ALIMENTOS FUNCIONALES: ¿qué son y para qué sirven?

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Enriquecido con omega-3, con fitoesteroles, rico en calcio, probiótico… Son conceptos habituales que encontramos en los envases de ciertos alimentos que se engloban dentro de la denominación de “alimentos funcionales”.

Pero, ¿qué son los alimentos funcionales? Según el Instituto Internacional de Ciencias Biológicas (ILSI) un alimento es funcional si se demuestra satisfactoriamente que, además de sus efectos nutritivos, afecta beneficiosamente a una o más funciones del organismo de modo que mejora el estado de salud o bienestar o reduce el riesgo de enfermedad.
Para Miguel Bixquert, jefe del Servicio de Medicina Digestiva del Hospital Arnau de Vilanova, en Valencia, los alimentos funcionales, además de aportar sus propiedades nutritivas, le suman un valor añadido en salud. Sin embargo, la ingesta regular de estos productos no debe ser la única medida saludable, sino que han de combinarse con una dieta equilibrada y variada y con ejercicio físico para ser eficaces. Si por ejemplo, explica el experto, “la persona que toma alimentos ricos o enriquecidos en calcio no hace ejercicio físico, el mineral no se deposita en los huesos y, a lo mejor, se elimina por la orina, lo que eleva el riesgo de piedras en el tracto urinario”.

Debido al creciente interés y la comercialización masiva de alimentos funcionales la Unión Europea creó una Comisión Europea de Acción Concertada sobre Bromatología Funcional en Europa (Functional Food Science in Europe, FUFOSE). El programa ha sido coordinado por el Instituto Internacional de Ciencias Biológicas (International Life Sciences Institute (ILSI), y su objetivo es desarrollar y establecer un enfoque científico sobre las pruebas que se necesitan para respaldar el desarrollo de productos alimenticios que puedan tener un efecto beneficioso sobre una función fisiológica del cuerpo, y mejorar el estado de salud y bienestar de un individuo o reducir el riesgo de que desarrolle enfermedades.

La posición que defiende este organismo es que los alimentos funcionales deberían presentarse en forma de alimentos normales, y que se deben demostrar sus efectos en las cantidades que normalmente se consumirían en la dieta. Un alimento funcional puede ser un alimento natural, un alimento al que se ha añadido un componente, o un alimento al que se le ha quitado un componente mediante medios tecnológicos o biológicos. También puede tratarse de un alimento en el que se ha modificado la naturaleza de uno o más de sus componentes, o en el que se ha modificado la biodisponibilidad de uno o más de sus componentes, o cualquier combinación de estas posibilidades.

De los aproximadamente 200 productos que hay en el mercado, que pueden considerarse funcionales, los más conocidos son leche y derivados lácteos, zumos, cereales y huevos. En la actualidad la industria de la alimentación innova, desarrolla y comercializa de forma acelerada, sobrepasando el ritmo de desarrollo legislativo. Por ello, hay que destacar que aún nos encontramos ante un vacío legal que provoca cierta desprotección de los consumidores.

COMPONENTES DE LOS ALIMENTOS FUNCIONALES
1. Fibra dietética
Beneficios: favorece el tránsito intestinal y previene o mejora el estreñimiento, las hemorroides y otras afecciones intestinales; aporta sensación de saciedad; y contribuye a reducir las tasas de colesterol en sangre.
Se encuentra de modo natural en: legumbres, verduras y hortalizas, frutas frescas y desecadas, frutos secos, cereales de grano entero y productos elaborados con dichos alimentos.
Alimentos funcionales: productos enriquecidos en fibra tales como galletas, pan y otros cereales, determinados lácteos (leche con fibra soluble).

2. Azúcares alcohol (polioles) o azúcares de baja energía
Beneficios: son menos calóricos y menos cariogénicos (no provocan caries).
Se encuentra de modo natural en: existen polioles naturales, pero la mayoría se fabrican mediante la transformación de azúcares en laboratorio.
Alimentos funcionales: productos bajos en calorías (caramelos, gominolas, chicles…) y para diabéticos. También se encuentran sustitutos del azúcar común (sorbitol, manitol, xilitolm, etc.).

3. Aminoácidos
Beneficios: acciones favorables frente al sistema nervioso y el funcionamiento del sistema inmunológico o de defensas del organismo.
Se encuentra de modo natural en: alimentos ricos en proteínas como carnes, pescados, huevos, lácteos y derivados de estos alimentos, legumbres, cereales y frutos secos.
Alimentos funcionales: en forma de complementos dietéticos específicos y en productos específicos para deportistas (batidos, bebidas…).

4. Ácidos grasos insaturados
Beneficios: reducen los niveles de colesterol total en sangre a expensas del llamado “colesterol malo” (LDL-c) y aumentan el llamado “colesterol bueno” (HDL-c).
Se encuentra de modo natural en: aceites de semillas (girasol, maíz, soja), margarinas vegetales, frutos secos grasos u oleaginosos (en especial, nueces y almendras), aceite de hígado de bacalao y pescado.
Alimentos funcionales: leche con omega-3 u oleico, galletas con omega-3, huevos DHA.

