo tiene poco que ver con el principio. El tema estrella es la caza” de las mascarillas, geles hidroalcohólicos, termómetros o guantes entre otros. Los llamados “artículos covid”. Para una farmacia pequeña ha sido todo un desafío. Primero conseguir proveedores de confianza y precios asequibles, segundo explicar a la población el alto precio y tercero adaptar los precios a los decretos publicados cambiantes cada día.

La noche que me enteré de la fijación de las mascarillas quirúrgicas exploté, porque después de todo el esfuerzo que había hecho para conseguirlas, tenía que venderlas a más de 50 céntimos de pérdidas. Decidí grabar un vídeo y subirlo a las redes sociales de mi farmacia. No era nada nuevo para mí, puesto que llevaba haciéndolo toda la pandemia con vídeos explicativos de cómo ponerse una mascarilla, uso de guantes, medidas socio-higiénicas o medidas dietéticas. Pero este último video en cuestión de horas se hizo viral. A la media hora me llamó la radio, al día siguiente el periódico, vino la tv regional, algo incluso abrumador para mí. Lo que me quedo de todo esto fue el calor de mi gente devolviendo mi dedicación y valorando todo mi esfuerzo pidiéndome que las mascarillas las vendiera al precio mío y no al del Estado, hasta prácticamente agotarlas.

Para finalizar deciros que, ser farmacéutico rural es una responsabilidad añadida a nuestra profesión, pero sin duda, es un orgullo para quien lo vive.

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