La acalasia es un trastorno poco frecuente del esófago que altera de forma significativa el proceso de deglución, provocando que el paso del alimento se vuelva difícil y problemático.
Se trata de una enfermedad crónica en la que el esfínter esofágico inferior -la válvula que regula el paso hacia el estómago- no se relaja adecuadamente. Además, los movimientos peristálticos normales del esófago se ven alterados. Como consecuencia, los alimentos y líquidos no avanzan con normalidad y pueden quedarse retenidos en el esófago, donde incluso llegan a fermentar y regresar a la boca con un sabor amargo. A menudo, esta patología se confunde con el reflujo gastroesofágico, aunque existe una diferencia clave: en la acalasia, el contenido que regresa proviene del esófago, no del estómago.
La causa exacta no se conoce, sin embargo, los especialistas coinciden en que está relacionada con la degeneración de las células nerviosas que controlan la motilidad esofágica. En cualquier caso, se trata de una enfermedad compleja cuyo diagnóstico puede confundirse con otros trastornos digestivos debido a la similitud de síntomas.
Síntomas: de los primeros signos a las complicaciones
La evolución de la acalasia suele ser progresiva. En sus fases iniciales, los síntomas pueden parecer leves o esporádicos, lo que contribuye a retrasar el diagnóstico.
- El signo más característico es la disfagia o dificultad para tragar, que se percibe como una sensación de que la comida queda atascada en el pecho o la garganta.
- Regurgitación de alimentos o saliva sin esfuerzo.
- Dolor torácico intermitente.
- Acidez o ardor.
- Eructos frecuentes.
- En casos avanzados pueden aparecer complicaciones más serias como pérdida de peso, tos nocturna persistente o infecciones respiratorias, como neumonía por aspiración.
- Además, el esófago puede dilatarse de forma anormal, dando lugar al llamado megaesófago.
Tratamientos disponibles
Aunque la acalasia no tiene cura definitiva –debido a que el daño nervioso no es reversible- existen diversas opciones terapéuticas orientadas a aliviar los síntomas y mejorar el tránsito de los alimentos. Entre los tratamientos menos invasivos destaca la dilatación neumática, un procedimiento en el que se introduce un balón que se infla para ensanchar el esfínter, que, aunque eficaz, puede requerir repetición. Otra alternativa es la inyección de toxina botulínica (bótox), que relaja temporalmente el músculo. En cuanto a los fármacos, como la nitroglicerina o la nifedipina, su uso es limitado debido a su eficacia modesta y posibles efectos secundarios. En los últimos años la miotomía endoscópica por vía oral (POEM) ha ganado protagonismo. Este procedimiento mínimamente invasivo presenta tasas de éxito superiores al 90% y una recuperación más rápida. La cirugía clásica sigue siendo la miotomía de Heller, que también corta el músculo del esfínter pero mediante laparoscopia.