5. Fitoesteroles
Beneficios: provocan el llamado “colesterol malo” (LDL) en el intestino se bloquee y se expulse junto con las heces.
Se encuentra de modo natural en: almendras, nueces, cacahuetes, pipas de girasol, cereales de grano entero y aceites vegetales.
Alimentos funcionales: se añaden a alimentos como la margarina y los yogures.

6. Vitaminas y minerales
Beneficios: las vitaminas y los minerales son nutrientes esenciales fundamentales para el buen funcionamiento del organismo y para un adecuado crecimiento y desarrollo.
Se encuentra de modo natural en: tanto las vitaminas como los minerales se encuentran distribuidos en la naturaleza en distintos alimentos
Alimentos funcionales: sal yodada, cereales de desayuno (hierro y folatos), lácteos y margarina enriquecida (vitaminas A y D, calcio), derivados de la soja (calcio, vitaminas A y D), fórmulas y productos de alimentación infantil.

7. Antioxidantes
Beneficios: frenan o neutralizan la acción nociva de los radicales libres. Estos pueden producir una alteración genética sobre determinadas células aumentando el riesgo de padecer cáncer, o bien reducen su funcionalidad, lo que es característico del envejecimiento y de enfermedades degenerativas. Además, los radicales libres oxidan los lípidos que circulan por la sangre, lo que implica un mayor riesgo de que éstos se depositen en las paredes de los vasos sanguíneos aumentando el riesgo de enfermedades cardiovasculares.
Se encuentra de modo natural en: las vitaminas E (aceite vegetal virgen, frutos secos, germen de trigo, cereales de grano entero) y C (cítricos, kiwi, pimiento, tomate, coles), también los carotenoides (licopeno -pigmento del tomate-; beta-caroteno -pigmento presente en zanahorias, calabazas, mango), cinc (carnes, pescados, huevos) y selenio (carnes, pescados, huevos y marisco), polifenoles (vegetales en general) y compuestos de azufre (verduras de la familia de la col, cebollas, ajos…).
Alimentos funcionales: podemos encontrar alimentos enriquecidos en antioxidantes tales como margarinas, ciertos lácteos, bebidas y zumos.

Alimentos probióticos y prebióticos
De entre los alimentos funcionales quizás sean los probióticos y los prebióticos los que han adquirido mayor relevancia y han sido objeto de mayores estudios. Las bacterias ácido-lácticas son microorganismos vivos que al ser ingeridos en cantidades suficientes tienen efectos muy beneficiosos para la salud. Los alimentos que las contienen se denominan probióticos. Contribuyen a equilibrar la flora intestinal, por lo que son beneficiosas en caso de diarrea, estreñimiento, intolerancia a la lactosa y tras un tratamiento con antibióticos que la desequilibran. Además, estas bacterias potencian nuestro sistema inmunológico, por lo que resultan muy favorables en situaciones en las que nuestras defensas están disminuidas, sea cual sea el motivo (infecciones recurrentes, situaciones de estrés, deportistas de elite con entrenamientos fuertes e intensos, etc.).
Los alimentos que las contienen son los yogures frescos que necesitan frío para su conservación y otras leches fermentadas, quesos enriquecidos con bífidus, así como ciertos preparados alimenticios infantiles.
El término prebiótico hace referencia a aquellos alimentos que contienen ingredientes que el organismo no es capaz de digerir, pero que tienen la propiedad de mejorar la salud al promover el crecimiento de bacterias intestinales beneficiosas.
En esta categoría se encuentran los fructo-oligosacáridos, un tipo de fibra soluble que contiene fructosa, presente en ciertos alimentos vegetales. Entre sus propiedades destacan la mejora de la microflora y tránsito intestinales; efecto protector frente al cáncer de intestino grueso; su acción positiva sobre el sistema inmunológico, además de favorecer la absorción de calcio por parte de nuestro organismo.
Se encuentra de modo natural en variedad de vegetales como el puerro, la cebolla, el espárrago, el ajo, la alcachofa, el tomate, la alfalfa o el plátano. Asimismo se añade, por sus efectos positivos, a bebidas, productos lácteos y de repostería, alimentos infantiles, mayonesas ligeras y quesos bajos en calorías.
“Contamos con una amplia evidencia que documenta la eficacia de determinadas cepas probióticas en procesos agudos del aparato digestivo”, explica Francisco Guarner, jefe de Sección de Aparato Digestivo, del Hospital Valle de Hebrón, en Barcelona. En la actualidad, numerosos estudios se centran en analizar las bacterias del intestino humano y su relación con trastornos y enfermedades sin causa conocida. Algunas serían el síndrome del intestino irritable, la dispepsia, y otras patologías inflamatorias, como la enfermedad de Crohn, la colitis ulcerosa, el cáncer de colon y las alergias, explica Guarner. “De esta forma, cuando se perfilen con mayor fidelidad los beneficios de las bacterias podrán utilizarse los probióticos de forma más precisa”, puntualiza Guarner.