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Laura Isabel Arranz, dietista-nutricionista especializada en dolor crónico, nos explica cómo un tratamiento dietético adecuado e individualizado con alimentos o una dieta antiinflamatoria puede ayudar, y mucho, a encontrarse mejor.

Manejar el estrés y la inflamación sistémica que se produce cuando hay dolor crónico pasa por una intervención multidisciplinar en la que lo psicológico y lo nutricional tienen mucho margen de maniobra para ayudar al enfermo. Así se ha puesto de manifiesto en el marco de la jornada #NoHayDolor, celebrada por la Sociedad Española del Dolor (SED) en colaboración con Dolor.com, y con el apoyo de Grünenthal, Medtronic y Pfizer-Lilly.

La inflamación: en el ojo del huracán

Según explica Laura Isabel Arranz, dietista nutricionista especializada en dolor crónico de la Clínica Barnadolor (Barcelona) y Obelife (Madrid), el estrés oxidativo y la inflamación sistémica que subyace al dolor crónico produce alteraciones a todos los niveles que terminan por alimentar el círculo vicioso y producir más dolor, y éste a su vez, mayor estrés e inflamación. “Cuando hay estrés, el sistema nervioso se altera y también el cerebro en áreas relacionadas con la capacidad cognitiva, la memoria, la toma de decisiones, la capacidad de ejecución y el control emocional.

Igualmente se producen alteraciones neuroendocrinas, metabólicas y de la microbiota, que se deben a esta inflamación sistémica crónica y al estrés oxidativo”, explica. “Es muy interesante ver cómo en la bibliografía actual y en los últimos congresos, todas estas alteraciones se relacionan con este hilo conductor que es la inflamación de bajo grado, que nos hace acumular grasa en el cuerpo, que empeora el dolor, que hace que nuestra microbiota intestinal esté en peor estado y por lo tanto tengamos más alteraciones gastrointestinales… Todos esos factores a su vez se retroalimentan y generan más inflamación… y esa relación también existe en sentido inverso, ya que el dolor crónico también afecta a la conducta alimentaria, al metabolismo, etc. Es decir, es una relación bidireccional, que genera un círculo vicioso en el que podemos intervenir y hacer muchísimo a nivel nutricional”, afirma la experta.

Obesidad y dolor crónico

Se sabe que las personas obesas sufren más dolor crónico que las personas con peso normal. Ello se debe a que el tejido adiposo no es solo un almacén de energía sino también un órgano implicado en la regulación de la inflamación, de tal manera que la obesidad incrementa la inflamación crónica y el dolor, además de alterar la microbiota intestinal. En presencia de obesidad, el principal objetivo para reducir el dolor a nivel nutricional es perder peso (masa grasa), mantener la microbiota saludable y promover una adecuada función gastrointestinal. Según Laura Isabel Arranz, una mínima reducción de peso corporal (5-10 del peso inicial) da lugar a una mejora de la funcionalidad (30%), reduce el dolor y mejora la calidad de vida. “Hay muchísimo beneficio ahí”, asegura.

Dieta antiinflamatoria: omega 3 y fibra

Una mala alimentación puede afectar al bienestar gastrointestinal, al equilibrio endocrino o al sistema inmunitario. En cambio, según Laura Arranz, “una alimentación adecuada con una buena ingesta de omega-3, rica en vitaminas y minerales, fibra, etc., aporta al organismo componentes antiinflamatorios y antioxidantes nutricionales que son de gran ayuda. De lo contrario, ingerir ciertos alimentos, como, por ejemplo, azúcares añadidos o un exceso de hidratos de carbono y grasas saturadas (embutidos, carnes rojas, asados, barbacoas), empeora la inflamación, la microbiota, y el dolor crónico y su evolución. Aunque no hay dieta para el dolor, tenemos que asegurarnos de que existen elementos claves en la dieta, como:

  • Antioxidantes: vegetales y frutas, frutos secos, cereales integrales y semillas (sésamo, lino, chía).
  • Fibra, muy importante para regular el tránsito y mantener la microbiota sana. Nos ayuda a regular los procesos de inflamación, como son las legumbres, vegetales y frutas, cereales integrales, semillas de sésamo, lino y chía.
  • Omega 3, también con potencial antiinflamatorio: pescado (azul), frutos secos, semillas de sésamo, lino y chía. 
  • En cuanto a los suplementos (magnesio, vitaminas, minerales, antioxidantes…) pueden ser útiles cuando hacen falta: eso sí, siempre que se valore que la dieta no aporta las cantidades necesarias de algunos nutrientes.

En definitiva, “el principal objetivo del asesoramiento nutricional en pacientes con dolor crónico es instaurar una alimentación antiinflamatoria personalizada que permita un buen nivel de mejora”. En este sentido Ana Llorens, paciente que ha conseguido manejar su dolor crónico de estómago gracias a la implantación de un neuroestimulador medular, asegura, dada su experiencia personal, que “llevar una alimentación adecuada y equilibrada junto con una buena hidratación es fundamental para que el cuerpo se sienta bien y responda a cualquier medicación o tratamiento”. De igual modo, el deporte, en concreto el yoga, se ha convertido en parte de su día a día ya que confirma que “es una buena terapia para la mente y para poder sobrellevar el dolor”, asegura.

Atención a los fármacos

La intervención nutricional personalizada también es importante, ya que algunos medicamentos pueden inducir deficiencias nutricionales por interacciones en la absorción, en la excreción o en el metabolismo de los nutrientes. Por ejemplo, los antiácidos causan una disminución de vitamina B12, mientras que los protectores inhibidores de la bomba de protones causan una disminución mayor de magnesio. También los anticonvulsivantes disminuyen los niveles de vitamina D.

Dolor crónico y COVID-19

La COVID-19 ha aumentado el dolor, el malestar y el sufrimiento en más del 60% de las personas que padecen dolor crónico. Las emociones negativas como la desesperanza, el catastrofismo, la ansiedad y el estrés generan pensamientos negativos y, en consecuencia, tensión muscular y mayor percepción de dolor en el paciente con dolor crónico y viceversa. En cambio, la resiliencia o el optimismo hacen que la percepción dolorosa disminuya porque la persona tiene la capacidad de ejercer cierto control sobre el dolor.

Unidades del Dolor: todo un equipo para ayudarte

En el abordaje del dolor crónico, la atención psicológica también es fundamental. En este aspecto, dentro de las Unidades de Dolor existen patologías que se derivan con más frecuencia a atención psicológica, las mismas que precisan asistencia por el resto del equipo: dorso-lumbalgias, síndrome de espalda fallida, patologías relacionadas con suelo pélvico, cefaleas de todo tipo, dolores generalizados y otras patologías neuropáticas complejas.

El 66% de las personas a las que se atiende son mujeres dado que ellas piden ayuda antes, entre otras razones. Tal y como explica Elisa Gallach, psicóloga Clínica de la Unidad de Dolor en el Hospital Universitario y Politécnico La Fe de Valencia, la derivación a atención psicológica se produce cuando además de dolor hay sufrimiento, donde el paciente muestra alteraciones emocionales explícitas como desesperanza o ideas de muerte. También se contempla este tipo de asistencia cuando el profesional detecte que ese trastorno emocional puede estar interfiriendo en la percepción dolorosa o con la eficacia terapéutica. 

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